Fundado en 1910
Ricardo Díaz Martín

Adamuz y la pregunta incómoda tras el accidente

Cuando el ministro afirmó que el accidente no podía haberse previsto porque no se habría detectado nada, traspasó la línea del negacionismo científico

Obras de reparación de las vías en Adamuz.

Obras de reparación de las vías en Adamuz.EP

Hay frases que no resisten el más mínimo análisis técnico. Cuando el ministro afirmó que el accidente de Adamuz no podía haberse previsto porque –incluso realizando una auscultación el día anterior– no se habría detectado nada, traspasó la línea del negacionismo científico al contradecir los principios básicos de la física de materiales.

Un carril no se rompe de forma espontánea. Antes de una fractura existen defectos internos: poros, coqueras, inclusiones o microfisuras. Esos defectos evolucionan bajo cargas cíclicas. Primero aparecen microgrietas. Después fisuras. Finalmente, cuando la sección resistente ya no soporta las tensiones, se produce la rotura súbita. Ese proceso no es instantáneo. Es progresivo. Y lo más relevante: los ensayos por ultrasonidos son capaces de detectar discontinuidades del orden del milímetro. Negar esto equivale a negar décadas de ingeniería metalúrgica.

Pero el problema no es únicamente una declaración desacertada por pura ignorancia o mal asesoramiento. El problema básico es que el debate público se centra en justificar lo ocurrido en lugar de investigar con rigor la causa raíz y la causa directa del accidente.

En realidad, la pregunta verdaderamente incómoda es: ¿qué estado real tenía la infraestructura?

Durante años, técnicos y maquinistas han alertado del deterioro progresivo de la red. Las incidencias, retrasos y suspensiones no son anécdotas aisladas: son síntomas. La degradación del balasto, la pérdida de cota, las vibraciones transmitidas a carril y soldaduras generan tensiones adicionales. Si el mantenimiento no se intensifica cuando aumenta el tráfico, el deterioro se acelera exponencialmente. Y eso no se corrige con comunicados.

La historia reciente debería habernos vacunado contra la autocomplacencia. Tras el accidente de Angrois, la Agencia Ferroviaria de la Unión Europea cuestionó la independencia de la investigación realizada entonces, señalando la presencia de personal vinculado a entidades directamente implicadas –Adif, Renfe, Ineco– que, para colmo, pertenecen al mismo Ministerio y obedecen a la misma directriz política. Aquel informe también criticanba que el foco se colocara casi exclusivamente en el error humano, dejando en segundo plano factores organizativos y de diseño. Europa pidió una nueva investigación conforme a estándares de independencia. Nunca se hizo.

Y ahora, en Adamuz, volvemos a transitar un terreno inquietantemente similar.

Los hechos documentados por la Guardia Civil revelan que los días 22 y 23 de enero se retiraron cupones de carril con soldaduras y se trasladaron a una base de mantenimiento sin autorización judicial expresa. No fue hasta el 3 de febrero cuando esas piezas quedaron formalmente precintadas. Durante al menos doce días, elementos críticos potencialmente determinantes estuvieron bajo custodia de la propia entidad responsable del mantenimiento de la infraestructura.

Una empresa potencialmente implicada no puede autoconstituirse en perito judicial

Además, según declaración recogida por la Guardia Civil, se realizaron ensayos de dureza sobre esos raíles. ¿Con qué finalidad? ¿Con qué protocolo? ¿Con qué control independiente? Una empresa potencialmente implicada no puede autoconstituirse en perito judicial. La cadena de custodia no es un formalismo: es la garantía de que la evidencia no ha sido alterada. Cuando se rompe, la confianza también se rompe.

Y como si todo esto no fuera suficiente, llega la última decisión: declarar secreto el acta de la soldadura que, según todos los indicios técnicos, es el punto de origen de la fractura. Mientras otras actas se han hecho públicas, la correspondiente a la unión crítica permanece inaccesible. Tampoco se conocen los registros de ultrasonidos previos ni el detalle de la aceptación técnica de esa soldadura.

En ingeniería, la trazabilidad no es opcional. Cada soldadura aluminotérmica debe quedar respaldada por su parte diario, identificación del operario, kit empleado, parámetros de ejecución y resultados de ensayos no destructivos. Especialmente en alta velocidad. Sin esa documentación, cualquier afirmación sobre controles superados carece de soporte verificable.

Lo más doloroso no es solo la posible negligencia técnica. Es la sensación de que se antepone la gestión del relato a la transparencia científica. Cuando una infraestructura pública falla con consecuencias trágicas, la respuesta debe ser luz, no opacidad. Datos, no consignas.

Seguimos confundiendo certificado de suministro con seguridad en servicio

No hemos aprendido nada desde Angrois. Seguimos confundiendo certificado de suministro con seguridad en servicio. Seguimos olvidando que la zona más crítica no es el acero en fábrica, sino la soldadura ejecutada en vía, sometida a tensiones reales y a tráfico creciente. Seguimos resistiéndonos a aceptar que la independencia en la investigación no es una formalidad burocrática, sino una exigencia moral.

Las víctimas merecen algo más que declaraciones tranquilizadoras. Merecen una investigación científica impecable, con custodia intacta de las pruebas, análisis metalográficos, ensayos independientes y publicación íntegra de la documentación técnica. Y la ciudadanía merece saber las causas (raíz y directa) por las que el sistema falló.

Cuando la seguridad depende de la ingeniería, sólo hay espacio para la realidad técnica, no para la propaganda. Lo peor no es únicamente la mala gestión: es el desprecio que destila la secuencia de acontecimientos por las víctimas y por la ciudadanía que sostiene, con sus impuestos, el sistema que debe protegerles. Sin una investigación independiente, forense y transparente, lo que queda no es seguridad ferroviaria: es resignación. Y eso, después de 46 muertos, no es solo inaceptable; es indecente.

  • Ricardo Díaz Martín es catedrático de Ingeniería Química en Universidad CEU Fernando III y presidente del Consejo General de Colegios de Químicos de España.
comentarios
tracking

Compartir

Herramientas