Por derechoLuis Marín Sicilia

Conciencia andaluza

Eso de «si necesitan ayuda, que la pidan» queda para otros

Andalucía, además de ser una comunidad histórica, con profundas raíces culturales e identitarias, es un pueblo solidario que respeta las costumbres, que se entrega cuando hay que ayudar al prójimo, que no pide privilegios ni condonaciones de deuda de un mal administrador, que lucha por un mundo mejor no solo para el sino para la humanidad, tal como proclama en su himno, y que, como dijo Liliana Sáenz en su emotivo homenaje funeral por las víctimas de Adamuz, cuando puede ayudar, ayuda; si no puede ayudar, alivia; si no puede aliviar, acompaña. Humanidad preñada de generosidad, esa es la verdadera esencia del ser andaluz.

En palabras de la misma Liliana, hay intereses espurios empeñados en construir «una sociedad tan polarizada que empezó a resquebrajarse hace mucho tiempo y no nos estamos dando cuenta». Ese afán polarizador tiene nombre y apellidos: lo inició Zapatero y lo ha culminado Sánchez, empeñados en que media España se imponga a otra media, para lo cual no cesan en conceder privilegios a los más insolidarios al mismo tiempo que estimulan los viejos demonios de la confrontación social y la exclusión apriorística de quienes consideran enemigos perpetuos.

Andalucía se volcó solidariamente con las 46 víctimas del tren de Adamuz y con los numerosos heridos y familiares. No necesitaron que nadie se lo pidiera, surgió espontáneamente de su propia esencia como personas y sus responsables políticos supieron estar a la altura de las circunstancias, como igualmente vienen haciéndolo estos días con las sucesivas borrascas. Eso de «si necesitan ayuda, que la pidan» queda para otros, como fiel retrato de una personalidad inmoral, ayuna de principios de quien preside el Gobierno de la Nación, que se mantuvo impasible ante una trágica riada que segó la vida de cientos de personas en el Levante español. En el silencio del dolor, los andaluces bien nacidos no llaman asesinos ni criminales a nadie, porque entienden que nadie quiere la muerte indefensa de nadie, salvo algunos amigos de quien hoy le compra su investidura. Los andaluces no queman las calles ni alteran la paz social, a diferencia de quienes, hoy amigos de Sánchez, la alteraron sin recato porque reclamaban ventajas y privilegios ajenos al orden constitucional.

Hoy se sabe que la Unión Europea avisó del final de la vida útil de la línea de Adamuz y libró 111 millones de euros en 2023 para nuevos raíles y traviesas de la línea de alta velocidad de Andalucía, tras múltiples denuncias sobre el mal estado de la zona donde se produjo el trágico accidente el pasado 18 de enero. Además, los técnicos de Aneco, Adif y los profesionales del sector ferroviario venían advirtiendo incidencias diversas, vibraciones y averías de unas vías colocadas en 1989, mientras el ministerio hablaba de inversiones de hasta 700 millones en la red andaluza que nadie sabe explicar cómo y dónde se estaban gastando. Al mismo tiempo, el ministro Puente presumía de que la línea Madrid-Barcelona, construida 20 años después de la andaluza, alcanzaría los 350 km/h gracias a que se cambiarían las traviesas por otras mejores y más modernas.

La triste realidad es que el mantenimiento de la red ferroviaria en la línea Madrid-Sevilla era cada vez mas deficiente, mientras el ministerio competente se inundaba de enchufados de escasa profesionalidad, y el Gobierno devolvía hasta 60.000 millones de euros de fondos europeos por incapacidad manifiesta de gestión. Sabido es que en la zona de Adamuz se habían detectado defectos debidamente denunciados por los sindicatos ferroviarios. En general resulta indiscutible que, con la liberalización del ferrocarril, la inversión en mantenimiento, por kilometro de vía y por usuarios, había descendido a la mitad.

El final de ese deterioro desembocó en la trágica muerte de 46 personas y una interrupción «sine die» de la línea Madrid-Sevilla, con el enorme daño que ello provoca en el turismo y en la economía andaluza, agravando aún más la tragedia del descarrilamiento. Al mismo tiempo se están produciendo atrasos y cancelaciones en el resto de las vías, y el mero hecho de limitar la velocidad es prueba evidente de la mala conciencia de los responsables políticos en la materia, hasta el extremo de que los trabajadores del sector ferroviario, cansados de denunciar desperfectos y falta de seguridad del servicio ferroviario, convocaron una huelga general.

Andalucía sufre en silencio porque es una familia que se abraza en la desgracia y se compromete en la justicia. Por eso no olvida las marginaciones a las que, con frecuencia, es sometida. No olvida el saqueo de los ERE, por mucho que un Tribunal Constitucional trufado de sectarismo haya blanqueado el pillaje del dinero de los parados. Ni olvida las continuas cesiones a comunidades privilegiadas cuyos dirigentes, que son insaciables, utilizan el chantaje en beneficio propio. Por ello y por muchas cosas más, Andalucía no olvida la rendición de una izquierda a lo más insolidario y ventajista a cambio de mantener unos sillones, incongruencia con su pretendido progresismo que debiera inhabilitarlos a perpetuidad.

Son todas ellas razones suficientes para que Andalucía, que perdona pero no olvida, quiera saber la verdad y la causa de la última adversidad sufrida con el trágico accidente de Adamuz, tal como reclamaba dignamente Liliana Sáenz. Sin llamar asesino a nadie ni quemar las calles, tras el desaire, el desprecio y la ofensa a la dignidad andaluza, su conciencia crítica puede propinar en su día una sonora bofetada electoral a los responsables de tantos tratos discriminatorios que marginan sus legítimos intereses.

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