«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres»
Solo quien ama de verdad sabe esperar, sabe no invadir, sabe respetar al otro. Dios corrige sin humillar y acompaña sin dominar
El Evangelio del próximo domingo nos sitúa en un momento muy decisivo de la historia de la Salvación: Jesús comienza a predicar cuando Juan el Bautista es encarcelado. No quiere comenzar antes. Quiere esperar. Y esa espera no es cálculo ni miedo, sino delicadeza. Jesús respeta el ministerio de Juan hasta el final, como quien cuida una amistad verdadera. Entre ellos no hay competencia, hay comunión. Se conocían desde la infancia por motivos familiares y también desde la fe, por lo cual no es difícil deducir que entre ellos había una profunda amistad.
Jesús deja que Juan complete su misión, y solo cuando el Bautista es silenciado, la Palabra eterna alza la voz. Esto nos revela algo esencial del corazón de Cristo: solo quien ama de verdad sabe esperar, sabe no invadir, sabe respetar al otro. Jesús hablará de Juan con los mayores elogios posibles; Juan, por su parte, se alegra de que el Esposo crezca aunque él disminuya. Esa es la lógica de la amistad cristiana: alegrarse del bien del otro, aunque no sea el propio.
Desde aquí entendemos que la vida cristiana no se sostiene sin amistad. La primera, la decisiva, es la amistad con Dios. Amigo es aquel a quien se le puede contar lo que pasa por dentro sin miedo a ser juzgado. Con Dios uno puede hablar con verdad, mostrar heridas, dudas, cansancios, incluso enfados. Él no siempre está de acuerdo con nuestras decisiones, pero nunca rompe la relación. Corrige sin humillar y acompaña sin dominar. Sin esta amistad vertical, la fe se convierte en moralismo o en rutina.
De esta relación con Dios nace también la amistad humana. Una amistad que en primer lugar se da entre los esposos. El matrimonio cristiano no puede reducirse a un proyecto funcional o a una convivencia organizada. Es una amistad profunda donde el esposo y la esposa pueden confiarse el alma, hablar sin máscaras, sostenerse en la fragilidad. Cuando falta la amistad, el matrimonio se endurece; cuando existe, incluso las crisis se vuelven camino de comunión.
Finalmente, el cristiano está llamado a cultivar la amistad con los demás. Amigos son aquellos que han compartido con nosotros infancia, alegrías, penas y esperanzas. Personas que forman parte de nuestra historia, pero que han entrado en nuestra intimidad con respeto. En un mundo de relaciones rápidas y superficiales, la amistad es un acto de resistencia.
Jesús comienza su predicación desde una amistad respetada. También nosotros solo anunciaremos algo verdadero si aprendemos a vivir, cuidar y honrar la amistad. La Iglesia, desde sus orígenes, ha crecido siempre apoyada en vínculos de amistad sincera, no en estrategias. Allí donde hay amigos que rezan juntos, que se corrigen con cariño y que se sostienen en la prueba, el Evangelio se hace creíble. La amistad no es un añadido opcional, es un lugar teológico. Dios pasa por ella. Por eso, cuidar las amistades es cuidar la fe, y descuidarlas es empobrecer silenciosamente la vida cristiana.