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TRIBUNAalberto varela muñiz

Vosotros podéis cambiar la historia. Hacedlo con el Amor

Hay una generación de padres que miran con incredulidad a ese hijo tan beato que les ha salido; a ellos, que beben leche de soja, hacen running los domingos y los retiros que conocen son de mindfulness

Hace unos meses, cuando asumí el papel que me corresponde en la Delegación de Pastoral Juvenil de Mondoñedo-Ferrol, tomé un café con Pablo. Siempre he tenido la suerte de rodearme de gente que sabe mucho más que yo de las cosas que me importan y Pablo, al igual que Jorge, Andrés, Aitana, Alexis y tantos otros, conoce las cosas de Dios mejor que yo. A él y a otros muchos jóvenes de la pastoral juvenil les caracteriza que, pese a la juventud, gozan de una profunda y rica experiencia de Iglesia que a mi siempre me ha faltado. En aquel café, mi amigo me compartió una frase que retumbó en mi cabeza como un gran libro que cae de lleno desde lo alto de una estantería: Radicales siempre en el Amor.

Lo cierto es que hablábamos de los jóvenes. Le contaba en ese momento que me preocupaba como delegado de Pastoral Juvenil no saber acompañar a esa nueva generación de chicos de la edad de mi hermano menor (de quince años) que vemos en las redes con una profunda sed de Dios y que la manifiestan sin miramientos ante una generación, la de sus padres, que miran con incredulidad a ese hijo tan beato que les ha salido a ellos, que beben leche de soja, hacen running los domingos y los retiros que conocen son de mindfulness.

Bromas aparte, lo cierto es que esta nueva oleada de espiritualidad me preocupaba un poco: tan centrada en lo estético, en la simbología, incluso buscando esa corriente tan tradicional como hermosa, pero que a veces parecía más un signo identitario contra el mundo que les rodea y una justificación para hacer de la fe una muralla donde encerrarse. Desde los medios y desde nuestro pedestal de la adultez los vemos como radicales adoctrinados por las redes que quieren dar la batalla cultural, pero que desconocen por completo el Amor de los Amores.

Y, naturalmente, esto es algo que debe preocuparnos a quienes hacemos pastoral con jóvenes, pero quizás no por lo que muchas veces nos preocupa. Esta nueva generación de adolescentes tan abiertos a la búsqueda de Dios es, sin embargo, hija de un mundo que no es igual al de sus padres o al de sus hermanos mayores, tienen anhelos mucho más evidentes, y en el fondo todos los congregados en la madrileña Plaza de Lima compartimos ese anhelo: ser humanos.

El Papa León vino a nuestro país a recordarnos algo tan evidente que uno no puede sino preguntarse en qué momento perdimos tanto el norte. Cómo es posible que el temido mundo de la posverdad del que nos advertían haya llegado finalmente y de repente estemos sumidos en un mundo donde la Inteligencia Artificial nos supone un generador de ideas, de noticias, de opinión… y lo más inquietante: de consuelo, de entretenimiento, de compañía, de amor… con razón, el Papa León proclamó a los cuatro vientos un mandato a la juventud de España que se ha quedado resonando en nuestros corazones: «Sed humanos.»

El panorama parece desolador. El Santo Padre viene a España a recordarnos algo tan básico que asusta. Parece de repente que nos encontramos ante un mundo terrible, perverso y malvado. Hemos pasado de vivir conectados sin conectar entre nosotros en la Era Digital a que directamente un algoritmo genere una realidad vacía donde ni las noticias, ni la información, ni nuestras relaciones personales son de verdad. Los carteles hechos con IA pueden sustituir a los diseñadores gráficos, las historias narradas por el algoritmo pueden hacer desaparecer a los escritores… incluso unas frutas animadas pueden suplantar a los actores de las telenovelas cutres del mediodía que veían nuestras abuelas. En definitiva, un memento mori a todo lo que de humanidad aun rebosa en nuestro mundo, y cuando todo parecía perdido… silencio.

El sábado seis de junio de 2026, a las 21:30 horas, el Paseo de la Castellana enmudeció. Por primera vez seguramente desde el confinamiento, se oían a esas horas en el centro de la capital el piar de los pajarillos que anidan en la jungla de asfalto, únicamente interrumpido por el zumbido de dos helicópteros que custodiaban el cielo. Y es que, a diferencia de en la pandemia, el sábado pasado en la Castellana no se cabía.

Un millón de personas guardaban silencio, arrodilladas, de pie o incluso sentados con la mayor de las reverencias, mirando una oblea. Un trozo de pan en lo alto de un escenario, y a un hombre ante Él, que lo miraba con la adoración de un hombre ante su Dios y con la cercanía de un amigo. De un amigo que le ha llamado Pedro, que le ha dado un corazón de León, y a quien ha encomendado apacentar a ese inmenso rebaño que es la Iglesia. Jesús y Pedro mirándose con amor. Los dos amigos, el maestro y el discípulo, mirándose dos mil años después del tiempo en que Jesús caminaba anunciando el Reino en Cafarnaúm, ante una muchedumbre mayor que la que le escuchaba en el Sermón de la montaña.

Allí nos tenía a todos, con emoción contenida y sin nada irreal alrededor. Jesús, Pedro (ahora León) y todos aquellos seres humanos. Esos jóvenes reales que pedía el Papa unos momentos antes cuando nos llamó a ser «hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros fiables. Personas que buscan la justicia porque tienen hambre de ella, como del pan de cada día. Personas que desean una vida honesta y recta, porque gustosamente hacen a los demás lo que querrían que los demás hicieran con ellas.»

En ese momento miré a mi hermano, arrodillado ante quien le ama más que yo, más que mis padres. Junto a él, chicos y chicas tan distintos en sus formas, en sus gustos, en su origen… jóvenes de todas las estéticas y sensibilidades imaginables, jóvenes que no piensan en la ideología del otro, tengan quince o veinticinco años, chicos que conviven con una mirada de amor y misericordia entre sí que conmueven a toda la bóveda del cielo.

Tras ese largo rato delante del Santísimo, delante de Jesús glorificado y presente allí, entendí que no son como nos pensamos a veces. Esos chicos volvieron de un fin de semana de conciertos, de diversión y, sobre todo, de oración y eucaristía. Volvieron a casa compartiendo sus testimonios de vida, sus emociones y sus heridas con chicos que nada tienen que ver con ellos en lo externo y sin embargo sí compartían muchas cosas: el haberse encontrado con Cristo, el anhelar un mundo mejor, el querer darse a los demás, el deseo de algo auténtico y verdadero y, sobre todo, compartían el Amor de Dios. Son jóvenes, si, pero han entendido que son amados, que son valiosos y que ser cristiano es ser radical, es volver a la raíz del Evangelio y como me decía mi amigo Pablo es ser radicales siempre en el Amor.

Con razón retumbaron en mí con la fuerza de los mares aquellas últimas palabras del Papa en la Vigilia: «¡Vosotros podéis cambiar la historia! ¡Hacedlo con el amor!».

Alberto Varela Muñiz es el delegado de Pastoral Juvenil de la diócesis de Mondoñedo-Ferrol

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