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Vamos a morir

«Pensar en la muerte ahora me genera una alegría que casi raya con la euforia»

Vaya título para un artículo. ¿Me habré convertido en un Yuródivy? De un tiempo a esta parte, como por gracia de Dios, me viene recurrentemente este pensamiento a la cabeza.

Lo primero que debo anotar es que es algo extraño, porque desde luego no es común y la gente que conozco que piensa asiduamente en la muerte -ya sea nada más levantarse o antes de acostarse- lo hace, - contrariamente a lo que me sucede a- mí con una sensación de vacío o vértigo.

Lo segundo que reconozco es que este pensamiento, se piense o no, está producido por el hecho incontrovertible de la muerte de cada uno de nosotros. Hay una lápida del cementerio civil de La Almudena en Madrid, mi ciudad natal, que dice: «nada hay después de la muerte». Sí que tenía fe esta persona, aunque creo que en el objeto equivocado.

No, a mí no me viene ese sentimiento de opresión, de vacío o de vértigo. A mí, últimamente, me nace en las entrañas un sentimiento brutal de alegría. Ojo, no es que piense que cuando me toque morir no me vaya a entrar vértigo o no tenga que hacer el gran sacrificio de dejarme llevar. Seguramente será serio, dramático y requerirá de nuevo elegir la opción de abandonarse a Alguien-más-grande. En la letanía de los santos hay una petición preciosa que aparece también recogida en algún día de las peticiones de la liturgia de las horas: «subitanea et improvisa morte, libera nos Domine». «De la muerte súbita e imprevista, líbranos, Señor». Por eso nos pasamos la vida rezando eso que aparece al final de la sencilla oración del Ave María. «Ruega por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte».

Yo me refiero a este otro momento: el ahora. Pensar en la muerte ahora me genera una alegría que casi raya con la euforia. Vivir con la conciencia de esta verdad me permite volver a despertar a la vida-vida, me saca del tran-tran, de la nimiedad o la nada de lo cotidiano en la que tantas veces vivimos instalados por pura comodidad superficial. Madre mía cómo disfrutaríamos del paso del tiempo, de lo cotidiano, si cayéramos en la cuenta de que cada día es único, original, irrepetible y de que de él se puede sacar sin parar el agua-alimento-del-alma del pozo profundo que es el tiempo humano.

Cambia de modo radical la percepción del instante que pasa, modo de ir en coche de un lado para otro escuchando a todo trapo la sonata para piano 16 de Mozart tocada por Glenn Gould -inconfundibles sus grabaciones donde se le puede oír su tarareo-, la forma de hacer la cola del supermercado, de mirar a la gente. Estar ya no es algo dado por sabido. Estar en el trabajo, estar comiendo, estar con los amigos, estar en misa, estar, estar, estar. Es el arte de vivir: ser consciente de que existir es un don único e irrepetible. Podría no haber sucedido nunca. Basta con que papá y mamá se hubieran enfadado y separado antes de engendrarnos.

'Vamos a morir'

'Vamos a morir'@fromthetree

Dentro de un instante podremos no estar. Por eso, disfrutar de este estar y sacarle todos los frutos que podamos debe ser nuestra gran virtud.

Debemos vivir cada instante como si fuera tan único como el descubrimiento de América, el primer avistamiento de la Antártida en 1603 por Gabriel de Castilla, o como el de los grandes Momentos Estelares de la Humanidad, narrados magisralmente por Stefan Zweig.

El instante hunde sus raíces en terreno misterioso por lo que jamás podremos secarlo y extraerlo todo, tal es su profundidad. Qué gusto.

D. Giussani, viejo amigo, decía: «Basta una pizca de tiempo viviendo con intensidad las relaciones últimas que lo determinan -conciencia del destino y afecto al mundo en las circunstancias en que Dios llama-, y en proporción a eso vale el hombre. No hay nada que corresponda al hombre de modo tan completo y tan puntual como esta posibilidad escondida en cada instante, incluso en los aparentemente furtivos y casuales».

Me pone loco de contento este concepto cristiano de lo humano, porque ya no hace falta hacer grandes viajes, visitar grandes hoteles (véase, en la tercera temporada de la preciosa serie The White Lotus, el caso del empresario rico acuciado por un proceso penal y cómo responde finalmente al mismo delante de su familia después de pasar por todas las tentaciones incluida la suicida), o ir de aventura a los pasajes más increíbles (en cruceros donde se pescan además el hantavirus ese). Basta la increíble aventura del presente.

Lo dicho, vamos a morir, me vuelvo loco de contento. Ya. Aquí y ahora. Como diría Rafa Nadal: ¡Vamos…! O en su versión religiosa, como responden unos amigos -un poco zumbados- cuando oyen «¡Jesucristo ha resucitado!». Ellos locos de contentos gritan a los cuatro vientos: «¡En verdad ha resucitado!»

P.d. Este artículo se lo dedico a mi amiga Rociit que tiene el oficio más maravilloso del mundo: el acompañar a personas terminales de cáncer y esclerosis y a sus familiares. «Cuando atraviesan áridos valles, los convierten en oasis», dice el salmista. Que Dios le conceda en algún momento el don de la fe que permite saborear las delicias de lo divino.

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