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HOY ES DOMINGOJesús Higueras

Empieza un mundo distinto

La resurrección no es algo que solo le ocurra a Él. Es una victoria en la que nosotros estamos llamados a participar. Cristo ha querido que su triunfo sea también el nuestro

Celebrar el Domingo de Pascua significa que algo nuevo ha entrado en la historia y la ha cambiado desde dentro. La resurrección de Jesucristo no es solo un recuerdo, sino el comienzo real de un mundo distinto. Es aquello que el corazón humano ha esperado siempre, aunque no supiera cómo decirlo: que la muerte no sea el final.

En este día entendemos que la creación no estaba terminada. Todo lo que parecía desgastado por el tiempo, marcado por el dolor o la pérdida, encuentra en Cristo resucitado su sentido definitivo. No estamos ante una idea bonita ni ante un consuelo fácil, sino ante un hecho que introduce en la vida humana algo eterno. Cristo no vuelve simplemente a lo de antes, sino que abre una vida nueva, una vida que ya no está sometida al final.

Y lo más importante es que no lo hace solo. La resurrección no es algo que solo le ocurra a Él. Es una victoria en la que nosotros estamos llamados a participar. Cristo ha querido que su triunfo sea también el nuestro. Por eso, ser cristiano no es mirar desde fuera lo que ha pasado, sino entrar en esa vida nueva, aceptar ese camino de entrega que conduce a la plenitud. En el Resucitado descubrimos que nuestra vida no está destinada al vacío.

Las llagas de Cristo resucitado lo dicen todo. Siguen ahí. No han desaparecido. Y eso significa que Dios no ha sido indiferente al sufrimiento humano. No ha mirado desde lejos, ni ha dado explicaciones frías. Ha entrado en el dolor. Las heridas de Cristo no son una derrota, sino la prueba de un amor que ha llegado hasta el final. Y por eso esas llagas ya no hablan de muerte, sino de vida.

Dentro de cada persona hay una sed profunda: de verdad, de belleza, de bien. Nada de este mundo logra llenarla del todo. Podemos buscar en muchas cosas, pero siempre queda una sensación de que falta algo. La Pascua nos dice que esa sed no es un error. Es una señal. Hemos sido hechos para algo más grande, para una vida plena que solo se alcanza pasando por la cruz.

Porque la resurrección no elimina la cruz, sino que le da sentido. No hay vida verdadera sin entrega. No hay amor pleno sin sacrificio. El camino de Cristo no evita el sufrimiento, pero lo transforma. Por eso, el creyente no vive de ilusiones, sino de una certeza: confiar en el Crucificado es confiar en quien ha vencido la muerte.

Hoy, Domingo de Pascua, escuchamos la noticia más importante que se ha dado nunca: la muerte ha sido vencida. Y con ella, todo lo que parecía definitivo —el dolor, la injusticia, la separación— deja de tener la última palabra.

Esto cambia la manera de mirar la vida. El amor ya no es algo frágil o pasajero. Puede ser verdadero y definitivo. La unión con las personas que amamos no tiene por qué terminar. En Cristo resucitado, lo que es auténtico permanece.

La Pascua no quita los problemas ni borra el sufrimiento, pero introduce una luz que lo ilumina todo. Desde hoy, vivir no es caminar hacia la nada, sino hacia un encuentro. Y esa es la esperanza que sostiene al mundo, incluso cuando todo parece derrumbarse: que el final no es el silencio, sino la vida.

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