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Mañana es domingoJesús Higueras

Llamados a la vida con sentido

Creer en el Verbo hecho carne es aceptar un don: vivir con sentido, vivir para alguien, vivir con los demás. La vida cristiana no promete una existencia fácil, pero sí una existencia verdadera.

«En el principio existía el Verbo… y sin Él no se hizo nada de cuanto se ha hecho» (Jn 1,1-3). Estas palabras del evangelio de san Juan no hablan solo del origen del mundo, sino del origen del sentido. Afirman algo decisivo: la vida no es un accidente, ni el fruto ciego del azar, ni una sucesión de hechos sin dirección. Todo lo que existe ha sido querido, pensado y llamado a la existencia por una Palabra. Y una palabra que no se pronuncia sin intención.

Dios no crea por necesidad, sino por amor. Al crear, llama. Y al llamar, da una finalidad. La vida humana no es solo algo que «ocurre», es algo que se recibe con un mensaje. El drama contemporáneo no es tanto el sufrimiento –que siempre ha acompañado al hombre– como la pérdida de sentido. Se vive, pero no se sabe para qué. Se lucha, pero no se sabe por qué. Frente a esta desorientación, el prólogo de san Juan ofrece una afirmación serena y firme: la vida tiene un origen personal y, por tanto, un significado.

Ese sentido, sin embargo, no se descubre mirando solo hacia dentro, ni acumulando experiencias. El cristianismo es claro y, en esto, exigente: el sentido de la vida no se inventa, se recibe. Y se recibe en el Verbo que «se hizo carne». La Palabra eterna de Dios no se quedó en una idea elevada o en una doctrina abstracta; entró en la historia concreta de los hombres, asumió un rostro, una biografía, unas relaciones. Jesucristo no vino a explicar la vida desde fuera, sino a vivirla desde dentro.

Por eso el sentido último de la existencia no se encuentra en el éxito, ni en la autosatisfacción, ni en la mera autorrealización, sino en la forma de vida que Cristo encarna: una vida entregada. Jesús revela que vivir es darse. Toda su existencia –desde Nazaret hasta la cruz– es una vida orientada al servicio, a la atención al otro, a la fidelidad silenciosa a la voluntad del Padre. No vino a servirse, sino a servir. Y en ese movimiento descendente se revela la verdad más alta del hombre.

«Sin Él no se hizo nada de cuanto se ha hecho». Esto significa que también nuestra propia vida solo se comprende plenamente a la luz de Cristo. Cuando se le aparta, todo queda fragmentado: el trabajo pierde horizonte, el sufrimiento se vuelve absurdo, el amor se reduce a sentimiento pasajero. Con Él, incluso lo pequeño, lo oculto y lo doloroso adquiere un peso eterno.

Creer en el Verbo hecho carne es aceptar un don: vivir con sentido, vivir para alguien, vivir con los demás. La vida cristiana no promete una existencia fácil, pero sí una existencia verdadera. En un tiempo marcado por la prisa y la confusión, el evangelio de san Juan recuerda algo elemental y olvidado: hemos sido creados por una Palabra, y solo escuchándola –hecha carne en Jesús– nuestra vida encuentra su dirección, su unidad y su esperanza.

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