León sale en defensa del Corpus español
Entre estas acusaciones, destaca la de que una procesión eucarística es una parafernalia triunfalista, teocrática, que nada tiene que ver con el Evangelio de nuestro Señor
La sombra de la amenaza se ha cernido de cuando en cuando sobre las festividades del Corpus Christi. El cuestionamiento ya lo advirtió Benedicto XVI en su encíclica Sacramentum caritatis. Allí reconocía las objeciones que contra la piedad eucarística se vienen haciendo desde dentro y fuera de la teología católica. El papa-teólogo, que no se dejaba en el tintero la respuesta a ningún interrogante, se preguntaba, pues, «si el Pan eucarístico no habría sido dado para ser contemplado sino para ser comido».
Las acusaciones clásicas son que Cristo instituyó una cena y no una alabanza, que no mandó reservar las especies eucarísticas ni mucho menos exponerlas en adoración. Y, entre estas acusaciones, destaca la de que una procesión eucarística es una parafernalia triunfalista, teocrática, que nada tiene que ver con el Evangelio de nuestro Señor. El derroche de oros y capisayos no sería solo ajeno a su corazón, sino también contrario a la debida pobreza y resignación por la que su predicación se distinguió en vida.
El papa León sale al paso de estos interrogantes, con muceta y todo.
En su homilía de la misa en la plaza de Cibeles, ante el millón doscientos mil fieles congregados para celebrar el Corpus, el Papa dejó ver la alta estima en la que tiene la devoción eucarística del pueblo español. Se trata de esa «dramaturgia de la salvación» de la que habló, nada más llegar, en el recibimiento oficial celebrado en el Palacio Real. El pueblo español sabe sacar a la calle, con pasión, reverencia y magnificencia casi teatral, la sinceridad de una devoción honda y arraigada. Un pueblo, en fin, que sabe celebrar el Corpus Christi.
La devoción eucarística que sale a las calles no es sin más fruto de una teología eucarística particular, ni obra de una decisión doctrinal, ni la bandera de una polémica antiprotestante. El Papa da la clave; porque no somos nosotros los que sacamos a Cristo a la calle, sino que es Cristo quien sale, para acompañarnos a nosotros. No creemos en un Dios confinado cómodamente en el templo. Sino que sale a buscar al que está perdido, solo o marginado, al enfermo, al que sufre y al hambriento.
Por tanto, «no se trata de una manifestación exterior, de una supervivencia folclórica o de un simple adorno estético: aquí se trata de la fe en la presencia del Señor Resucitado, que está vivo y sigue pasando en medio de nosotros, que se hace pan para nuestra hambre de vida y visita los rincones de nuestro corazón y de nuestra historia, también los más oscuros», dijo con rostro profundo y emocionado.
El Corpus no es, por tanto, una manifestación exterior de una supervivencia folclórica, ni un adorno estético. No es recuerdo nostálgico de una bella tradición litúrgica medio abandonada. La religiosidad popular no es un museo del pasado que visitar. El Corpus es manifestación pública de la fe de la Iglesia: Cristo sigue pasando en medio de nosotros.
Sobra decir que la verdad de esta devoción pasa más por la relación con el hermano que con la relación con la custodia: «La religiosidad que desde hace siglos anima este país no es un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe [...] que nos enseña a arrodillarnos ante Dios y ante el prójimo, porque nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano», proclamó.
Y, para terminar, una nueva mención a san Juan de la Cruz, a quien los días que pasa en España le han de parecer insuficientes para manifestar la devoción que le tributa. De nuevo, se fija en el doctor místico para evocar su poema de La fonte, escrito presumiblemente en torno a la fiesta del Corpus de ese año, el de 1578, bajo terribles condiciones de oscuridad, sufrimiento y soledad. En la negritud de la minúscula cárcel conventual de Toledo, al santo le son reveladas las delicias de la vida divina. Es, en definitiva, la fuente que apaga la fe que ninguna otra agua puede apagar. Y es también esta fuente el sentido teológico único y profundo de la festividad que con tanto regocijo hemos celebrado hoy.