Fundado en 1910
Los términos del ReinoAbel de Jesús

Manual para plañideras (Del Papa León)

Frente a la sacralización del bienestar, el descarte del sufrimiento y la eliminación de la fragilidad que ocurren en los tiempos de la IA, el Papa propone reconciliarnos con lo que hace la vida verdaderamente humana: el sufrimiento, el límite, la oscuridad

El Papa ha dicho con fuerza una verdad de teología espiritual que ya quisiera yo que fuera asumida por el pueblo de Dios y, acaso, también por algunos de sus pastores. Se trata de una proposición teológica que se sitúa en lo más alto de la teología espiritual. O, al menos, que cae bajo las proposiciones más avanzadas que el hombre ha podido afirmar en relación a su condición terrena. Entre los grandes interrogantes que han acompañado al ser humano a lo largo de la historia, destaca uno que ha sido considerado la cruz de los teólogos: la pregunta por la existencia del mal y del sufrimiento. ¿Por qué Dios, siendo bueno, permite el mal?

Y el Obispo de Roma respondió esta vez, ante una multitud congregada en silencio ante él, con palabras de alta sabiduría: «No debemos espiritualizar el dolor, reconduciéndolo superficialmente a la `voluntad de Dios´ o a algún misterioso proyecto suyo, porque esto corre el riesgo de minimizar ese sufrimiento, de silenciarlo, de herir a las personas. Dios no quiere el sufrimiento, lo lleva con nosotros y nos invita a confiar en Él de modo perseverante».

Tantas veces experimentamos un sufrimiento sordo, carente de sentido, opaco para la esperanza. Y, desde siempre, los católicos hemos pospuesto el doloroso interrogante sobre el dolor diciendo: «Si Dios lo manda será por algo» o, en su más sutil variante, «los caminos del Señor son inescrutables». Así se rechaza el sufrimiento, se minimiza o se espiritualiza, pero nunca se asume en cuanto tal, en la hondura de su misterio, en el marco de la historia de la salvación.

Hay tres formas de dar explicación al mal desde la teología católica. La primera, y sin duda la más inadecuada, es la que afirma que Dios manda los males. Desechémosla sin más, pues resulta evidente que un Dios bueno, que creó un mundo bueno, no quiere el mal de sus criaturas. La segunda es que Dios permite el mal. Esta, sin ser del todo incorrecta, deja de nuevo la pregunta en el aire: ¿por qué un Dios bueno permitiría tales sufrimientos? Solo la tercera es verdadera: Dios, en su omnipotencia, saca bienes de nuestros males, y no permitiría en absoluto ningún mal sobre el que no pudiera disponer un bien mayor.

En esta última opción se sitúa, sin duda, el Sumo Pontífice cuando, ante los jóvenes reunidos en el Estadio Olímpico, afirmó: «Estas noches —que acompañan nuestra vida, el camino de la fe y la historia en la que vivimos— son un lugar de bendición». Este camino de respuesta no minusvalora el sufrimiento. Lo asume con toda su radicalidad, con toda su insoportable fealdad, para ver en él, precisamente, el inicio del camino de la esperanza sólida y verdadera hacia la vida plena. Es, de nuevo, teología de san Juan de la Cruz.

En efecto, el Sumo Pontífice ha desplegado una profunda teología sanjuanista que, en el cruce con el pensamiento de Agustín de Hipona, alcanza cotas de altura magisterial verdaderamente sublime. Por san Agustín, el corazón inquieto; por san Juan de la Cruz, la oscuridad del alma. Juntos nos llevan, por camino seguro, a nuevos horizontes de vida mística. El corazón inquieto que quiera llegar a ver satisfechos los infinitos deseos de su corazón debe aprender a «dialogar con la penumbra».

Frente a la sacralización del bienestar, el descarte del sufrimiento y la eliminación de la fragilidad que ocurren en los tiempos de la IA, el Papa propone reconciliarnos con lo que hace la vida verdaderamente humana: el sufrimiento, el límite, la oscuridad.

Bien podrían ser aplicados estos principios en los nuevos manuales de plañidera, donde al fin el dolor no sea minusvalorado o instrumentalizado, en aras de un supuesto plan de Dios, que reparte el don del sufrimiento a sus hijos para conseguirles cosas buenas, como si la entrada en la salvación dependiera del arancel de nuestras obras de paciencia. Es una revisión de eso de que el dolor redime: nada tan mal entendido en la práctica como este principio. Quizá ya nunca más tengamos que decir en un velatorio: los caminos del Señor son inescrutables. O, lo que es aún peor: si Dios se lo llevó será por algo.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas