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Los términos del ReinoAbel de Jesús

El Papa, contra las mafias

Apunta a las mafias, sean clandestinas o estatales. Levanta el dedo y alza la voz. «Desde esta plaza quiero dirigir una palabra clara a quienes se aprovechan de la desesperación; a quienes organizan rutas de muerte, trafican con personas, retienen documentos, explotan trabajadores, amenazan mujeres, engañan familias y convierten el sufrimiento ajeno en negocio. Deténganse. Conviértanse»

Cuando el discurso sobre migración nace de la contemplación del rostro concreto del hermano, y no de conveniencias propagandísticas o electorales, entonces se caen los palos del sombrajo que da cobijo a las ideologías políticas.

Así de soleada, sin el toldo del boato pontificio, de la escenificación diocesana, de los artificios televisivos, ni ningún palio de liturgia magnificente, fue la jornada que recibió al Papa en Canarias, donde dio las últimas puntadas a su discurso sobre migración. El mismo sol que quema la piel salada del migrante atlántico golpea ahora contra el séquito pontificio, nunca tan pobre, que convierte en vía sacra Arguineguín y la dársena de los Llanos. Es la parte más verdadera de la visita del Papa, quizá la que menos interés está suscitando en los medios nacionales.

Muchos tenían por un hombre apocado a Prevost, al menos, hasta que se enfrentó con alegría y severidad al otro auto-reverenciado pontífice americano: «No le tengo miedo a Trump», dijo. La palabra de León es compleja, certera y amorosa. Para el politiqués es un idioma ininteligible, e incluso para algunos dialectos del cardenalés. Atiende de tal manera la complejidad de la cuestión migratoria que de sus discursos se pueden sacar titulares distintos, acaso contrarios, en la página derecha y en la izquierda.

En primer lugar, la llamada del Papa es la de la caridad, la de la compasión y la de la misericordia para el excluido, el oprimido, el migrante y el refugiado. Su anillo del pescador le lleva a la línea de los pescadores, que es la frontera de los agonizantes que surcan la ruta atlántica: «La Iglesia no puede desentenderse de estas aguas ni de ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio sigan hiriendo», dijo en Arguineguín. Este deber de acogida, erigido en martillo de sentencia del juicio final en Mateo 25, no debe ser disimulado por cristianos bajo consignas ideológicas que, por un lado o por otro, niegan la mano al hermano que se hunde en sus mismas aguas. Que Europa no se acostumbre a contemplar el océano como un cementerio sin lápidas.

Pero, por otro lado, el Papa profiere un discurso de todo menos ingenuo. Apunta a las mafias, sean clandestinas o estatales. Levanta el dedo y alza la voz. «Desde esta plaza quiero dirigir una palabra clara a quienes se aprovechan de la desesperación; a quienes organizan rutas de muerte, trafican con personas, retienen documentos, explotan trabajadores, amenazan mujeres, engañan familias y convierten el sufrimiento ajeno en negocio. Deténganse. Conviértanse». Al mismo tiempo, reivindica el derecho a la permanencia en la tierra propia. Es el derecho primero y fundamental a «no tener que emigrar». Es algo que hasta Abascal, si prestara oído a las palabras políticas del ciudadano Prevost, estaría obligado a aplaudir de nuevo; más aún, sabiendo que el Papa reconoce, en aras del bien común en el que tanto incide, el legítimo derecho de cada Estado de regular sus propias fronteras.

No basta con gestionar flujos migratorios o lamentar muertes cuando ya se han producido, nos dice el Papa, porque cada patera nos recuerda el fracaso de la humanidad que hemos construido.

La mirada del Papa va a las causas, poniendo el tiempo por encima de los espacios y la construcción de procesos por encima de soluciones insuficientes, parciales o, lo que es peor, inconvenientes. Pero el inmediatismo de la tétrada electoral no se compadece con las soluciones verdaderas, solo se conforma con las medidas fotografiables.

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