Siempre libresChules de Bocatas

El egoísmo y la razón de Estado

«La interferencia suele ser la ideología de grupo: si el que sufre es de mi cuerda bien, pero si no ahí se muera»

Act. 01 oct. 2025 - 20:57

Dostoievski decía que lo más difícil en esta vida no era reconocer el evangelio (que el niño Jesús naciera en un establo porque no tenía sitio en otro lado), sino que lo difícil era reconocerlo en el mundo presente, en el ahora. ¿Dónde está ahora el niño Jesús naciendo en un establo? Aquí empieza el drama, las interpretaciones. Tal vez nos quedamos sin ideas ni respuestas. La nítida separación entre el bien y el mal desaparece y se hace muy borrosa.

¿Qué ha pasado entre ver y pensar en una bonita historia del pasado que celebramos todas las navidades y el presente, la vida-vida? ¿Qué produce sobre todo la distorsión entre ambos momentos de la historia? Los propios intereses. Es sencillo conmoverse frente al «pobre niño Jesús» que nació en un establo hace dos mil años, pero hacerlo ahora frente a los miles de niños Jesús que viven en condiciones deplorables implicaría tener que mover el culo, ¿no? Un mínimo de empatía con el evangelio nos daría unos ojos que vieran ahora también la miseria y el sufrimiento.

Decía el Papa Benedicto en su encíclica Spes Salvi que una cosa es el avance y el progreso material - que es acumulativo a lo largo del tiempo, y otra muy diferente el progreso moral que cada generación debe ganarse a pulso.

Sabemos que la civilización occidental ha sido, posiblemente la mejor y más humana de las grandes civilizaciones de la historia. Uno de los grandes pilares que la diferencia de otros mundos es la compasión. Dios - nos enseña el evangelio - tiene compasión de la gente que sufre, que está en los confines. Tom Holland en su libro Dominio, una nueva historia del cristianismo, dice: «Que el Hijo de Dios, nacido de una mujer y sentenciado a morir corno un esclavo, hubiera perecido sin el reconocimiento de sus jueces, era una reflexión que daba que pensar incluso al más altivo de los monarcas. Esta idea, consagrada en el mismo corazón de la cristiandad medieval, no podía sino alentar en la conciencia del cristiano una sospecha trascendente: que Dios estaba más cerca de los débiles que de los poderosos, que estaba más cerca de los pobres que de los ricos. Cualquier mendigo, cualquier criminal, podía ser Cristo. “Así, los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos»

El criterio de hoy para todos en occidente, - se declare o no uno cristiano -, es unánime: «vamos a ayudar al que más sufre». Movimientos de acogida como el de los ucranianos al principio de la guerra o el de tantos profesionales de la sanidad y otros sectores en la era del COVID que arriesgaron su propia vida para proteger la de los más débiles, han hecho evidente este criterio.

Pero también sucede en occidente que el criterio se difumina hasta casi desaparecer. La interferencia suele ser la ideología de grupo (si el que sufre es de mi cuerda bien, pero si no ahí se muera) o el interés propio, normalmente material. El cristianismo, al interés propio desmedido, le da un nombre preciso: egoísmo. Así lo define la RAE: acto moderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás. Las consecuencias de este acto son devastadoras. Porque no se puede predicar dentro de un grupo ciertas posiciones que esconden como criterio antropológico el egoísmo y luego no pretender que en ese grupo exista la solidaridad, el compañerismo o la empatía. Ese grupo, habituado a utilizar el propio interés, acabará siendo un grupo de alimañas en el que se irán eliminando y traicionando unos a otros. Educas así, así te vendrán dadas. En esta dirección es increíble leer el argumento de una obra de teatro actual American Buffalo: «Tres tipos que planean el robo de una moneda de cinco centavos en la que está grabada un búfalo, el mamífero nacional de EEUU, en una tienda de baratijas. Lo absurdo es que se comportan como depredadores de Wall Street cuando lo que esperan ganar llega como mucho para correrse una juerga». No parece tan absurdo cuando se ven eventos cotidianos donde la gente se hace pedazos sin ganar apenas nada.

'El egoísmo'

'El egoísmo'@fromthetree

Una de las grandísimas fallas de nuestra civilización es sin duda ninguna el drama de los movimientos migratorios. Pasaremos a la historia como una civilización más o menos humana en cómo respondamos a ella, Se trata, sin ninguna duda, de un problema complejísimo, con muchas aristas y puntos de vista a tratar, que lleva a diferentes posicionamientos, también políticos. Pero no todos son aceptables moralmente.

Aunque como dice el refrán «Una cosa es predicar y otra dar trigo», la Iglesia suele ser la institución que nos recuerda y refresca los criterios morales que son más y menos humanos. Cristo, tal y como cuenta el evangelio, no acogió a todas las madres que lloraban por la muerte de su hijo, sino sólo a la que se encontró a las puertas de una ciudad en la que entraba con sus amigos. ¿Nos imaginamos a Cristo que pasara de largo porque la madre que lloraba no era su madre o la de su familia o amigos? No podemos atender a todos, no podemos dedicar todo el presupuesto nacional a la estructura social de acogida de migrantes porque hay otras muchas necesidades a las que responder, pero una cosa es no poder ayudar a todo el mundo y otra muy diferente es decir: solo estoy yo y los míos, los demás que arreen.

La Iglesia nos recuerda que el criterio fundamental de un acto verdaderamente humano es la compasión. Tanto en situaciones macro (como la guerra de Gaza o el asesinato del follower de Trump Donald Kirck) como en micro, (pobre por la calle, familiar, vecino o compañero de trabajo en apuros) debemos recordar continuamente este criterio y darle prioridad. Las respuestas a las preguntas ¿qué hago? o ¿qué opino? deben partir de la compasión.

A mí me gusta siempre recordar cómo nació la gran institución Ayuda a la Iglesia Necesitada por el llamado Padre Tocino bajo el impulso del Papa Pio XII quien atendió las necesidades alimentarias y materiales a la población alemana derrotada de la Segunda Guerra Mundial. Los que cinco minutos antes habían sido los verdugos ahora eran los que sufrían.

Creo sinceramente que esta es nuestra gran tarea y no sólo de la Iglesia y de los que pertenecemos a ella sino de todo el mundo. Es conmovedor ver a grupos que defienden lo mismo, tal vez con un lenguaje («activistas del amor» conozco yo un grupo) y formas diferentes.

«Creo que cuando la barbarie se normaliza, la ternura es la única insurrección» decía el cantautor Simone Cristicchi.

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