Catolicismo constitucional
«Primero está el régimen del 78. Luego ya si eso Jesucristo»
Si en la guerra contra el francés numerosos sacerdotes eran trabucaires y se echaban al monte, esa especie ha caído hoy en desuso salvo honrosas excepciones aquí y allá. Por esos resulta tan refrescante que un cura de Villanueva del Río y Minas, Manuel Carrasco García-Moreno, esté combatiendo al simbólico francés en su pueblo, hoy bajo la apariencia no de tropas napoleónicas o traidores liberales a la patria, sino de costumbres y comportamientos absolutamente anti-católicos totalmente normalizados. Don Manuel no da la comunión a quienes optan por esa parodia de matrimonio contraída entre homosexuales, tampoco a los que no se confiesan, ni a las farmacéuticas que venden ciertos productos, ni siquiera bautiza a niños que vienen de relaciones posteriores al matrimonio por la Iglesia. La solución del pueblo ante este compromiso con la ortodoxia es clara: «que ze vaya y venga otro como el que teníamoh anteh». Se ve que su predecesor faltó a algunas clases en el seminario o se acostumbró a la laxitud de su grey.
«Villanueva del Río Minas jamás será vencida» era el original lema adoptado por parte de los habitantes de esta localidad, y así lo jaleaban ante las cámaras de Andalucía Directo, ese programa que tantas veces mira al abismo de frente, o bien lo crea en otras ocasiones, tal es el caso. El mini-linchamiento televisado mostraba no obstante de manera clara la total confusión en parte de esta pintoresca feligresía. Para ellos, la liturgia y mandamientos católicos debían estar supeditados a los derechos democráticos. Se le podría llamar a este fenómeno catolicismo constitucional. Primero está el régimen del 78. Luego ya si eso Jesucristo.
Esta mezcla de ignorancia, narcisismo y totalitarismo democrático está, sin embargo, más extendida de lo que parece, y a ello ha contribuido tanto una mediocre enseñanza en los colegios católicos como parte de la propia jerarquía eclesiástica, más preocupada por contemporizar con los gobiernos de aquí y allá que por su misión evangélica. Y, por supuesto, toda la maquinaria propagandística contra la religión.
Así las cosas, la confesión se torna breve terapia psicológica, el bautizo un banquete familiar, o la eucaristía un fenómeno comunitario gastronómico previo a la hora del vermú. Todo elemento espiritual ha sido sustraído para convertirlo en sucedáneo tergiversado e invertido: los sacramentos no son ya cauces de la Gracia, sino validadores del pecado. ¿Seguir las pormenorizadas reglas de la confesión? ¿Comulgar sin pecado? ¿Para qué si se pueden recibir como en un surtidor o un bar?
Resulta, además, preocupante que una televisión, pública monte este numerito de acoso contra un sacerdote que cumple con su función de manera canónica y fiel a su magisterio. Ofrece unas estampitas para que la gente reflexione que, curiosamente, fueron enarboladas por los que protestaban como ofensa: ¡No me da la comunión! ¡Me da una estampita! (Otra cosa tendría que darle, pero no vamos a blasfemar precisamente en este artículo).
Estos fieles tan infieles parecen no conocer ni lo más elemental de la fe que dicen profesar no sabemos muy bien cómo, a modo de extraño menú, algo extraordinariamente extendido. Pero, ay, en frente no siempre se cuenta con un padre Don Manuel y el sacerdote prefiere no entrar en conflictos constantes. Este valiente cura está luchando contra un estado de las cosas que desemboca en que supuestos católicos cuenten sus pecados mortales sin problema ante las cámaras de televisión, para solicitar continuar con ellos con la bendición de la Iglesia. Tomarse los dogmas como normas cambiantes y con derecho a voto de una comunidad de vecinos no venía en el catecismo.