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Luis Miguel Real Kotbani, psicólogo

Creo que mi hijo adolescente es adicto al alcohol: ¿Qué puedo hacer?

El psicólogo Luis Miguel Real, especialista en adicciones, explica que «comprender por qué un adolescente bebe alcohol no significa aplaudir o justificar que beba alcohol», pero es imprescindible para atajar esa conducta desde la familia.

El consumo de alcohol adolescente puede derivar en una adicción

El consumo de alcohol adolescente puede derivar en una adicciónGetty Images / iStock

Lo primero es mantener la calma. Que tu hijo beba no significa automáticamente que tenga una adicción. Desgraciadamente, en España el consumo de alcohol en adolescentes está bastante normalizado: botellones, fiestas de cumpleaños, celebraciones de fin de curso, quedadas en parques... Pero beber alcohol de vez en cuando no significa necesariamente que tenga un problema de adicción. Debemos entender bien la diferencia entre uso, abuso y adicción.

Uso es consumo ocasional. Abuso es consumo frecuente o en grandes cantidades, con riesgos claros. Adicción es otra cosa. Una adicción no es simplemente beber mucho. Es perder el control pese a las consecuencias negativas del consumo. Es prometer que no va a beber y acabar bebiendo. Es decir «este finde no salgo» y terminar borracho otra vez. Es meterse en líos, suspender asignaturas, discutir en casa, ponerse en riesgo físico y repetirlo. Es haber tenido un susto serio (una intoxicación, una pelea, una caída) y aun así volver a hacerlo. La pregunta clave no es si bebe, sino si ha dejado de poder elegir beber o no.

Antes de reaccionar, necesitas datos. ¿Con qué frecuencia bebe? ¿Cuánta cantidad? ¿Solo los fines de semana o también entre semana? ¿Ha tenido consecuencias claras como expulsiones, accidentes, problemas legales o bajada brusca del rendimiento académico? ¿Ha empezado a faltar a entrenamientos, a dejar actividades que antes le importaban? ¿Lo oculta de forma sistemática, cambia de versión, borra conversaciones del móvil, miente sobre dónde ha estado? No es lo mismo un chico de 16 años que se emborracha dos veces al mes en una fiesta (que sigue siendo un problema educativo y de salud) que uno que bebe a solas en su habitación un martes por la tarde o que necesita «calentarse» con alcohol antes de salir. La gravedad importa.

No es lo mismo un chico de 16 años que se emborracha dos veces al mes en una fiesta (que sigue siendo un problema educativo y de salud) que uno que bebe a solas en su habitación un martes por la tarde o que necesita alcohol antes de salir.

También importa el patrón. No es igual beber cinco cervezas en una noche que hacer «atracones» rápidos para emborracharse cuanto antes. Tampoco es igual consumir en grupo que empezar a hacerlo en soledad. Cuando el consumo se vuelve solitario, oculto y frecuente, la alarma debe subir.

Cuando hables con él, evita entrar en modo interrogatorio. Si entras en plan policía, perderás. Frases como «me estás mintiendo» o «vas a acabar como un drogadicto viviendo en la calle» suelen generar más rechazo y harán que se esfuerce más en seguir ocultándote sus consumos (y sus problemas). Si cada conversación termina en gritos, portazos y castigos desproporcionados, aprenderá a callarse mejor, no a beber menos.

La conversación debe darse cuando esté sobrio, no cuando llegue borracho a casa a las 2 de la mañana. Esa noche no va a reflexionar nada. Al día siguiente, cuando esté más tranquilo (y probablemente con resaca), es mejor momento. En lugar de atacar su identidad, describe conductas y consecuencias. Por ejemplo: «Estoy preocupado porque has llegado varias veces bebido, y me da mucho miedo que te pase algo. Además, desde que sales así, has suspendido dos asignaturas. Necesitamos hablar de esto». No es lo mismo etiquetar («eres un irresponsable») que señalar hechos concretos.

Otro punto clave es entender qué función cumple el alcohol en su vida. ¿Bebe para encajar en su grupo de amigos? ¿Para no quedarse fuera del plan? ¿Para desinhibirse si es tímido? ¿Para reducir ansiedad social cuando tiene que hablar con chicos o chicas que le gustan? ¿Para escapar de problemas en casa o en el instituto? ¿Para no pensar en una ruptura o en sentirse inseguro? Si no entiendes para qué bebe, no podrás intervenir con eficacia. Y para eso tendréis que hablar, aunque al principio cueste.

En cuanto a diferencias entre chicos y chicas, conviene matizar algunas cosas. Tradicionalmente, los chicos han tendido a consumir más cantidad y a asumir más conductas de riesgo asociadas (peleas, conducción temeraria, retos absurdos grabados en vídeo). En cambio, en los últimos años el consumo en chicas adolescentes se ha igualado bastante.

