El Madrid-Barça de la fe católica
Ese acto demostró, ya sin ánimo de duda, que si a lo moderno (drones, luminotecnia, pop) le insuflas el espíritu de la tradición católica sin complejos, te queda uno de los espectáculos más conmovedores que se recuerdan en España
El Papa vino a traer unidad y concordia. Pero ya sabe bien el lector que la unidad en España es bicéfala. En el código genético de España está la dualidad: Isabel y Fernando, derecha e izquierda, el Madrid y el Barça.
Esta dualidad se ha visto también en cierto regustín de rivalidad en la organización de las ceremonias y los espectáculos con motivo de la visita del Papa León a nuestra tierra. Las organizaciones, hasta cierto punto divididas desde un primer momento, han asumido la gestión cada una por su lado. Si no logramos ponernos de acuerdo para decidir si la tortilla va con cebolla o sin cebolla, imagínate tú esto. Es comprensible.
El caso es que cada ciudad ha dado su impronta a las celebraciones litúrgicas, por lo que me gustaría empezar. En la Cibeles, abanico y camisita abierta. En el Eixample, de traje y corbata. Las dos celebraciones, distintas. Cada una atendiendo al espíritu de los que se congregaron en ellas.
En Madrid primó la música popular, el canto de la asamblea y la alegría festiva. Fue una misa masiva. Se sucedían las canciones de siempre, las que hacen pueblo, las que invitan a procesionar. La canción popular como género de música sacra: Cantemos al amor de los amores, Cristo en todas las almas y en el mundo la paz. Prioridad de los fieles. Los hombres al palio y las mujeres con los niños tirando flores (al Santísimo y al Papa). Todo hablaba del Corpus, de familias con hijos y de croquetas después del acto; de la misa a la mesa.
En la basílica de Barcelona, sin embargo, todo era solemne, sagrado, contenido y exultante. Todo era profesional, y nada quedó bajo el arbitrio de las buenas intenciones. Como son más modernos, saben que lo moderno es hortera, mientras que lo modernista emociona y conmueve. Es Gaudí olímpico, arte sacro y belleza integrada. Los cantos del ordinario, en latín. Y un conocimiento riguroso y estratégico del lenguaje televisivo.
No puedo decidir qué me gusta más. Me encantó el ambiente de Madrid: me encantan los arreglos musicales emocionantes. Me encanta que la música suene a Nintendo y a Ghibli, y que la gente aplauda de vez en cuando. Pero hay algo en Barcelona que conmueve con la sobriedad del misterio sagrado, que se despliega mejor en la mistagogía inherente al gregoriano y al latín. Me parecen dos sensibilidades legítimas, dentro del marco litúrgico, y dos expresiones de la naturaleza de la celebración.
En cuanto a los eventos paralitúrgicos o extralitúrgicos, mis consideraciones son otras. Lo que sucedió en la bendición de la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia no tiene parangón. Ese acto demostró, ya sin ánimo de duda, que si a lo moderno (drones, luminotecnia, pop) le insuflas el espíritu de la tradición católica sin complejos, te queda uno de los espectáculos más conmovedores que se recuerdan en España.
Desvinculado del valor de la nobleza, la reverencia y la solemnidad, propios de la tradición sagrada de occidente, no habrá arte que pueda prosperar. Se vio en la pueril, vanidosa e impúdica apertura de los Juegos Olímpicos de Francia, la laica. Y se volverá a ver, siempre que se rechace el depósito cristiano de Occidente. En ese reservorio de belleza, en esa matriz cultural de la que nace y florece el arte de Gaudí, se encuentra la esperanza con la que la nación española, más allá de las riñas políticas, más allá de las polaridades infértiles, de la política que mata la creatividad con subvenciones, puede resurgir.