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La cesta de los tesoros es una propuesta de la pedagoga británica Elinor Goldschmied

La «cesta de los tesoros» es una propuesta de la pedagoga británica Elinor GoldschmiedIvan Pantic / iStock

La «cesta de los tesoros»: una alternativa para estimular el cerebro de los bebés sin pantallas ni juguetes

La pedagoga británica Elinor Goldschmied proponía este entretenimiento para estimular el cerebro infantil, sobre todo entre los 6 y los 12 meses

Un bebé de entre seis y doce meses se sienta, se inclina, alcanza un objeto, lo gira, lo golpea, lo sacude, lo observa, lo lleva a la boca y vuelve a empezar. A simple vista, esta escena cotidiana que cualquier padre puede reconocer, parece un ejercicio de simple juego o exploración.

Pero, en realidad, con esta dinámica, el bebé está «construyendo las bases neuromotoras y cognitivas» sobre las que se sostendrá su aprendizaje futuro.

Así lo subraya un reciente análisis de Gabriel Díaz Cobos, profesor del departamento de Didácticas aplicadas de la Universidad de Barcelona, publicado en el portal especializado The Conversation.

La clave está en que el cerebro temprano no se organiza con información abstracta, sino «a partir de la experiencia corporal». Así, a partir de la experiencia surge la sinapsis neuronal, que da lugar al pensamiento, y así se produce el aprendizaje.

Es a partir de esta experiencia que cobra sentido la propuesta de la pedagoga británica Elinor Goldschmied (1910–2009), quien sostuvo que, para que el niño «piense mejor mañana», hoy necesita tocar el mundo «de verdad». De ahí que su herramienta más conocida sea tan eficaz como sencilla: el llamado «cesto de los tesoros».

Qué es la cesta de los tesoros

La «cesta de los tesoros» no es una manualidad, ni un juguete con botones, ni siquiera una caja para guardar sus muñecos.

Es una selección deliberada de objetos cotidianos con distintas texturas, pesos y formas (por ejemplo, cepillos, bolas que no se pueda tragar, paños, piezas grandes de madera, pinceles de silicona, utensilios de cocina de madera...), colocados en un cesto estable de tal modo que permita al bebé explorar con libertad.

De hecho, Goldschmied recomienda emplearlo cuando el niño ya se mantiene sentado por sí mismo, es decir, normalmente entre los 6 y 12 meses.

La lógica del «cesto de los tesoros» huye del estímulo rápido y, sobre todo, del uso de pantallas con programas como Baby Einstein, cuyos supuestos efectos positivos se han demostrado falsos. Además, parte de una experiencia que la mayoría de las familias han constatado: los bebés suelen preferir jugar y explorar los objetos cotidianos (desde la bolsa de toallitas al mando a distancia) antes que cualquier juguete –incluso aunque imite a un elemento real–.

En rigor, no se trata sólo de entretener al bebé, sino de permitirle una exploración profunda y repetitiva, en la que el niño decide qué coge, cuánto tiempo lo investiga y qué hace con ello (golpear, frotar, chupar, pasar de mano a mano, lanzar...). Un «laboratorio» casero que alimenta la coordinación, la atención y la autorregulación.

Qué meter dentro y qué no

Goldschmied puso el acento en el aspecto sensorial: materiales naturales y cotidianos –madera, metal, tela, cuero, papel...– que ofrecen diferentes temperaturas, rugosidades, sonidos real y resistencia. Por eso tampoco vale cualquier cosa: deben ser objetos seguros, sin piezas pequeñas ni desmontables, sin puntas agudas ni filos, y fáciles de limpiar.

En cambio, conviene evitar todo aquello que «hace cosas solo»: juguetes electrónicos que se iluminan y suenan sin exigir ajuste corporal. Sobre todo, porque la cesta funciona justo porque obliga al bebé a comparar, probar y sostener la atención sin que el objeto le «dirija» la experiencia.

Es importante que, por seguridad, el adulto observe, pero no dirija: no hace falta «enseñar» cada objeto, porque el bebé lo descubrirá solo.

Además, conviene hacer una cierta rotación periódica, en el que cada semana se cambian algunos elementos, para mantener la novedad sin saturación.

En una etapa en la que el niño aprende con el cuerpo, el mejor regalo no siempre es un nuevo juguete, sino un mundo real que responda a sus manos.

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