El último cine de verano
«Mientras resista el Coliseo, que tiene mimbres históricos para ello y ciertas peculiaridades, quedará una muestra de lo que un día fue popularísima forma de pasar el rato»
A finales de los noventa o principios de los dos mil, cuando se urbanizó la zona de la glorieta de Escultor Fernández Márquez hacia María la Judía, un ciudadano cordobés decidió que era un excelente momento para poner un negocio en la Avenida de la Arruzafilla, en concreto un videoclub. Eran ya tiempos en los que este tipo de comercios languidecían en la intersección entre formatos como el dvd y la llegada de internet a los hogares. Sabiendo de su carácter arriesgado, decidió además llamar El Videoclub al videoclub. Y así, el videoclub El Videoclub, a quien un maestro de los nombre hubiera añadido «valga la redundancia», se convirtió en el último videoclub de Córdoba, llegando prácticamente a la década de los diez, cuando no pudo con la crisis económica. En ese momento el dueño lo transformó en bar. Pero mantuvo el nombre. Bar El Videoclub. Quizá por si algún día volvía al quehacer anterior. En un momento determinado... ya no pudo ser. Y el Bar El Videoclub, antaño videoclub El Videoclub, cesó su actividad.
Me recuerda ese romántico, obstinado, incansable y casi heroico esfuerzo al intento de mantener la actividad de los cines de verano. Por motivos de trabajo, en los últimos años he asistido en diversas ocasiones. El panorama era desolador. Cines prácticamente vacíos donde, en ocasiones, casi había más trabajadores entre el ambigú, la taquilla y la sala de proyección que clientes. Un paisaje de enormes pantallas con sillas sin nadie.
Estos espacios tradicionales compiten con una apabullante oferta de ocio de todo tipo en un mundo radicalmente distinto al que los concibió. Su crisis entronca con la del cine convencional. En Córdoba llegó a haber varias decenas de cines de verano hace décadas. Ahora queda uno, y quizá sea mejor así, con el objeto de cuidarlo y mimarlo, tratándose el Coliseo San Andrés, además, de uno de los más antiguos de España, por lo que quizá figuras de protección oficiales puedan ofrecerle suficiente amparo.
Convertir los cines de verano y su subsistencia en dimes y diretes políticos, cuando muy poca gente asiste a sus películas, equivale casi a discutir por la conservación de un animal extinto. Con una población diversificada por una miríada de actividades de tiempo libre, y además escasísimos niños, pues el público familiar era el más importante en estos lugares, el cine de verano ha quedado, salvo excepciones, en el pasado, aunque durante su agonía se eleven cantos de añoranza que de ninguna manera tienen su correspondencia en la taquilla ni en la asistencia. Y es que la nostalgia compartida por las redes sociales no rinde a fin de mes.
Mientras resista el Coliseo, que tiene mimbres históricos para ello y ciertas peculiaridades, quedará una muestra de lo que un día fue popularísima forma de pasar el rato. Entre tanto, quizá alguna iniciativa ciudadana consiga, quién sabe, postergar el cierre del Olimpia, Fuenseca o el Delicias. Propongo entonces para esos irreductibles una propuesta para el nuevo nombre del sitio: cine de verano Cine de Verano (valga la redundancia).