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¿Tiene sentido el canto gregoriano en el siglo XXI?

Gente muy distinta dedica tiempo, dinero y a veces parte de sus vacaciones a un repertorio que muchos dan por desaparecido: jóvenes y jubilados, laicos y religiosos, músicos de profesión y aficionados que no saben leer una nota

Un viejo pergamino con canto gregoriano

Un viejo pergamino con el tetragrama de un himno gregorianoGetty Images/iStockphoto

Del 24 al 29 de agosto, mientras buena parte de España buscaba una playa, decenas de personas hicieron lo contrario: se encerraron una semana entera en la Hospedería de la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, en San Lorenzo de El Escorial, para aprender a leer notación antigua y a cantar en latín. Según la Asociación Hispana para el Estudio del Canto Gregoriano, las plazas estaban cubiertas antes de empezar. La edición anterior había reunido a noventa y dos alumnos, repartidos en cuatro niveles.

No es un caso aislado. Este mismo verano se ha celebrado también un curso internacional de seis días en Italia, en el Conservatorio de Vicenza. Y el interés ha desbordado ya las fronteras europeas: en Brasil acaba de constituirse una sección nacional de la Asociación Internacional de Estudios de Canto Gregoriano, uno de cuyos cursos reunió a más de cien alumnos llegados de todo el país. Gente muy distinta dedica tiempo, dinero y a veces parte de sus vacaciones a un repertorio que muchos dan por desaparecido: jóvenes y jubilados, laicos y religiosos, músicos de profesión y aficionados que no saben leer una nota.

Conviene detenerse en ese dato, porque desmiente un prejuicio muy extendido. Solemos imaginar el canto gregoriano como una reliquia: algo hermoso, sí, pero encerrado tras los muros de un monasterio, propio de un mundo que ya no existe. La escena de agosto dice otra cosa. No es arqueología sentimental ni cosa de cuatro nostálgicos: son personas de hoy que eligieron, en pleno siglo XXI, pasar una semana de calor aprendiendo algo que nadie les obliga a aprender.

Para relajarse y para orar

¿Tiene sentido, entonces? Sí: tiene sentido estudiarlo, porque todavía tiene mucho que decir. Y no solo dentro de la Iglesia, que nunca lo ha retirado de su liturgia y lo sigue reconociendo como algo suyo, «propio de la liturgia romana». También fuera. En las últimas décadas, el gregoriano ha desbordado los muros del claustro y ha aparecido donde menos se esperaba: en bandas sonoras, en aplicaciones, en listas para relajarse. El abanico de quienes hoy lo buscan es casi desconcertante: la misma música suena en una bañera, entre velas y aceites esenciales y en el coro de un monasterio en el corazón de la noche.

No son usos equivalentes. Quien lo pone de fondo para calmarse capta quizá una sola de sus dimensiones; quien lo canta en la liturgia entra en su razón de ser. Pero no hace falta despreciar el primero para afirmar el segundo: ambos muestran lo mismo: que esta música sigue alcanzando a personas reales, y no por nostalgia, sino por algo que todavía obra en ellas.

Por eso la pregunta del principio admite ya una respuesta, siquiera provisional. El gregoriano no es una música antigua que se resiste a morir. Es una lengua que aún dice algo a gente muy distinta, desde quien busca un poco de calma hasta el monje que se levanta a cantar mientras el mundo duerme. Y una lengua viva merece estudiarse, no embalsamarse.

Claudio Campesato es sacerdote de la diócesis de Padua, Italia. Licenciado en Canto Gregoriano por el Pontificio Instituto de Música Sacra y en Sagrada Liturgia por el Pontificio Instituto Litúrgico de Sant’Anselmo.

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