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HOY ES DOMINGOJesús Higueras

Emaús: El corazón arde antes de que los ojos vean

No han dejado de creer del todo, pero ya no esperan nada. Y eso, en el fondo, es lo más peligroso: no la negación, sino la resignación

Hay momentos en la vida en los que todo se oscurece sin previo aviso. No hace falta que ocurra una tragedia extraordinaria; basta una decepción, una expectativa rota, una herida que no sabemos encajar. Entonces el alma se encoge y, casi sin darnos cuenta, hacemos lo mismo que los discípulos de Emaús: alejarnos. Huir. Tomar distancia de aquello que un día nos sostuvo.

El Evangelio describe esa escena con una sobriedad desarmante. Dos hombres caminan tristes, derrotados, comentando lo sucedido como quien repasa los restos de un naufragio. No han dejado de creer del todo, pero ya no esperan nada. Y eso, en el fondo, es lo más peligroso: no la negación, sino la resignación.

Es ahí donde aparece Cristo. No irrumpe con estrépito ni con una demostración de poder. Se acerca como un caminante más. Escucha. Deja que hablen. La misericordia empieza siempre así: no imponiéndose, sino saliendo al encuentro del que se ha ido. Porque la misericordia es el amor en movimiento, el amor que busca, que alcanza, que no se resigna a perder a nadie.

Sin embargo, los discípulos no le reconocen. «Sus ojos estaban incapacitados para reconocerle», dice el texto. Y esto es profundamente humano. Cuando uno está herido, mira, pero no ve; escucha, pero no comprende. El dolor estrecha la mirada hasta hacerla incapaz de percibir lo esencial.

Jesús entonces hace algo decisivo: les explica las Escrituras. No les da una solución rápida ni una emoción pasajera. Les enseña a releer lo vivido a la luz de Dios. Y poco a poco, sin que ellos mismos lo adviertan del todo, algo comienza a cambiar. Más tarde lo dirán con una expresión inolvidable: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?».

El corazón arde antes de que los ojos vean. Primero se enciende por dentro una certeza, una luz discreta pero firme. La fe no nace de una evidencia externa, sino de ese fuego interior que devuelve sentido a lo que parecía perdido.

Pero el reconocimiento pleno no llega hasta la fracción del pan. Es en ese gesto —tan sencillo, tan cotidiano— donde se les abren los ojos. Allí comprenden. Allí ven. No en el camino, no en la conversación, sino en la Eucaristía. Este detalle no es secundario: el Resucitado ha querido quedarse precisamente ahí, en el signo humilde del pan partido.

Por eso es un error pensar que se puede encontrar a Cristo resucitado al margen de la Eucaristía o fuera de la Iglesia. La experiencia de Emaús lo deja claro: el camino prepara, la Palabra enciende, pero es en la Eucaristía donde se revela. Y es en la comunidad donde se confirma.

Porque el relato termina como empezó, pero en sentido contrario. Aquellos dos hombres que huían, regresan. Vuelven de noche, sin miedo, con prisa. La tristeza ha dejado paso a una urgencia nueva: compartir lo que han visto. Y al llegar, encuentran a los demás. La fe, cuando es verdadera, siempre vuelve a la Iglesia. Nunca se queda en una vivencia individual.

Emaús no es solo una historia del pasado. Es el retrato exacto de lo que nos sucede hoy. También nosotros huimos, también nosotros dudamos, también nosotros caminamos a veces con el corazón apagado. Pero Cristo sigue haciendo lo mismo: salir a nuestro encuentro, explicarnos la vida, encender el corazón y esperarnos en la Eucaristía.

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