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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Las tres vidas de Arturo

Siempre es una alegría ver volver a la pista a amigos que han estado cerca de reunirse con Elvis

Act. 10 ene. 2026 - 13:49

Arturo, eminencia coruñesa de la arquitectura, la escritura y el dibujo, nos ha pegado ya dos sustos a los que lo queremos bien, que somos un pequeño batallón. Hace cuatro o cinco años, corrió el rumor de que había hecho mutis rumbo al otro barrio. Al menos ese fue el bulo que nos llegó a mi mujer y a mí. Al cabo de unos días de recibir tan triste nueva, paseábamos por La Coruña y cerca de la casa de Arturo vimos aparcado su BMW, un coche muy arturiano: vintage, deportivo y setentero, como de actor galanzote europeo de los años setenta. Ante aquel auto varado nos invadió una pena profunda, pues semejaba una metáfora metálica del adiós de su dueño, que ya no volvería a ponerse nunca al volante.

Por fortuna todo resultó un bulo, o «una carallada», que diría Arturo. El muerto estaba muy vivo y su pública resurrección constituyó una gran alegría. Ahora nos ha dado otro susto, con un achuchón del corazón de esos que si faltan la suerte y la pericia médica te reúnen rápido con Elvis en el otro lado. Por fortuna salvó el cara o cruz en el quirófano, gracias al equipazo de la doctora Marisa Crespo. Ahora el superviviente ya pasea de nuevo su porte elegante de veterano dandy por las calles coruñesas. Aunque «a modiño», como recomienda la cauta sabiduría local. Vuelve a ocupar también su silla de cuero plastificado en el café Manhattan, una institución, un templo setentero que es como una isla enclavada en el medio del tráfico. Allí, los últimos camareros leales al esmoquin negro cumplimentan a «Don Arturo» nada más verlo y en una liturgia de coruñeses educados y flemáticos le traen presto «sus periódicos y su rioja».

Esto de hacerse mayor es un follón. A Arturo le cayeron el año pasado los 80. Sus amigos y su hija se pusieron entrañables, como debe ser, y le organizaron una cena sorpresa en el Náutico. Engatusado por su hijo, Arturo pensó que se encaminaba a una cena mano a mano con él. Pero al llegar al salón le aguardaban 80 personas. El sorpresón lo hizo bascular entre la emoción y el síncope: «A algunos hacía muchísimos años que no los veía. Al encontrármelos allí, de repente hubo un momento en que llegué a pensar que la había palmado y estaba ya en la otra vida, donde dicen que te vuelves a encontrar con toda tu gente». Lo comentaba a toro pasado con suave ironía, con ese humor encantador con que se ríen de sí mismas las personas inteligentes.

Arturo Franco Taboada es un soberbio arquitecto y catedrático de la materia. Pero no le queda tampoco largo el adjetivo de «humanista polifacético», que tantas veces se regala de manera gratuita. Posee una prosa de una riqueza que ya no se encuentra y a comienzos de los noventa incluso fue finalista del Planeta.

A mí siempre me ha gustado dibujar y entregaría medio dedo por tener un 25 % de la mano que gasta Arturo. En su piso le dio un día por bosquejar unos galeones en la pared situada tras su lecho. El mural hace ahora de cabecera de la cama. Cuando lo vi me dejó boquiabierto, como tantos dibujos suyos. Él no le da mayor importancia; sonríe y te cambia de tema.

Espero que Arturo se ponga a trabajar y escriba alguna vez sus memorias, profesionales y mundanas, que deberán recrear las glorias y miserias de la arquitectura –pródiga en ambas–, sus aventuras como pionero de la noche con el pub 'Brujas' –donde corría con la música otro coloso, el por entonces veinteañero Manuel Costoya–, sus viajes jacobeos, o sus lances galantes, que se supone que darían para otra novela (aunque Arturo se ríe si se alude a ellos y como buen caballero lo niega todo, componiendo la cara inocente de quien está escuchando la más inverosímil de las hipérboles).

Los católicos creemos en la otra vida, y también en que será la buena y feliz. Pero por si un día llega un nuevo susto y resulta el fetén –Dios no lo quiera–, no podía dejar de decirle a Arturo mientras anda por aquí abajo lo mucho que lo queremos, y lo bien que lo he pasado con él paseando por las calles de Chelsea, o hablando de las chaladuras de Fellini, o tomando un vino (o tres), y decirle que es un honor considerarme su amigo.

Cuídate mucho, Arturo. En el verano coruñés, que este año dicen que caerá en miércoles, esperamos verte con tu bici por el Paseo Marítimo, hecho ya un brazo de mar. Y si no estás para esas, pues iremos a charlar al Manhattan, que además es menos cansado y a refugio del soplido de nuestro puñetero Nordés.

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