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La exclusión digital puede ser la antesala de otros tipos de acoso

La exclusión digital puede ser la antesala de otros tipos de acosoCarlos Gawronski / iStock

«Estás fuera del grupo de WhatsApp»: la exclusión digital crece entre los adolescentes como antesala del acoso

Quedar excluido del grupo de WhatsApp, de clase o del equipo es, para un adolescente, equivalente a que sus amigos le dejen solo todos los recreos. Los expertos lo llaman «exclusión digital» y alertan de que puede dar lugar a otro tipo de problemas más serios

Lo dicen los expertos y los profesores, lo lamentan los padres y lo experimentan los propios chavales: en la adolescencia, hoy, casi todo pasa por una pantalla. Los planes se cierran en un chat, los chistes se cocinan en memes y los secretos se confiesan en notas de voz.

Y, por desgracia, también el acoso tiene su espacio en el mundo digital. Más allá del ciberbullying –el acoso directo a través de internet o las redes sociales– los expertos alertan también de un fenómeno en alza: la exclusión digital.

Un movimiento que tiene en los grupos de WhatsApp su terreno natural, que puede pasar más desapercibido que el ciber acoso al uso, pero que en no pocas ocasiones está cargado de malas intenciones.

Para los adolescentes de la generación digital, descubrir que uno no está en el grupo de WhatsApp de clase o del equipo, que es el único que ha quedado fuera de un chat paralelo, o que le han expulsado sin explicación, no es una simple anécdota: es la señal clara de que ha dejado de contar, o de que algún compañero tienen la intención de que el resto del grupo le den la espalda.

Conectados… pero no todos incluidos

Los datos ayudan a entender la magnitud del problema. Según la última Encuesta sobre Equipamiento y Uso de TIC del INE, el 67,9 % de los menores de 10 a 15 años en España usa teléfono móvil y más del 96 % navega por Internet.

Otros informes, como el elaborado en octubre por Oficina C –el organismo técnico que asesora al Congreso de los Diputados en materia de Ciencia y Tecnología– elevan la cifra: a los 12 años, casi 7 de cada 10 (el 69 %) ya tiene móvil propio y, a partir de los 11, más del 95 % de los adolescentes españoles está registrado (con el dispositivo de sus padres) al menos en una red social; tres de cada cuatro participan en más de dos.

UNICEF, en su informe más reciente sobre infancia y bienestar digital en España, confirma esta hiperconexión: el 92,5 % de los adolescentes tiene WhatsApp y el 75,8 % participa en en tres o más redes sociales.

Dicho de otro modo: prácticamente toda la vida social adolescente tiene una versión paralela (y muchas veces dominante) en el ámbito digital.

«Es como no existir para ellos»

Aunque puede afectar a distintas edades, los menores de entre 12 y 16 años son los más propensos a sufrir exclusión digital. La psicóloga Gloria R. Ben, experta en bienestar digital de la empresa de control digital Qustodio, recuerda que en esta etapa «el sentimiento de pertenencia al grupo es clave y gran parte de la vida social se traslada al entorno digital», por lo que quedarse fuera de los chats puede equivaler a «no existir» para los compañeros.

En el día a día, y si no se encuentra con un grupo de amigos sanos o, al menos, con un buen amigo que sirva de «enlace», esto puede implicar no enterarse de los planes y que nadie te avise, o ser objeto de críticas o burlas por la espalda. Algo que no es nuevo en el ámbito de la pubertad, pero que ahora se da no sólo en el espacio real, sino también en el virtual.

Las consecuencias van más allá del simple enfado: inseguridad, frustración y una sensación muy intensa (y real) de rechazo. Como explica la psicóloga, al no entender por qué les apartan, muchos adolescentes se culpan a sí mismos, piensan que «han hecho algo mal» o que «no son suficientes» para encajar.

Entonces, el vínculo con el grupo –esencial a estas edades– se debilita de forma acelerada y el distanciamiento afectivo crece. Por eso, Ben advierte de que la solución no pasa por ceder al chantaje del grupo y estar a cualquier precio dentro del uso del WhatsApp, sino por no aceptar la normalización de estas dinámicas porque «puede convertirse en la antesala de formas más evidentes de ciberacoso», cuando el rechazo pasa de ser silencioso a explícito.

Señales que pueden ver los padres

Uno de los principales problemas es que la exclusión digital suele ser invisible para los adultos: no deja moratones ni partes del colegio.

Pero eso no implica que sea indetectable, porque sí deja huellas en el estado de ánimo: cambios bruscos de humor, irritabilidad, tristeza persistente o apatía pueden ser pistas. También el comportamiento con el móvil: algunos chicos lo revisan compulsivamente para comprobar si «entra algo» en los chats; otros, al contrario, lo rehúyen de golpe y evitan hablar de redes.

En el plano social, aparecen menos ganas de quedar con amigos o un desinterés repentino por actividades que antes disfrutaban.

De hecho, la Fundación ANAR lleva años alertando de que las malas experiencias digitales se mezclan con otros problemas de salud mental y de convivencia, potenciando ansiedad, aislamiento y conflictos con iguales.

Tres claves en casa

Los especialistas insisten en que los padres no deben restar importancia a estas situaciones: para un adolescente, que le saquen del grupo de WhatsApp puede doler tanto como que le dejen solo en el patio.

La respuesta, explica Gloria Ben, no pasa por decir «no es para tanto», sino por escuchar sin juicios, validar lo que siente y evitar frases que minimicen su dolor.

Además, la educación digital es mucho más que poner límites de tiempo: se trata de enseñar a convivir en estos espacios, recordar que lo que ocurre en Internet tiene impacto real y ofrecer alternativas fuera de la pantalla para que la vida social no dependa solo de un chat.

Y, como siempre, el ejemplo adulto pesa. «Mostrar un uso equilibrado del móvil, respetar los tiempos de desconexión, cuidar el lenguaje en redes y dar importancia a las relaciones cara a cara transmite mensajes muy claros para los adolescentes», resume Gloria R. Ben.

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