Córdoba, ciudad de la roña
«El asunto de los contenedores debería de servir de llamada de atención para todos, tras unas más que lógicas protestas contra los responsables de la limpieza»
Si bajamos a ras de suelo, intentando ir por niveles, lo primero que observamos es el pegote negro. El pegote negro autóctono o cordobés. Contémplelo. Todas las calles están repletas de ellos. Si toma un metro cuadrado de cualquier lugar, tiene una media de 17'33 pegotes negros. Hay muchos más pegotes negros que habitantes, sobre todo ahora que nos vamos despoblando. Cuando inauguran una avenida, un bulevar o un plazuela, el piso luce impoluto. Una semana después está lleno de pegotes negros cordobeses, pegotes negros que parecen acudir a una extraña llamada. No todos pueden ser chicles pisados. ¿Qué son? ¿Alguien ha analizado esta sustancia? ¿Qué dice sobre ellos la unidad de cultura científica de la universidad? ¿Y el Imibic? El pegote negro todo lo cubre, verdadero ser inanimado invasor de la ciudad. Durante el ratillo que se tarda en leer este párrafo, 962 nuevos pegotes negros se han añadido sólo en su manzana.
Luego están las colillas. Grande rivales del pegote negro. Sólo que el pegote negro es sedentario y se queda en un sitio. La colilla es nómada. Va de aquí para allá según el viento, los pisotones, las patadas o los barridos. Ambos, pegote negro y colilla, se conjuntan en cierto modo. Donde no llega uno, llega la otra. El hueco que no tiene pegote negro, tiene colilla. A veces hacen dúo, y encima del pegote negro hay una colilla. Como todos sabemos, los fumadores, por un extraño síntoma de su adicción, están impedidos para tirar las colillas a la papelera o llevárselas a su casa. De ahí que vayan siempre al suelo. Quizá se queden obnubilados ante el pegote negro y quieran contrarrestarlo. Quién sabe. El caso es que toda la ciudad está plagada de colillas. Durante el ratillo que se tarda en leer este segundo párrafo, 18 colillas se han añadido sólo en los alrededores de su portal.
Y luego están los peluditos, hijes o miembros de la familia, antaño conocidos como perros. Ahí ya vamos a caca, resto de caca y destrucción por orines. No hay farola, esquina, árbol o mobiliario urbano que no esté corroído. Entre el ph del pipí y que libera amoníaco al evaporarse, es sangre de alien para los metales, que llegan a agujerearse. Incluso, con el tiempo, se expanden dentro del hormigón hasta hacer que se desconche. Una maravilla contemplar esa esquina con su corrosión por orines, su ligero trocito de caca (no pensemos mal, el padre del perro al menos ha recogido el mojoncete con la mano), sus siete pegotes negros y las correspondientes seis colillas. En el ratillo que se tarda en leer este tercer párrafo, Koko, Chiqui, Sultán, Neo, Albóndiga, Patuco, Rufo y Vodka, los ocho perros de su edificio, en el que sólo hay un niño, ya han hecho sus necesidades en las columnas de los soportales.
Tras ese ras de suelo, se añade ahora a Córdoba otro nivel más, el de las montañitas de bolsas y enseres en torno a los contenedores. Ha bastado para provocar este caos un nuevo contenedor, el de restos, ¿restos de qué?, con el trabajo que añade, y un sádico diseño de los renovados contenedores, que no tienen pedal como los de antaño para levantarlos y cuentan con unos flecos de goma en unos agujeros demasiado pequeños. Sorprendentemente impiden el paso de las bolsas.
El diseñador de semejantes elementos debe ser el mismo que pegó el tapón a las botellas de plástico. En algunas ocasiones, al intentar, ya sudoroso, meter la puñetera bolsa en el agujero, dando absurdos puñetazos y manotazos, me ha parecido sentir hasta una presión en contra, como si Sadeco hubiera situado enanos dentro del contenedor para empujar, puro cachondeo ya, o quizá sea la ofuscación del momento que me hace sobrepensar. Los contenedores se pueden abrir con la mano, pero no se quedan fijos, por lo que hay que mantener el esfuerzo todo el rato para, con la otra, lanzar la bolsa. A partir de ciertas edades esto es imposible. Y encima se pierde el juego de antaño, cuando muchos quedaban abiertos y podías imaginar que lanzabas un triple en el último segundo para ganar la NBA. ¿Quién no ha asido su bolsa de basura para jugarse la final del campeonato in extremis con la bolsa de basura como supuesto balón? Ni eso nos han dejado. Lo curioso de todo esto es: ¿ningún responsable probó los contenedores antes y vio sus fallos?
Pero queda un último nivel, el de los graffitis. Toda Córdoba parece un inmenso lienzo para los vandalillos de la pintada, que ni vándalos son. De nuevo no hay mobiliario urbano sin sus trazos y símbolos, ni persiana de negocio ni portal o pared. Otra verdadera infección que en nada desmerece a la del pegote negro, la colilla, el orín perruno y su caquita. Es muy posible que se coordinen todos, seguramente comandados por los enanos de los contenedores...
Córdoba: ciudad de la roña. Y no toda la responsabilidad cae, precisamente en las instituciones. La población en general contribuye con gran y dedicado esfuerzo, se diría que estajanovista, para ensuciarla. El asunto de los contenedores debería de servir de llamada de atención para todos, tras unas más que lógicas protestas contra los responsables de la limpieza. Y por el amor de Dios, que alguien descubra la composición del pegote negro. Antes, al menos, de que esa sustancia cobre conciencia de sí misma.