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Familia y EscuelaCristina Castaño Campos

Ni sobreproteger ni forzar: el difícil camino para que un niño con autismo aprenda a desenvolverse solo

«La educación en el TEA es una carrera de fondo donde los trofeos son la autonomía, la autorregulación y la sonrisa de un niño que se siente, por fin, comprendido», explica Cristina Castaño, maestra en Audición y Lenguaje del colegio CEU San Pablo Sanchinarro

Una profesora ayuda en una actividad a un niño con Trastorno del Espectro Autista

Una profesora ayuda en una actividad a un niño con Trastorno del Espectro AutistaDusan S. / iStock

Educar a un niño con Trastorno del Espectro Autista (TEA) no es una tarea que se limite a la instrucción académica o al cumplimiento de hitos del desarrollo. Es, en su esencia más pura, un arte.

Como toda expresión artística, requiere de una destreza especial, pero también de una sensibilidad capaz de ver lo que no siempre es evidente a los ojos. Donde alguien ve a un niño «teniendo una rabieta», el arte de descifrar su mundo nos permite ver a Gonzalo sufriendo una crisis por el sonido repetitivo de una luz fluorescente o a Martín, por el roce de la etiqueta de su camiseta. Esa mirada profunda es la que marca la diferencia entre juzgar y acompañar.

En este universo del TEA, la labor del docente se sostiene sobre varios pilares fundamentales que deben convivir en perfecto equilibrio. Frecuentemente escuchamos la frase romántica de que «el amor lo puede todo». Sin embargo, en el ámbito de la neurodiversidad, el amor por sí solo, entendido únicamente como afecto, ternura o protección, se queda corto si no se traduce en comprensión, estructura y competencia.

El amor es, sin duda, el motor de cualquier proceso educativo, pero la comprensión es la que nos permite descifrar el lenguaje único del niño con TEA.

La estructura, por su parte, le proporciona un entorno predecible, reduciendo su incertidumbre y dándole la seguridad necesaria para explorar el mundo.

Y finalmente, la competencia es la formación técnica que nos permite intervenir con eficacia. Un amor sin herramientas puede derivar en la frustración de querer ayudar y no saber cómo; una formación académica sin la calidez del afecto corre el riesgo de reducir al niño a un simple conjunto de síntomas que deben ser «corregidos».

Llevar este equilibrio al entorno escolar es el mayor desafío y, a la vez, la mayor oportunidad. Actuar en el colegio no es solo tener paciencia; es diseñar un aula donde el niño TEA no tenga que sortear barreras constantemente para poder aprender. Entender en el aula, significa que el docente no espera que el alumno se adapte a una norma rígida, sino que acomoda la pedagogía para que el niño pueda acceder al conocimiento.

Cuando un maestro utiliza apoyos visuales, anticipa los cambios de actividad o respeta los tiempos de procesamiento de un alumno con TEA, está realizando un acto de comprensión profundamente técnico. Está ofreciendo un entorno diseñado a su medida donde el afecto es el combustible, pero el conocimiento especializado es la herramienta precisa que le permite conquistar su propia autonomía. Porque el fin último de la educación de un niño TEA es la libertad de que pueda desenvolverse por sí mismo.

El fin último de la educación de un niño TEA es la libertad de que pueda desenvolverse por sí mismo.

Estar presente en su vida implica aceptar su forma de procesar la realidad sin intentar «repararla», porque en un aula con un niño con TEA, amar es sinónimo de validar. Si el amor es la energía, la formación es la brújula para obtener éxito. En este contexto, entender las funciones ejecutivas o los perfiles sensoriales no es un lujo académico, es una necesidad ética.

Como bien señala Marc Monfort, referente indiscutible en inclusión: «La inclusión no es un gesto de generosidad, sino un acto de justicia; no consiste en dejar entrar, sino en dar las herramientas para poder estar.»

Esta máxima de Monfort resume la esencia del acompañamiento, no basta con que el niño esté sentado en un pupitre; debe recibir los apoyos necesarios para sentirse parte activa del mundo educativo. Esa es la verdadera competencia, saber transformar el espacio escolar para que todos los niños puedan brillar con luz propia.

El éxito de este camino reside en el equilibrio. Un educador formado sabe que una conducta disruptiva suele ser un grito de auxilio ante un entorno que no se comprende. Su competencia le permitirá aplicar estrategias y su empatía le ayudará mantener la calma y ofrecer un refugio de paz.

No consiste en forzar su ritmo de desarrollo, ni en condicionar su progreso a metas que solo satisfacen expectativas sociales. Debemos observar sus tiempos, respetar su silencio y celebrar sus logros, por sutiles que parezcan. La educación en el TEA es una carrera de fondo donde los trofeos son la autonomía, la autorregulación y la sonrisa de un niño que se siente, por fin, comprendido.

«Educar en el espectro es entender que, para enseñar a un niño a volar, primero hay que creer en su forma única de batir las alas, y después, darle el cielo que necesita para lograrlo» (Anónimo).

* Cristina Castaño Campos es maestra en Audición y Lenguaje del colegio Ceu San Pablo Sanchinarro

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