La verónicaAdolfo Ariza

Lección de patriotismo de un yankee

Ya decía el poeta catalán Joaquín Bartrina: «Oyendo hablar a un hombre, fácil es / acertar dónde vio la luz del sol; / si os alaba Inglaterra, será inglés, / si os habla mal de Prusia, es un francés, / y si habla mal de España, es español». De ahí la ironía que siempre nos va a suponer el que, por ejemplo, tenga que ser un yankee – nada más y nada menos que de Chicago - el que tenga que venir a recordarnos una serie de razones para amar a nuestra patria. Esa es una de las conclusiones que se pudo sacar de la intervención del Papa León XIV en el Congreso de los Diputados el pasado 8 de junio de 2026. Cabría citar tres grupos de entre estas razones por las que quedó subrayada «la grandeza moral» de España.

El primero nos remite a una España que «posee una memoria particularmente rica» con «una identidad geográfica y política» entretejida por una historia «en la que la fe y la razón, el arte y el derecho, la tradición y el pensamiento han sabido encontrarse fecundamente». Prueba de ello son «sus catedrales y universidades», «su literatura inmortal», «sus instituciones jurídicas» y «el ánimo mismo de su pueblo». Sin lugar a dudas se trata de «una herencia que ha dado forma a un modo de vivir la libertad, practicar la justicia y ordenar la vida común».

En segundo lugar subrayaba León XIV la forma en la que «España ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza de orden social, económico o político». «Las páginas universales del Quijote», «la hondura espiritual de santa Teresa de Ávila», «la gran tradición jurídica española» y «la inquietud metafísica de Unamuno» dan fe de cómo España ha sabido reconocer en el Hombre con mayúscula «una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir».

El tercero lo resume el mismo León XIV como «la pregunta salmantina»: «Cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar». Es la pregunta, en definitiva, «por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder». Fue la Escuela de Salamanca – especialmente Francisco de Vitoria – la que «contribuyó a formar una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes». Así como hizo posible «la intuición del totus orbis»: la intuición «de una comunidad humana más amplia que cualquier poder particular» y que permite «afirmar la existencia de vínculos jurídicos y morales entre los pueblos».

Hasta aquí, lo dicho se podría casi calificar de «órdago» del Papa al españolito de a pie. A todos alcanza el hecho de que no está exento de dificultades. El individualismo que reduce cualquier idea de sociedad a un «mero contrato entre individuos que por principio puede ser rescindido en cualquier momento», «la aniquilación del sentimiento de la grandeza de la función gubernativa y de las altas exigencias humanas que dicha tarea implica», la imposibilidad de los partidos de no caer en el partidismo, así como la ausencia de «un mínimo tejido social» que sea «participe de la justicia gubernativa dando su asentimiento a la justa administración del bonum commune» (Josef Pieper) son los condimentos del guiso de esta dificultad o, más bien, imposibilidad. Chesterton a esta alturas ya habría preguntado: «¿Qué es un Estado sin sueños?»

Dicho lo cual, solo cabe citar la parte final del mensaje del Papa León XIV: «Que esta noble nación jamás pierda la memoria de sus raíces ni la audacia de mirar al futuro». El mismísimo Santo Tomás de Aquino lo tenía muy claro: «después de Dios, a los padres y a la patria es a quienes más debemos. De ahí que, como pertenece a la religión dar culto a Dios, así, en un grado inferior, pertenece a la piedad darlo a los padres y a la patria» (Summa Theologiae II-II q. 101).

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