La fe y las modas del momento
El discípulo de Cristo no está llamado a instalarse en el pasado ni a romper con él. Tampoco a abrazar cualquier novedad por el simple hecho de ser atractiva. Su misión consiste en custodiar un tesoro recibido y, al mismo tiempo, hacerlo fecundo para cada generación. Ese tesoro es la fe de la Iglesia
En el Evangelio que escuchamos este domingo, Jesús concluye el discurso de las parábolas con una imagen tan sencilla como profunda: «Todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo». No habla de elegir entre una cosa u otra –lo nuevo o lo antiguo–, sino de saber descubrir el valor de ambas. Ahí se encuentra una de las claves más importantes para comprender qué significa ser cristiano en cualquier época de la historia.
Con frecuencia se pretende clasificar a los creyentes utilizando categorías políticas o culturales: progresistas o conservadores, abiertos o tradicionales, modernos o antiguos. Sin embargo, el Evangelio no cabe en ninguna de esas etiquetas. El discípulo de Cristo no está llamado a instalarse en el pasado ni a romper con él. Tampoco a abrazar cualquier novedad por el simple hecho de ser atractiva. Su misión consiste en custodiar un tesoro recibido y, al mismo tiempo, hacerlo fecundo para cada generación.
Ese tesoro es la fe de la Iglesia. Son las palabras de Jesucristo, los sacramentos, la Sagrada Escritura, la Tradición viva y la experiencia de tantos santos que, a lo largo de veinte siglos, han mostrado que el Evangelio no envejece. Ese patrimonio no nos pertenece para modificarlo según las modas del momento. Lo hemos recibido como un don y estamos llamados a transmitirlo íntegro. No porque seamos incapaces de cambiar, sino porque el amor de Dios, revelado en Cristo, no necesita ser corregido. La verdad no pasa de moda; lo que cambia es nuestra capacidad para comprenderla y vivirla.
Pero precisamente porque el Evangelio está vivo, el cristiano tampoco puede quedarse detenido en el tiempo. Dios nos ha colocado en una historia concreta, en una cultura determinada y en una sociedad que avanza sin cesar. Los descubrimientos científicos, el progreso técnico, el desarrollo del pensamiento y los nuevos desafíos de la humanidad no son enemigos de la fe. Al contrario, cuando se orientan al servicio de la verdad y del bien, pueden ayudarnos a contemplar con mayor profundidad la riqueza del misterio cristiano.
La historia de la Iglesia ofrece innumerables ejemplos. Cada época ha encontrado un lenguaje distinto para anunciar la misma fe. Los Padres de la Iglesia dialogaron con la filosofía griega; santo Tomás integró el pensamiento de Aristóteles; las universidades, la imprenta o los medios de comunicación permitieron difundir el Evangelio de maneras antes impensables. Hoy ocurre lo mismo con las nuevas tecnologías o con los avances de las ciencias humanas. Todo lo verdadero, venga de donde venga, puede convertirse en un camino que conduzca hacia Dios.
El peligro aparece cuando confundimos el contenido con el envoltorio. El contenido nunca cambia: Cristo muerto y resucitado, único Salvador del mundo. El modo de presentarlo sí debe renovarse constantemente. Cada generación necesita escuchar el Evangelio con palabras que pueda comprender, sin rebajar su exigencia ni diluir su verdad. La fidelidad auténtica no consiste en repetir fórmulas sin vida, sino en anunciar la misma Buena Noticia de un modo que alcance el corazón de quienes viven hoy.
Nuestra sociedad, a pesar de las apariencias, sigue teniendo una inmensa sed de Dios. Busca sentido, esperanza, belleza y una verdad capaz de sostener la existencia. El discípulo del Reino está llamado a responder a esa búsqueda como el padre de familia del que habla Jesús: abriendo el tesoro de la fe y sacando de él lo antiguo, porque nunca deja de ser verdadero, y lo nuevo, porque el Espíritu Santo sigue iluminando a la Iglesia para anunciar a Cristo con un lenguaje siempre renovado. Solo así seremos plenamente fieles al Evangelio y verdaderamente contemporáneos de los hombres y mujeres de nuestro tiempo.