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Los términos del ReinoAbel de Jesús

¿Es el Papa un conciliador o un provocador?

Resulta que, después de las falsas profecías apocalípticas contra la Iglesia, la cosa católica vuelve a estar de moda

No hace tanto que en los círculos mediáticos se empezó de nuevo a hablar de «teología». Diversos acontecimientos trascendentales han requerido la participación de teólogos en los medios de comunicación: el cisma de Belorado, la muerte del Papa Francisco y el nuevo disco de la Rosalía.

La visita del Papa León a España es uno de ellos, y con razón. Los medios desempolvan las libretas de contactos a la caza de un teólogo que pueda dar una opinión autorizada sobre «lo católico». Resulta que, después de las falsas profecías apocalípticas contra la Iglesia, la cosa católica vuelve a estar de moda.

Tanto católicos como no católicos vienen a tener «expectativas teológicas» con respecto a la venida del Papa. Todos las tenemos. En tanto que la palabra del Papa, como jefe de estado y líder espiritual, goza cada vez de mayor relevancia social y eclesial, los medios ponen la oreja y se preguntan: ¿Qué va a decir?

La palabra del Papa ha resultado ser conciliadora y provocadora al mismo tiempo. Los que le conocen personalmente me dicen que jamás en la vida buscó una polémica. Es un conciliador. Pero, al mismo tiempo, desde hace bien poco se producen en torno a él agrias polémicas de nota internacional. La confrontación con Trump, que todavía hoy es entradilla de noticia cuando del Papa se habla en medios generalistas, le presentó ante el mundo como un hombre de palabra sólida y severa, que no se amedrenta ante las aritméticas de los poderes del mundo.

Entonces, ¿es el Papa un conciliador o un provocador?

Ante la inminencia de su visita a España todos nos preguntábamos con toda razón qué dirá el Papa a nuestro país. Por un lado, esperamos -y, en cierto sentido, anhelamos- una palabra de unidad y de conciliación. Preveíamos un llamamiento al cabal entendimiento. Ya lo sabíamos por la encíclica Magnífica humanitas, que es preludio de su pontificado. Es un Papa de la unidad y, como tal, ha dirigido a las autoridades palabras que invitan a alzar la mirada por encima de las polarizaciones estériles y las vanas confrontaciones. «Invito a todos, por amor a la verdad, a abandonar las narrativas divisivas y polarizantes de vuestra realidad social», dijo ante el rey, Pedro Sánchez y todos los que se congregaron a su llegada en el Palacio Real.

Como no podía ser de otra manera, el Papa ensalzó en primer lugar al pueblo que le acoge. Y, honestamente, no parece solo un tributo obligado de cortesía. Al Papa se le ve contento en España, un país al que, según dicen, tiene un amor especial. Como imagen teológica particularmente sugestiva dijo que en España representamos una «dramaturgia de la salvación»: folclore, cofradías, libertad. Nos conoce bien: somos gente que ama la vida y la sabe celebrar. Y así mismo lo soltó frente a las autoridades. España es drama y es fiesta. España es confrontación y conciliación.

No tardó mucho en revelarse el verdadero motivo y propósito de su visita. En sus mismas palabras: «Vengo entre ustedes para confirmar, alentar e inspirar una renovada fidelidad de los creyentes al Evangelio, así como una reconciliación y una cooperación más profundas entre las distintas fuerzas de esta Nación».

Tres santos ha vestido sobre el altar de su visita, nada más comenzar: Ignacio de Loyola, Teresa de Jesús y Juan de la Cruz. Desde el punto de vista teológico, si quiere el lector saberlo, no tienen desperdicio sus reflexiones sobre este último santo, el de Fontiveros, el doctor de la noche oscura del alma. Presenta «la noche» como motivo para la esperanza: «En su sed de luz, paradójicamente, Juan de la Cruz aprendió a apreciar la oscuridad como el tiempo en que el alma se libera de lo que presumía de conocer y poseer».

El sol tibio amanece hoy sobre los restos de la fiesta de adoración y alabanza que tuvo lugar en la Plaza de Lima. Sus palabras resuenan hoy todavía en los corazones de los jóvenes que se apretaban sobre lo larga y ancha que es la Castellana. A la campana de la aurora la gente se agolpa en las entradas de Cibeles para celebrar el Corpus, nada menos que bajo la presidencia del Romano Pontífice: Miraos, nadie cree solo en Jesús. «Sed chispa de una humanidad nueva». Y continúa diciendo en el peak de su discurso: «Entonces, quiero confiar a todos vosotros una misión: que seáis humanos. Sí, ¡sed humanos!: hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros fiables». No es más que una extensión de la proposición teológica con la que arranca su encíclica y que revela la intrínseca relación entre Revelación, Encarnación y Humanidad: es Jesucristo quien revela el hombre al propio hombre. El cristianismo es doctrina de humanidad verdadera.

El Evangelio es una doctrina de paz que, sin embargo, engendra confrontación; no porque siembre discordia, sino porque la verdad, al irrumpir en el mundo, se convierte en signo de contradicción.

Aún quedan, sin embargo, muchos discursos del Papa por delante. Veremos si las palabras de un hombre de paz tienen virtud, al mismo tiempo, para producir unidad y discordia, llamar a la paz y, con ello, engendrar resistencia en los violentos.

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