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Los adolescentes buscan saber qué piensan con sinceridad sus padres de ellos mismos

Los adolescentes buscan saber qué piensan con sinceridad sus padres de ellos mismosGetty Images / iStock

Estas son las cosas que los adolescentes quieren hablar con sus padres, según ellos mismos reconocen

Tres estudios recientes, recopilados por el Greater Good Science Center de la Universidad de California, Berkeley, muestran qué temas les interesan y qué respuesta esperan de sus padres

Detrás de los monosílabos y las puertas cerradas, muchos adolescentes desean hablar… y mucho. Porque aunque la imagen tópica del adolescente los presenta con respuestas de una palabra o una jerga casi ininteligible (bro, lit, bestie, shipeo, cringe...), auriculares puestos y un «bien» automático cuando se le pregunta por el día, la realidad de su interior es bien distinta e incluso la ciencia desmonta ese cliché.

Tres investigaciones recientes, recopiladas por el Greater Good Sience Center, de la Universidad de California, Berkeley, indican que los adolescentes quieren hablar, son curiosos sobre los demás, son extremadamente sensibles a cómo les respondemos y, sobre todo, saben muy bien de qué cosas querrían hablar con sus padres... incluso aunque nunca lo hagan.

El artículo del Greater Good Science Center, firmado por el psicólogo James McConchie, ha sintetizado estos trabajos para entender «qué tipo de conversaciones quieren tener los adolescentes» y qué apoyo buscan en familia y amigos.

Cuatro grandes temas de conversación

El primer estudio que analiza McConchie, con casi 400 alumnos neoyorkinos de entre 12 y los 14 años, expone su «curiosidad interpersonal»: qué preguntas querrían hacer a amigos, familia y profesores. Y las cuestiones se podían agrupar en cuatro bloques: sobre mí, sobre ti, sobre nuestra relación y sobre tus otras relaciones.

Sobre estos cuatro ejes, y de forma sorprendente, los adolescentes exponían las cuatro preguntas que les gustaría abordar con sus padres: «¿Qué piensas de verdad de mí?», «¿Cuál es tu mayor miedo?», «¿Cuál es tu mejor recuerdo conmigo?» y «¿Te llevas mal con tu hermano?».

Los adolescentes más curiosos en estas cuatro dimensiones resultaron también más empáticos, mejores oyentes y con amistades de mayor calidad. Es decir: cuando preguntan, no es por cotilleo, sino para comprender mejor su propia historia familiar y el vínculo que tienen con los demás.

Cuando hablan, escuchan… o no les oyen

El segundo estudio que desentraña McConchie siguió durante tres años a seis adolescentes canadienses, entrevistados periódicamente sobre cómo se sentían cuando hablaban, escuchaban o guardaban silencio con su familia y con sus amigos.

Y todos, en términos generales, aseguraban que se sentían bien al hablar «porque podían dar su versión y sentirse comprendidos». Y, lo más llamativo, aseguraban que también se sentían bien al escuchar, porque percibían que ayudaban a otros.

El silencio era más ambiguo: a algunos les ayudaba a observar y entender mejor, mientras que otros lo vivían como una sensación de «no estar a la altura» en la conversación.

Pero había algo común: cuando sentían que nadie les escuchaba, su bienestar caía en picado. Uno de ellos describía esa experiencia como la de «un hijo no deseado».

Según el experto, el mensaje para padres es directo: no basta con preguntar «¿qué tal?»: hace falta ofrecer presencia real, mirar al adolescente, no al móvil, y permitir que termine lo que quiere decir, sin saltar inmediatamente a dar lecciones ni a dramatizar.

La respuesta protege su salud mental

El tercer estudio llevó a parejas de amigos adolescentes a mantener una conversación de 15 minutos sobre un problema personal, mientras los investigadores analizaban cómo respondía cada uno al otro. Nueve meses después, comprobaron su evolución emocional.

Los adolescentes que recibieron respuestas positivas y comprometidas –preguntas, frases de apoyo, interés personal y auténtico...– mostraban menos síntomas depresivos.

En cambio, quienes se topaban con un amigo que cambiaba de tema, minimizaba el problema o respondía de forma fría tenían más riesgo de depresión. Un efecto que era especialmente fuerte en las chicas, cuando no había «reciprocidad».

Aunque el estudio se centró en amistades, según McConchie el salto a la familia es evidente: la manera en que respondemos cuando nuestros hijos se abren, sobre todo ante un problema, puede aliviar o agravar su malestar. No es tanto «qué dicen», sino lo que encuentran al otro lado.

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