Abolir la familia
Si quieren abolir la familia es porque es el dique de contención para sus ideas contra natura. Y sobre todo, porque necesitan eliminar al padre y a la madre para poner en su lugar al Estado o a sus representantes, en una traslación doméstica de la tiránica y diabólica (más que atea) lucha de clases marxista.
En Los Simpson –esa enciclopedia pop de la cultura contemporánea– hay un personaje patético y de voz engolada, Troy McClure, que representa al típico actor fracasado y desconocido. Un tipo sin carisma, que sobrevive como puede con anuncios y apariciones excéntricas en capítulos de serie B, y que al tratar de presumir de su birrioso currículum deja más en evidencia su miseria intelectual y vital.
Si yo fuese más erudito o cinéfilo, tal vez habría pensado en el célebre personaje de Norma Desmond, interpretado por Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses. Pero la cutrez llama a la cutrez, y por eso fue Troy McClure lo primero que me vino a la cabeza cuando escuché a una actriz española, tan desconocida, cutre y engolada como el personaje de Los Simpson, decir que «hay que abolir la familia tradicional, porque no está funcionando».
Tamaña declaración la hizo Julia de Castro, que así se llama la señora, en un podcast de la radio del régimen; algo bastante parecido a salir en una mala peli de Serie B. Y lo sentenció con un emperifollamiento tan vacuo y tan pedante –esa pose artificiosa que usan los que siempre cacarean idioteces con pretensiones de genialidad– que habría sido la envidia de Troy McClure. Una solemnidad de todo a cien o de Temu, que fue respaldada con rotundos pestañeos y cabezazos de aprobación por sus compañeros de tertulia –faranduleros progres, como ella– como el epítome de la intelectualidad transgresora.
«Qué lideresa se perdió el sufragismo por haber nacido un siglo y medio después», parecían pensar. Y entornaban los ojos para enfatizar la densidad de sus reflexiones.
La actriz, cuyo nombre tuve que buscar en Google para ver qué había hecho de relevante, tuvo la deferencia de apuntar a qué tipo de familia se refería: la tradicional. «Esa cosa tan anticuada de padre y madre», matizaba.
Supongo que Ione Belarra suspiraría de alivio al saber que no se refería a ninguno de los otros quince tipos de familia, que ella misma se inventó cuando era ministra para plasmarlos en una ley «progresista». Ley, por cierto, tramitada «con carácter de urgencia» aunque lleve ya dos años parada en el Congreso.
La familia mala, la que no funciona, la que hace daño, la que hay que abolir «cuanto antes» desde «el activismo que nos ha tocado a nuestra generación» –Julia dixit– es la compuesta por un padre y una madre. Y lo del activismo no es anecdótico, porque revela que no es un desbarre ni una chorrada, sino un propósito, una advertencia. Una amenaza.
Para revestir de autoridad su soflama, citó «la filosofía de Sophie Lewis» autora del ensayo Abolir la familia. Aunque, en realidad, esa señora de filósofa tiene lo que yo de cinéfilo, porque es tan solo una activista confesa del «feminismo marxista», que se dio a conocer por airear sus heridas emocionales y decir, con palabras nuevas, las brutalidades propias de su ideología asesina, venenosa, pútrida y trasnochada. Y siempre, con la misma agresividad y resentida extravagancia que empleó Julia de Castro. O que suele gastarse también Inés Hernand, la groupie de Sánchez que hace unos meses buscó su minutito de gloria diciendo que «la familia es algo que hay que revertir». Ella, que no se habla con sus padres, ni tiene pareja, ni quiere tener hijos, pontifica sobre mi familia y la de usted.
Lo que ocurre es que estas exóticas declaraciones no son meros brindis al sol, sino otra cosa muy diferente... y peligrosa. Primero, se tratan de uno de los estadios iniciales de la «ventana de Overton», la estrategia de manipulación sociológica que busca revertir de forma progresiva lo que una sociedad es capaz de, en este orden, tolerar, proteger, promover e imponer. Así, primero lo dice una joven filósofa del extrarradio cultural, luego lo camufla en el BOE una ministra de medio pelo, después lo defiende un grupillo de faranduleros más o menos reconocibles... y la película termina en un campo de reeducación para disidentes.
Pero es que, además, estas bravatas no son disertaciones de filósofos botarates, sino conjuras políticas de una ideología literalmente estéril, pero violenta y liberticida, que encierra a las personas y a los pueblos en modos de vida incapaces de engendrar vida porque están colmados de odio y de muerte.
Una ideología fanática que no quiere abolir la familia de quienes la esgrimen (porque, o viven incoherentemente acomodados, o no han sido capaces de construirla, o la han abandonado), sino que trata de inmiscuirse en las familias de aquellos que encuentran felicidad –con sacrificio e imperfecciones, pero felicidad– en el amor de un hogar. Esos fascistas.
Como no tienen hijos, hablan de «tribus» y «cuidados corresponsables» mientras tratan de expropiarnos la patria potestad a los que sí los tenemos, para inocular en ellos su veneno, sobre todo en lo relativo a la sexualidad y los afectos. Y nos piden erradicar la figura paterna «por ser opresora para la sociedad», cuando en realidad lo que ocurre es que tienen, o malas, o nulas, relaciones con sus propios padres. De hecho, Sophie Lewis ha explicado en alguna ocasión que su padre, a quien pinta como un tipo arisco, ególatra y materialista, ni siquiera la creyó cuando con 13 años le dijo que había sido violada. ¿Ven como todo cuadra?
Ninguna familia es perfecta. Incluso las más felices y estructuradas, sufren o producen heridas. Pero una cosa es tomar conciencia de lo que supone formar una, para tratar de sanar la familia, y otra, la pretensión de abolirla con la excusa de que «no funciona».
Si quieren abolir la familia es porque es el dique de contención para sus ideas contra natura. Y sobre todo, porque necesitan eliminar al padre y a la madre para poner en su lugar al Estado o a sus representantes, en una traslación doméstica de la tiránica y diabólica (más que atea) lucha de clases marxista. Y por mucho que lo digan actrices de engolada voz, a lo Troy McClure, esa película sólo tiene un final posible: los campos de reeducación y la muerte. Julia de Castro, camarada: eso es lo que usted defiende.