Clint Eastwood protagonizó 'Por un puñado de dólares'
Cine
Clint Eastwood, sobre su primera película en España: «Rodabas una escena y veías a la gente contando chistes»
Los técnicos españoles contaban chistes a carcajadas a escasos metros de la cámara
Cuando Clint Eastwood aterrizó en la España de 1964 para rodar Por un puñado de dólares, no venía con la mentalidad de quien va a fundar un género cinematográfico, sino con el escepticismo de un profesional acostumbrado al rigor casi militar de los estudios de Hollywood que se veía proyectado hacia lo que él consideraba un fracaso seguro.
Para Eastwood, aquel viaje era poco más que una oportunidad de hacer turismo por Italia y España con los gastos pagados, ya que el guion le parecía una reinterpretación extraña de Kurosawa y el presupuesto era tan ínfimo que rozaba lo ridículo. Su primera gran bofetada de realidad llegó al descubrir que, a diferencia de las producciones estadounidenses donde cada prenda de ropa tiene tres o cuatro duplicados por seguridad, en Almería él era su propio sastre y guardián: se trajo sus propios vaqueros, las botas que ya había domado en la serie Cuero Crudo y, lo más estresante de todo, un único sombrero que custodiaba como si fuera el tesoro de la corona, sabiendo que si se extraviaba o se dañaba, no había repuesto posible y el rodaje se detendría por completo.
Clint Eastwood, en un fotograma de Por un puñado de dólares
Esa precariedad material no era nada comparada con el choque cultural que supuso enfrentarse a la metodología, o falta de ella, de Sergio Leone y el equipo técnico español, quienes operaban bajo una filosofía de vida donde el trabajo y la juerga no parecían tener fronteras claras. Eastwood, formado en la escuela del silencio absoluto durante la toma, se encontró de repente intentando canalizar la frialdad de su personaje mientras, apenas a unos metros de la cámara y totalmente fuera de plano, los técnicos españoles contaban chistes a carcajadas, gesticulaban de forma teatral o incluso se lanzaban un frisbee para matar el tiempo entre ajustes de luz.
«Era muy curioso, porque estabas rodando una escena y, fuera de plano, veías a gente jugando al frisbee, haciendo gestos o contando chistes. Se oía a la gente hablando. Te distraías fácilmente. Yo simplemente lo ignoraba y lo usaba como una manera para concentrarme aún más, pero no estaban acostumbrados al silencio de un rodaje», recordó el actor y director.
Aquella algarabía constante, que para cualquier otro actor de método habría sido un motivo de ruptura nerviosa, fue el crisol donde Clint forjó su estilo interpretativo más icónico; decidió que, si no podía cambiar el entorno, usaría aquel caos como un muro de resistencia, obligándose a una hiperconcentración que acabó dándole al Hombre sin nombre esa mirada entrecerrada y esa parquedad de movimientos que el mundo confundió con una decisión artística brillante, cuando en realidad era un blindaje psicológico contra el ruido.
La picaresca española de la época también dejó una huella imborrable en su memoria, especialmente a través de anécdotas que hoy parecerían impensables en un entorno regulado, como la famosa resolución del problema del árbol para la escena de la soga. Al necesitar un árbol con una rama específica para un ahorcamiento y no encontrar nada adecuado en el árido paisaje almeriense, el equipo local localizó uno muerto en un jardín privado y, sin mediar palabra ni permiso, procedieron a talarlo ante la mirada atónita del dueño. La respuesta del equipo ante la indignación del propietario fue una obra maestra de la improvisación ibérica: se hicieron pasar por operarios del departamento de carreteras y le convencieron de que el árbol representaba un peligro inminente para la seguridad pública, logrando que el hombre no solo se calmara, sino que les diera las gracias por retirarlo de su propiedad.
Este ambiente de 'creatividad' al límite y desorden organizado acabó por seducir a Eastwood, quien comprendió que en España las cosas no salían adelante por seguir un manual de instrucciones, sino por una voluntad inquebrantable de resolver problemas sobre la marcha con más ingenio que recursos. Lo que empezó como un viaje que él mismo calificó como un posible desastre absoluto, terminó siendo la experiencia que redefinió su forma de actuar, alejándolo de los diálogos excesivos y acercándolo a una economía gestual que encajaba perfectamente con la visión vanguardista de Leone. Al final, entre el humo de los puros que detestaba, los frisbees volando por el set y los árboles 'expropiados', el actor no solo rodó una película, sino que absorbió una forma de entender el arte donde la imperfección y la falta de medios se convertían en la mayor virtud de la obra, demostrando que el silencio que tanto buscaba no era necesario cuando se tenía la fuerza de una mirada que sabía ignorar el caos.