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HOY ES DOMINGOJesús Higueras

Cristo actúa cuando todo parece perdido

«Lázaro, sal fuera». Nada más. No hay fórmulas, no hay rituales complicados. Solo una voz. Pero una voz que no es como las demás

Hay escenas del Evangelio que no admiten medias tintas. O se aceptan en toda su radicalidad o se reducen a un símbolo inofensivo. La resurrección de Lázaro pertenece a ese núcleo duro. Es un hecho que descoloca: un hombre muerto vuelve a la vida por la sola fuerza de una palabra.

Lázaro ha enfermado. Sus hermanas, Marta y María, envían aviso a Jesús. Esperan una intervención rápida, casi inmediata. Pero Jesús no acude. Deja que la enfermedad siga su curso, que la muerte haga su trabajo, que el sepulcro se cierre. Humanamente, resulta incomprensible. ¿Por qué permitir que llegue hasta ese extremo? ¿Por qué no evitar el dolor?

La respuesta de Jesús no deja de ser enigmática: «Esta enfermedad no es para la muerte, sino para la gloria de Dios». Dicho de otro modo, incluso la desgracia —la enfermedad, el sufrimiento, la pérdida— puede convertirse en lugar de manifestación de Dios. No porque el mal sea bueno, sino porque no tiene la última palabra.

Cuando Jesús llega a Betania, Lázaro lleva cuatro días en el sepulcro. Es decir, no hay margen para el equívoco. No se trata de un desmayo, ni de una recuperación inesperada. Es muerte real. Y, sin embargo, es precisamente ahí donde Cristo decide actuar. No antes. No a medio camino. En el punto en el que todo parece definitivamente perdido.

Jesús no evita siempre la muerte, pero sí la vence. Y lo hace no con gestos grandilocuentes, sino con la autoridad de su palabra. «Lázaro, sal fuera». Nada más. No hay fórmulas, no hay rituales complicados. Solo una voz. Pero una voz que no es como las demás.

Esa voz es la misma que, según narra el Génesis, llamó a la existencia a todo lo que es. «Dijo Dios… y fue». La creación entera nace de una palabra eficaz, que no describe la realidad, sino que la produce. En Betania sucede lo mismo: Jesús no pide, no suplica, no intenta. Ordena. Y la muerte obedece.

Esto cambia por completo nuestra manera de entender la vida. Si Cristo tiene poder sobre la muerte, entonces la nada deja de ser una posibilidad última. El hombre no está arrojado a un destino absurdo donde todo puede terminar en el vacío. No estamos aquí por casualidad ni desaparecemos como quien se disuelve sin dejar rastro.

Creer en Jesucristo no es un consuelo psicológico, es una afirmación radical: la vida tiene dueño. Y ese dueño no es caprichoso. No juega con nosotros a existir o no existir. El amor de Dios no es provisional ni reversible. Cuando Dios llama a alguien a la vida, no se arrepiente. Su decisión es irrevocable.

Por eso, la tumba de Lázaro no es solo la historia de un amigo de Jesús. Es un anticipo de lo que está en juego para todos. Allí, frente a una piedra cerrada y un cuerpo en proceso de desintegración, Cristo revela quién es: el Señor de la vida. Y desde entonces, la muerte ya no puede pronunciar la última palabra.

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