Por derechoLuis Marín Sicilia

La vida padre

«Aquí no dimite nadie,… y encima se chulean sin decoro»

Con su descaro habitual, Sánchez soltó una perorata demagógica para descalificar a los empresarios por llevarse «la vida padre». Mientras tanto, el memorial de la mala gestión política hacía estragos en un gabinete que despide hedor por todos sus poros sin que produzca un mínimo de pudor en sus protagonistas. Convertir la Moncloa en centro de negocios y entramado de influencias, carece de importancia. Trampear con urnas escondidas y amañar unas primarias con votos falsos, y manipulando actas y censos, no ofende la democracia interna. Que la bragueta del alto mando policial se resistiera a cerrarse, sólo le habilitaba para su ascenso y protección. Que aún se desconozcan las causas del apagón y las del descarrilamiento de trenes, mientras se ocultan informes y manipulan pruebas, confirma la infamia de unos políticos que no asumen ninguna responsabilidad por las muertes de guardias civiles en Barbate, por el asalto a las vallas de Melilla o por la degradación del director operativo de la policía. Es la deriva chavista de un Gobierno que presume de feminismo y vota en contra de la prohibición del burka que degrada la dignidad de las mujeres.

El sanchismo es cualquier cosa menos un sistema democrático. No se trata solo, con ser de lo más grave, esa aversión al principio de división de poderes y a los controles democráticos. Empeñados en revisar el pasado y embarrar el presente, no cesan en lanzar cortinas de humo para anestesiar a un pueblo al que le faltan el mínimo respeto exigible en democracia. Cuando se producen hechos tan graves en el funcionamiento normal de las instituciones como los que estamos viviendo, la responsabilidad máxima recae en el titular del departamento donde se ha producido el incidente, al margen de la responsabilidad penal de quien corresponda. Esa es la norma de conducta de cualquier demócrata que se precie y así ocurre todos los dias en las democracias consolidadas donde los máximos cargos asumen su responsabilidad por haber nombrado a un determinado subordinado o por no haberlo vigilado correctamente. Por contra, aquí no dimite nadie,… y encima se chulean sin decoro. Eso es el sanchismo: imposición ideológica sectaria y ausencia de responsabilidad.

En un momento de especial gravedad, donde Europa debe despertar del letargo sobre su propia subsistencia, el populismo creciente de Sánchez nos está llevando a la irrelevancia y el aislamiento. Recientemente en Múnich cinco grandes (Alemania, Reino Unido, Francia, Italia y Polonia) ponían las bases de un futuro más seguro y menos melancólico, aceptando el reto de la propia autoestima ante la hegemonía de EEUU y China. La cuarta potencia del euro era marginada ante la inconsistencia de su debilitado dirigente, al que ya han calado en el mundo libre. Como resaltó la prensa internacional «España se queda atrás», dejándonos aislados como en los peores tiempos de la postguerra.

Perdida la falsa aureola de un gobernante serio, Sánchez se ha se entregado a la confrontación ideológica apriorística y a la degeneración democrática con halagos y concesiones populistas para satisfacer sentimientos elementales improductivos. En su construcción de muros su afán es dividir y tabular a los españoles: derecha y extrema derecha frente a izquierda y extrema izquierda. O sea, un gobernante guerracivilista sin principios, empeñado en resucitar viejas querellas para obligar a los españoles a alinearse en bandos irreconciliables, dañando así la convivencia y el civismo.

Cuando desde la máxima responsabilidad se descalifica a todo un sector diciendo que se pega la vida padre, debiera dar ejemplo invitándose a sí mismo y a toda su masa de seguidores a asumir la responsabilidad de abrir un negocio o poner en marcha alguna empresa. Comprobarían la dificultad de triunfar en un mundo competitivo, aceptando los retos de generar riqueza y empleo. Pero, claro, cuando solo saben predicar es difícil que aprendan algo más que a aferrarse al sillón con todas sus energías. Y la gente, que no es tan tonta como ellos creen, se da cuenta de que, en verdad, los que se pegan la vida padre son el presidente del Gobierno y su legión de siervos amaestrados.

La descomposición del tinglado sanchista es tan patente que por ello andan todos los implicados buscando, como pollos sin cabeza, nuevas fórmulas de supervivencia que les permitan alargar la decadencia. La enésima intentona de refundar un pretendido nuevo frente de izquierdas es consecuencia de esa decadencia: entregados al multiculturalismo, al mundo woke, a la lucha LGTBI y a la polarización social, se han abonado a la corruptela política, han disparado el gasto improductivo, han abandonado la seguridad de los barrios y han dejado sin futuro a los jóvenes. Después de ocho años de gobierno no pueden culpar a la derecha del descontento de una sociedad frustrada mientras ellos se pegaban la vida padre.

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