A veces ellas beben con la misma intensidad que ellos, pero el impacto puede ser diferente. Fisiológicamente, el alcohol suele afectar más rápido y con mayor intensidad a las chicas por diferencias en peso y metabolismo. Además, el riesgo de sufrir agresiones sexuales aumenta claramente cuando hay intoxicación. En consulta, también vemos que algunas chicas utilizan el alcohol como estrategia para manejar algún malestar emocional más internalizado (ansiedad, tristeza, problemas de autoestima), mientras que en chicos puede estar más vinculado a presión grupal y conductas impulsivas. No son reglas absolutas, es posible que vuestros hijos tengan patrones diferentes, pero conviene tenerlo en cuenta.

Comprender por qué bebe alcohol no significa aplaudir o justificar que beba alcohol. Si vive en tu casa, hay unas normas. Y deben ser claras y coherentes. Hora de llegada pactada. Consecuencias concretas si incumple acuerdos. Si llega borracho, debe haber una respuesta proporcionada y firme, sin humillaciones ni gritos, pero real. Por ejemplo, si incumple el horario acordado, el siguiente fin de semana no sale. Si hay mentiras repetidas, se reducen privilegios. Lo importante es que lo que se diga se cumpla.

Un error frecuente de las familias es amenazar con consecuencias y luego no cumplir. «Como vuelvas a beber, te quedas sin móvil un mes». Vuelve a beber y no ocurre nada porque da pena, porque hay un examen, porque es su cumpleaños. El mensaje implícito es que las normas no van en serio. Los límites no son castigos vengativos, son estructura. Y la estructura da seguridad, aunque protesten.

También conviene revisar su entorno. Si todo su grupo bebe cada fin de semana hasta perder el conocimiento, el problema no es solo individual. No puedes elegir sus amistades, pero sí influir en el contexto. Fomenta actividades incompatibles con el consumo, como deporte serio, voluntariado, trabajos de verano o responsabilidades reales. Facilita que pueda traer amigos a casa en un entorno supervisado y sin alcohol. Conoce a otras familias y habla con ellas.

Muchas veces descubres que no eres el único preocupado. Proponle que se apunte a alguna actividad que le parezca interesante, aunque al principio ponga excusas. La conducta se aprende y se mantiene en un entorno concreto.

Si observas que no puede parar, que ha intentado reducir y no lo consigue, que cada vez necesita más cantidad o que la situación te supera, busca ayuda profesional. Un psicólogo especializado en adicciones puede evaluar la gravedad real del problema, los factores emocionales implicados y el riesgo de dependencia. No hace falta tocar fondo para intervenir. De hecho, cuanto antes se actúa, mejor pronóstico de recuperación.

También es importante revisar el ejemplo que le dais en casa. ¿Bebéis alcohol delante suyo? ¿Las celebraciones familiares giran siempre en torno a la bebida? Si el alcohol es el protagonista constante en rituales y reuniones, el mensaje de «cuidado con el alcohol» pierde coherencia. Hay adolescentes que escuchan «beber es malo» mientras ven a sus padres necesitar vino cada noche para relajarse. He trabajado en terapia con muchas familias que no entendían la incoherencia en los mensajes que estaban mandando.

Es importante revisar el ejemplo que le dais en casa. Si el alcohol es el protagonista constante en rituales y reuniones, el mensaje pierde coherencia. Hay adolescentes que escuchan «beber es malo» mientras ven a sus padres necesitar vino cada noche para relajarse.

No se trata de dramatizar ni de imponer abstinencia obligatoria a toda la familia. Se trata de coherencia educativa. Los adolescentes detectan las contradicciones de sus padres con mucha facilidad, y eso hace que los mensajes pierdan fuerza y credibilidad.

Por último, no reduzcas a tu hijo al problema. Es fácil que toda la dinámica familiar gire en torno al consumo y que él quede etiquetado como «el conflictivo» o «el que siempre la lía». Eso suele empeorar las cosas.

Refuerza conductas saludables alternativas al alcohol. Felicítale cuando cumpla las normas que hayáis acordado anteriormente. Interésate por su vida más allá del alcohol: sus amigos, sus aficiones, lo que le preocupa. La identidad pesa mucho. Si termina creyendo que ese es su papel dentro de la familia, tenderá a comportarse en consecuencia.

No reacciones desde el pánico. Observa, hablad cuando no esté bajo los efectos del alcohol (espera al menos al día siguiente de la borrachera), comprende qué función cumple el consumo, establece límites claros y coherentes, revisa el entorno y busca ayuda si hay pérdida real de control. Las adicciones y los problemas de consumo no se resuelven con sermones ni con gritos. Se abordan entendiendo la conducta y modificando las condiciones que la mantienen. Eso es mucho más eficaz a largo plazo, créeme.

Luis Miguel Real Kotbani es psicólogo especialista en adicciones y autor de «No pienses en un oso verde» (ed. Vergara)

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