Andaluz sin apellido
«Las guerras, los grupos terroristas, los asesinatos selectivos… Muchas de estas tragedias hunden sus raíces en una concepción nacionalista del mundo»
Hoy se celebra el 28 de febrero y aprovecho para decir que yo soy andaluz, me siento andaluz y estoy muy feliz de serlo. Hasta aquí llega mi nacionalismo. No creo en academias de la lengua andaluza, no creo en reivindicaciones institucionales del acento andaluz, ni creo que por el hecho de ser andaluz sea mejor que nadie.
En mi opinión, no hay nada más reduccionista, lamentable y empobrecedor que el nacionalismo. La reivindicación del RH, de las características diferenciadoras o de las supuestas ventajas de haber nacido en tal o cual sitio me parecen deprimentes, excluyentes, insolidarias y propias de mentes poco dadas al estudio y la conversación.
El nacionalismo está detrás de la gran mayoría de las tragedias que han asolado el mundo.
Las guerras, los grupos terroristas, los asesinatos selectivos… Muchas de estas tragedias hunden sus raíces en una concepción nacionalista del mundo. El maniqueísmo de buenos y malos, del yo soy mejor que tú porque yo soy de aquí y tú no lo eres. Qué pereza, de verdad.
El nacionalismo nos dio en España 40 años de dictadura que se apropió del concepto de españolidad hasta el punto de que hay muchos que hoy en día abjuran de ser españoles.
El nacionalismo nos dio en España 40 años de una organización terrorista que asesinaba de manera cobarde con un tiro en la nuca a aquellos a los que consideraba inferiores. El nacionalismo últimamente nos ha dado un intento de golpe de estado en Cataluña cuando unos políticos que habían quebrado su comunidad autónoma se envolvieron en la bandera para ocultar su incapacidad manifiesta y declararse mejores que los demás.
Insisto, yo no creo en eso. No creo que nadie sea mejor que el otro por haber nacido en tal o cual sitio. No creo que el hecho de haberse criado en la playa en Cádiz sea mejor que haberlo hecho en un pueblo de Ávila -salvando, claro está, que en Ávila hace un frío que yo no quiero para mí-.
Celebramos hoy el 28 de febrero y la Junta, con toda la fanfarria a su alrededor, hace una reivindicación y premia a andaluces distinguidos; cosa que me parece muy bien. Por el 28-F, mis hijos disfrutaron ayer del tradicional desayuno molinero. Que cosa más andaluza no hay. Hoy he quedado con unos amigos andaluces, algunos nacidos aquí y otros venidos de allende los mares, con los que comparto gustos, aficiones y una forma de entender la vida inclusiva y de brazos abiertos.
El nacionalismo es el cáncer de la democracia. No tengo la más mínima duda. El nacionalismo mata, el nacionalismo se ha llevado millones de vidas de la Alemania nazi, de la Rusia comunista, de la China maoísta o de la Europa de Atila. La izquierda, otrora internacionalista y defensora de un mundo sin fronteras, cada vez más avanza hacia un mundo nacionalista. Y parte de la derecha se envuelve en banderas para apropiarse un discurso de pasado glorioso. Son reivindicaciones catetas, burdas y manipuladas de supuestos hechos diferenciales.
Yo soy andaluz, pero no soy nacionalista. Soy andaluz porque esta tierra acoge, abraza, acompaña, disfruta y llora. Soy andaluz porque me gusta vivir aquí. Pero ni soy mejor que un noruego ni peor que un belga. Soy andaluz porque he tenido suerte. Y el nacionalista que no lo entienda en el pecao lleva la penitencia.