Sobre la verdad
«Cuando llegamos a la verdad, nos empeñamos en soltar mandobles en vez de hacer y construir caminos transitables de humanidad y de ternura»
La verdad tiene cosas sorprendentes que uno jamás diría que pertenecen a su ser. Cuando uno habla de ella parece como que es lo más evidente que hay sobre la faz de la tierra y si fuera algo escondido y por descubrir, no podría pertenecer al partido de la verdad.
Y sin embargo bastante tiene de misteriosa. Tanto que la verdad necesita de un camino para que pueda ser reconocida. Este factor, se crea luego o no en los evangelios, es lo que vino a manifestarse en la persona de Cristo, que dijo no sólo ser la verdad, sino el camino.
El sitio donde aprendí esto, la verdad, no fue en el evangelio, sino en otro best seller -salido unos 2023 años después de aquél otro en España- 'El maestro de la fuga: El hombre que escapó de Auschwitz para alertar al mundo'. Una de las mejores obras literarias del género gulag que ahonda en el misterio mismo de lo humano.
En un momento del libro se narra la llegada de judíos deportados franceses al campo de concentración. Mientras se alineaban en la cola para recibir instrucciones, un vehículo del campo encalló por el peso excesivo al lado de los presos quienes vieron saltar por los aires unos cuantos cadáveres de los que iba repleto el camión. Los franceses lanzaron un grito lleno de horror. Dice el libro: «Por un segundo, Walter pensó que había llegado el día: ese iba a ser el instante de histeria colectiva, el detonante del pánico incontrolado que había estado esperando. Aprovechando el tumulto que sin duda seguiría, mientras los nazis intentaban restablecer el control, alguien podría huir adentrándose en la oscuridad». Pero nada de eso ocurrió y el vehículo finalmente avanzó lejos de las vías del tren atestadas de los deportados recién llegados. «Durante ese brevísimo intervalo, los judíos del andén habían tenido ocasión de asomarse al abismo. Walter los observó, agotados tras el viaje e ignorantes de la depravación que, a esas alturas, había devenido rutina para él y sus compañeros, y vio cómo volvían a formar recuperando la entereza. Actuaban como si el camión hubiera sido un truco de la luz, un espejismo que no podía existir, no en el mundo que ellos conocían. Llegaron a la conclusión de que eran sus ojos, no sus captores, los que les mentían. Así que no hubo rebelión, ni aquella ni ninguna otra noche. Los judíos franceses que habían bajado del tren se pusieron en fila, como les habían ordenado. Seguían el dedo del SS que los enviaba a la izquierda o a la derecha. Los de la izquierda marcharon sin armar ruido ni alboroto hacia las cámaras de gas, donde la mayoría había muerto en el plazo de una hora».
Walter se dio cuenta que para que la verdad se pueda asimilar, se necesita un camino transitable hacia ella. Sin él, la verdad simplemente no se puede aceptar. Más bien todo lo contrario: «Una de las deportadas era una madre checa bien vestida que llevaba a sus dos hijos pequeños de la mano. Se la veía claramente aliviada de haber llegado a su destino. «Gracias a Dios que ya estamos aquí», le dijo a un oficial alemán. Era una de esas personas convencidas de que la nación de Goethe y Kant aportaría por fin un poco de cordura a todo aquel asunto. Aquello fue demasiado para uno de los jóvenes compañeros de Walter, que, al pasar junto a ella, siseó unas palabras que pretendían a la vez regañarla y prevenirla: «Pronto estaréis muertos». La mujer parecía menos asustada que ofendida ante semejante intromisión por parte de aquel hombre cadavérico y de hálito repulsivo con la cabeza afeitada y vestido con un pijama de rayas al que, sin duda, habían hecho prisionero por haber cometido algún crimen. ¿Por qué si no iba a estar ahí, con ese aspecto? Acto seguido, se acercó a un oficial alemán cual clienta agraviada de unos grandes almacenes de Praga que exige hablar con el gerente. «Caballero, uno de esos facinerosos me ha dicho que nos van a matar a mí y a mis hijos», protestó en perfecto alemán. El hombre de las SS, con las manos enguantadas y el uniforme bien planchado, le dirigió su más honrada y benévola sonrisa y dijo: «Querida señora, aquí somos gente civilizada. ¿Cuál de estos indeseables le ha dicho eso? Señálemelo, si es tan amable». La mujer hizo lo que le pedía, y el oficial sacó un cuaderno y anotó en silencio el número del prisionero, visible en la camisa. Más tarde, cuando todo había terminado y la gente se había ido, el oficial buscó al prisionero y mandó que se lo llevaran al otro lado del tren y le pegasen un tiro. Walter fue uno de los que cargaron el cadáver de regreso al campo. Más o menos al mismo tiempo, la mujer que se había quejado era gaseada, junto con sus dos hijos pequeños».
Bien mirado qué bonito es que lo humano esté hecho así, que necesite un camino humano para alcanzar certezas y verdades que, por evidentes y ciertas que sean, no se podrían reconocer sin este camino transitable.
Cuánto tenemos que aprender los adalides de la Verdad -nosotros, los cristianos apostólicos romanos- quienes tantas veces nos empeñamos en mantener a capa y espada la recta doctrina sin intuir siquiera que nosotros mismos hemos llegado a ella por el camino de lo humano y de la compasión de un Dios. Frecuentemente nos sucede que, cuando llegamos a la verdad, nos empeñamos en soltar mandobles en vez de hacer y construir caminos transitables de humanidad y de ternura. Qué tontetes que somos.
Por eso son un bien social los que tienen el valor, la tenacidad y la paciencia de procurar a sus semejantes puentes entre el corazón y la última verdad que es este Dios-ternura, que siendo Todopoderoso -como rezamos en el credo los domingos y fiestas de guardar- se ha inclinado agachándose sobre cada uno de nosotros para hacerse alcanzable y abrazable.
Caminemos. En el momento desgarrado, ya en el lecho de muerte de Don Quijote, ya cuerdo, le dice Sancho: «No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más».