El perdón es la otra cara del amor
Tal vez el perdón tenga menos de heroísmo moral y más de higiene interior. No elimina lo ocurrido, pero evita que lo ocurrido siga ocupando todo el espacio.
«El perdón es la otra cara del amor»: Son palabras de PJ Armengou en Rostros de perdón, un libro construido a partir de historias reales de víctimas y perpetradores, donde la reconciliación no aparece como una idea abstracta, sino como algo profundamente humano. En algunos casos difícil de alcanzar, en otros sorprendentemente sencillo. Y aunque cada proceso es distinto, todos comparten algo en común: el perdón, cuando ocurre, introduce algún grado de paz en quienes lo atraviesan.
La lectura, que recomiendo encarecidamente –de lo que pueden dar fe quienes han compartido tiempo conmigo desde que la acabé–, es sobrecogedora. Obliga a pensar de verdad, sin palabrería ni consuelo prefabricado. No tiene nada de autoayuda, ni pretende tenerlo. Más bien hace lo contrario: incomoda. Porque baja al barro, donde las cosas no se ordenan fácilmente, donde no hay categorías limpias ni finales siempre comprensibles.
Y quizá por eso funciona. Porque no teoriza. Expone. Y en esa exposición uno no solo observa a los demás, sino que se ve obligado a preguntarse por sus propios límites. El autor tampoco se sitúa fuera de lo que cuenta. Entra, sale, duda, se contradice a veces. Y eso le da al conjunto una honestidad poco habitual.
Cuando leí la frase con la que empiezo esta reflexión –«el perdón es la otra cara del amor»– la subrayé (sí, desde hace un tiempo ya no me parece una irreverencia pintar los libros) y me quedé pensando. Implica que no son lo mismo, sino que están profundamente unidos.
Pero conviene precisar qué amor. No el afecto, no el apego, no el cariño hacia alguien cercano. Las víctimas que aparecen en este libro no aman al terrorista que mató a su hijo, ni al vecino que los mutiló, ni al hombre que destruyó su familia. No se les puede pedir eso, y el libro no se lo pide.
El amor del que habla Armengou es otro: una disposición más honda, casi imposible de sostener con la sola voluntad humana, que reconoce en el otro –en cualquier otro, incluso en el que hizo daño– algo que no se puede borrar del todo: su condición de persona. Una chispa que permanece aunque todo lo demás se haya roto.
Esa forma de amor no surge del sentimiento. Surge, en muchos de los casos del libro, de algo que trasciende la razón. Hay en varios testimonios una dimensión que no se explica solo psicológicamente: una apertura que va más allá de lo que uno podría alcanzar por sus propios medios. Como si el perdón, en su forma más radical, necesitara de algo exterior para sostenerse.
Pero conviene matizar algo que el libro deja muy claro: perdonar no es negar el daño, ni justificarlo, ni forzarse a olvidar. A veces se confunde el perdón con una obligación moral de «estar bien» con lo ocurrido. Cuando en realidad es un proceso interno de soltar el vínculo emocional con la ofensa, para que no siga definiendo el presente.
Y aquí me gustaría introducir un matiz: el perdón, en muchos casos, es un acto profundamente egoísta. O al menos interesado. Quien más sufre cuando no se perdona no es el que causó el daño –que muchas veces sigue con su vida, indiferente o ignorante–, sino quien carga con la herida. El rencor no castiga al otro. Lo mantiene presente. Le da un lugar privilegiado en la cabeza y en el cuerpo, le cede el poder de seguir haciendo daño mucho después de que todo haya ocurrido. En ese sentido, perdonar no es un gesto generoso hacia el otro. Es, ante todo, un acto de autoprotección. Una decisión –cuando se puede tomar– de no seguir pagando una deuda que no es tuya.
Esto queda aún más claro cuando el perdón no es hacia otro, sino hacia uno mismo. Ahí no hay distancia, no hay relato que lo suavice. Uno se queda solo con lo que hizo, con lo que no hizo, con lo que cree que debería haber sido distinto. Y el perdón no consiste en borrar ni en justificarse, sino en dejar de confundir un error con una identidad. Haber fallado en algo no es lo mismo que quedar definido por ello. El que más daño hace con el no-perdón, también aquí, es uno mismo.
Así que tal vez el perdón tenga menos de heroísmo moral y más de higiene interior. No elimina lo ocurrido, pero evita que lo ocurrido siga ocupando todo el espacio. Un poder discreto, sin espectáculo, pero más decisivo que cualquier otro: el de no quedarse atrapado.
Y sin embargo, hay algo en los testimonios más extremos del libro que la psicología no alcanza a explicar del todo. Hay perdones que no caben en ninguna lógica humana. Madres que perdonan al asesino de su hijo. Supervivientes que se sientan frente a frente con quien los torturó. No por ingenuidad, no por debilidad, no porque el daño fuera menor. Sino por algo que ellos mismos, en muchos casos, atribuyen a una fuerza que no viene de ellos. Ahí es donde la fe entra como la única explicación que tienen para lo que les ocurrió por dentro.
Jesús perdonó desde la cruz. No como metáfora, no como ideal lejano, sino como acto concreto en el momento de mayor dolor. «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». No lo dijo desde la distancia ni desde la indiferencia. Lo dijo desde el centro del sufrimiento. Y eso cambia lo que significa perdonar. No lo convierte en algo fácil ni en algo que se pueda exigir. Pero sí en algo que, cuando ocurre, tiene una dimensión que va más allá de lo terapéutico o lo racional. El perdón cristiano no pide que el daño no importe. Pide –o, más bien, ofrece– la posibilidad de que no sea lo último.
Vuelvo, al final, a la frase de Armengou. Quizá lo que me llamó tanto la atención es que no habla de un acto puntual, sino de una postura ante la vida. Amar –en ese sentido amplio, difícil, a veces solo sostenible con ayuda de algo más grande que uno mismo– implica estar dispuesto a no dejar que el daño tenga la última palabra. No porque no importe. Sino porque hay algo que importa más: seguir siendo capaz de vivir sin que el rencor lo estreche todo.
El perdón no es el final de una historia. Es la condición para que otra pueda empezar. Y eso, cuando ocurre de verdad, no se parece en nada a la resignación. Se parece bastante más a una forma de libertad.
- Patricia Catalá es periodista