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Hoy es domingoJesús Higueras

Si Dios es bueno, ¿por qué permite el mal?

Ante el espectáculo del mal, pensamos que Dios debería intervenir de manera inmediata, eliminando a los malvados y restableciendo el orden. Nos cuesta comprender esa aparente paciencia divina.

Hay una pregunta que atraviesa toda la historia de la humanidad y que cada generación vuelve a formular con palabras distintas: si Dios es bueno, ¿por qué permite el mal? El Evangelio de san Mateo recoge una de las respuestas más profundas de Jesús mediante la parábola del trigo y la cizaña. Un hombre siembra buena semilla en su campo, pero durante la noche un enemigo introduce cizaña entre el trigo. Cuando ambos brotan, los criados proponen arrancar inmediatamente la mala hierba. Sin embargo, el dueño responde con una sorprendente prudencia: «No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis también el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega».

Nuestra primera reacción suele parecerse a la de aquellos criados. Ante el espectáculo del mal, pensamos que Dios debería intervenir de manera inmediata, eliminando a los malvados y restableciendo el orden. Nos cuesta comprender esa aparente paciencia divina. Sin embargo, la parábola nos obliga a dirigir la mirada hacia nosotros mismos. Porque resulta muy sencillo identificar la cizaña en los demás, pero mucho más difícil reconocerla en el propio corazón.

Todos somos capaces de realizar acciones buenas, pero también, a veces casi sin advertirlo, podemos herir, juzgar injustamente, ser egoístas o dejar de amar como deberíamos. Si Dios hubiera decidido erradicar el mal con una intervención fulminante, ¿quién podría sostenerse en pie? La paciencia que Dios tiene con los demás es exactamente la misma paciencia que sostiene nuestra propia existencia.

Por eso el tiempo de la vida es un tiempo de misericordia. Cada día que amanece constituye una nueva oportunidad para cambiar, para pedir perdón, para rectificar el rumbo y volver a empezar. Dios no confunde la paciencia con la indiferencia. No aprueba el mal ni mira hacia otro lado. Simplemente espera porque ama, y porque sabe que una persona puede convertirse hasta el último instante de su vida.

Pero la parábola también recuerda una verdad que nuestra cultura suele olvidar: la paciencia de Dios no significa que el bien y el mal sean equivalentes. Llegará la siega. Habrá un momento en que el trigo será separado de la cizaña. Jesús mismo explicará más adelante que, al final de los tiempos, los ángeles separarán a los que acogieron el Reino de quienes rechazaron el amor de Dios. La historia no termina en la confusión moral, sino en la justicia.

Sin embargo, esta separación puede entenderse también desde una perspectiva profundamente personal. Cada uno comparecerá ante Dios en el momento de la muerte. Entonces la misericordia divina realizará en nosotros la obra definitiva. Si durante la vida hemos consentido que Dios actuara en nuestro corazón, Él separará el trigo de la cizaña que todavía permanece dentro de nosotros. Purificará todo aquello que el pecado, la debilidad y el egoísmo fueron mezclando con el bien sembrado desde el principio.

Esta esperanza cambia nuestra manera de mirar a los demás y de mirarnos a nosotros mismos. Nos hace menos severos al juzgar, más pacientes con las limitaciones ajenas y más humildes ante las propias. Porque todos vivimos gracias a la paciencia de Dios.

Mientras dura la vida, nadie está definitivamente perdido y nadie puede considerarse definitivamente salvado por sus propios méritos. El enemigo seguirá sembrando cizaña, pero el Señor nunca dejará de cuidar su trigo. Y precisamente esa paciencia infinita de Dios es la razón más firme para no desesperar jamás de nadie, ni siquiera de uno mismo.

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