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MontecassinoHermann Tertsch

No todos enloquecieron en la UE

Merz quiere una alianza con una Meloni a la que insultaron en Berlín y Bruselas como fascista, pero que hoy tiene el Gobierno más estable, eficaz, inteligente y lúcido de Europa

Durante la cumbre Italo-germana que han celebrado en Roma el canciller Friedrich Merz y su anfitriona la jefa de gobierno Giorgia Meloni, el canciller alemán ha confirmado el nuevo tono que ya utilizó en Davos cuando habló de los fracasos de la Unión Europea de forma muy abierta y veraz. Es decir, en una forma muy parecida a como lo hacen todos esos líderes europeos emergentes de las fuerzas conservadoras y nacionales, desde Le Pen, Orbán, Wilders o Abascal, difamados como «extrema derecha» por los medios europeos y todo el aparato de Bruselas.

Merz quiere una alianza con una Meloni a la que insultaron en Berlín y Bruselas como fascista, pero que hoy tiene el Gobierno más estable, eficaz, inteligente y lúcido de Europa. En gran coloso alemán, tan venido a menos ve en Meloni la alianza ideal para una relación sana, fluida y beneficiosa con EE.UU., es decir con Donald Trump. Es una relación con Washington al margen de Bruselas, que no sea permanentemente saboteada por un Macron, Von Der Leyen y demás. El fracaso de la Comisión Europea de Von Der Leyen está ya claro. Los países buscan formas de movimientos estratégicos al margen de Bruselas.

No todos los gobernantes de los países la Unión Europea se han vuelto locos en sus desesperados intentos de defender unas formas políticas y hegemonía cultural que más que agonizar, ya han muerto. La incapacidad de liberarse de la caduca alianza socialdemócrata de los partidos populares y socialistas en Bruselas, siempre bajo la imposición de Alemania, ha hundido a los partidos tradicionales en una degradación que parece irreversible.

Han sido arrastrados por una combinación de arrogancia, ceguera, angustia y desarme moral y sobre todo incapacidad de afrontar las reformas radicales que el espectacular fracaso de las políticas de los pasados 25 años hacen imprescindibles. Están desarbolados ante la formación de fuerzas políticas alternativas, en su propia impotencia ante el cambio de era en que ya está embarcado todo Occidente. Un cambio de era que trae consigo cambios radicales en la política de defensa, de energía, sociales, económicas y por supuesto de ciudadania y extranjería. El mundo está cambiando a velocidad de vértigo y los partidos tradicionales con su Von Der Leyen, su Legarde, su Macron, sus hijos de Merkel y sus patéticos socialistas y verdes siguen creyendo que esto se soluciona como las crisis a finales del siglo XX.

Con este análisis, todo para ellos es en realidad un fracaso, como esta semana en Estrasburgo la votación sobre el acuerdo comercial de la UE con Mercosur. Un acuerdo en el que los países americanos han actuado de buena fe, pero los negociadores europeos, no. Porque para beneficiar a los de siempre, Alemania para ser exactos, han querido sacrificar a los de siempre, a los agricultores y sector primario en general.

Y han querido hacer trampa a los países americanos pretendiendo incluir salvaguardias a posteriori para condicionar todos los acuerdos y poder evitar el rechazo en Europa. Es decir, engañar a unos y otros. Han fracasado estrepitosamente y han perdido los nervios una vez más. Como los pierden con Donald Trump cada vez que él los escandaliza y asusta a propósito para lograr que esta banda reaccionaria, cegata, indolente y cada vez más corrupta se adapte un poco a los tiempos que vienen.

Cada vez viven más en el permanente sobresalto y en alarma tantas veces histérica porque la realidad les demuestra ya a todos estos que se siguen creyendo las élites inamovibles en Europa que ya están perdiendo más de lo que perdieron nunca. En realidad son los avisos cada vez más sólidos de que nunca más van a ganar como lo hacían antes, sin batalla ni adversario, como un rodillo de dos fuerzas colaboradoras en un solo proyecto que solo se turnan en el discurso público en la misma senda.

Esta parálisis y también podredumbre generadas por el consenso socialdemócrata en el que populares, socialistas, liberales izquierdistas y verdes votan siempre juntos en todo lo relevante para mantener sus acuerdos de reparto, pone en peligro la Unión Europea mucho más que ningún euroescéptico, como llaman a quienes dicen la verdad sobre el estado de las cosas.

Ahora, en medio del enajenamiento generalizado por la histeria fóbica hacia el presidente norteamericano Donald Trump se están creando nuevas alianzas. Que el francés Emmanuel Macron reaccione como una novia desairada por los desprecios de Trump a su inanidad pomposa y diga que se quiere entregar a China como el canadiense Mark Carney o el gobierno de malandros de Pedro Sánchez llame a «aislar» a EE.UU. son payasadas más o menos peligrosas que no llevan a ninguna parte a quien quiere soluciones y no esté obsesionado por su imagen como Macron o por su impunidad como Sánchez.

En medio de tanto nerviosismo y conmoción quizás algunos estén recuperando la cordura. Puede que sea pecar de optimista pensar que pudiera ser capaz de ello el canciller alemán Friedrich Merz que no lleva un año de gobierno y tiene un balance tan nefasto como el que hizo dimitir y convocar elecciones anticipadas a su antecesor, el socialista Olaf Scholz.

De momento nadie puede excluir que Merz corra la misma suerte. Pero sí tiene la oportunidad de revisar su situación ante los nuevos amplios movimientos y aprender de Giorgia Meloni a llevar una coalición de la derecha. Merz aun se mantiene en la posición suicida de la alianza con los socialistas en vez de abrirse a una coalición con el partido a su derecha de la AfD que le daría una mayoría para llevar a cabo la política de reformas necesaria y enmendar todas las barbaridades, desde el cierre nuclear a las fronteras abiertas a la invasión islámica que le legó la nefasta Angela Merkel.

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