Por derechoLuis Marín Sicilia

Ni muerto

A principios de 2020 el entonces ministro Jose Luis Ábalos recibió a la mano derecha del chavismo, Delcy Rodríguez, en Barajas. Según testigos presenciales, cuarenta maletas fueron descargadas, desconociéndose hasta ahora el contenido de las mismas. El asesor del ministro, Koldo García, presenció la escena y declararía que vio con sus propios ojos, entre otras cosas, como se descargaban seis maletas grandes y otras seis pequeñas que luego se volvieron a subir al avión de Delcy Rodríguez. «De lo que pasó esa noche no quiero hablar ni muerto», concluyó el asesor del ministro.

Aquella vicepresidenta, que tenía vetado pisar suelo europeo, es hoy la presidenta encargada de Venezuela, tras la detención del dictador Maduro, prisionero en una cárcel de Brooklyn conocida por sus condiciones inhumanas, crueles y degradantes. Las expresiones de alegría que en el mundo libre se produjeron a raíz de dicha detención continuaron con una cierta decepción por haberse marginado del procedimiento puesto en marcha por Trump, para iniciar la transición hacia la plena democracia en el país devastado por el chavismo, a quienes representan la voluntad popular expresada en urnas. De ahí que quienes tienen menos credibilidad para enjuiciar lo ocurrido sean quienes estuvieron muditos cuando se robaron unas elecciones y gritan ahora contra la violacion de un derecho internacional que entonces olvidaron. Las normas deben servir siempre y para todos.

El presidente americano ha advertido a Delcy Rodríguez de que debe facilitar la transición «o pagará un precio muy alto». No obstante, la duda que invade a quienes aspiran a recuperar la democracia en Venezuela es si estamos ante un simple cambio de cromos donde la obsesión por ver quien explota la riqueza prevalecerá o no sobre los principios democráticos y la estabilidad política. La pretensión, dicen, es evitar, en una primera fase, un choque frontal contra quienes controlan el ejército, las instituciones y las iniciativas económicas, para ir acometiendo progresivamente, con las sucesivas reformas, la incorporación de las fuerzas democráticas. Una transición así fue posible en una España donde la centralidad estaba garantizada por las amplias clases medias que la última etapa del franquismo había generado. En la Venezuela empobrecida, arruinada y armada, además de por el ejército, por 250.000 pistoleros milicianos, habrá dificultades múltiples que serán caldo de cultivo para las demagogias populistas de uno u otro signo.

Por el momento, Trump ha generado una decepción doble: por un lado a quienes anteponen sus intereses mezquinos de manipulación popular en beneficio propio, lo que explica las condenas a su intervención por parte de la izquierda radical y comunista beneficiaría del chavismo. Pero también ha generado preocupación en quienes aspiran, sobre todo, a que se respete la voluntad del pueblo venezolano, tal como declaró la Unión Europea exigiendo la participación de Edmundo González y María Corina Machado en el proceso democratizador. La evidente simpatía de Trump hacia los liderazgos autoritarios ratifica su desprecio hacia las formas democráticas, por lo que sería lamentable salir de la arbitrariedad del chavismo para caer en la arbitrariedad del trumpismo.

Desde Julio Cesar que soñó en Sancti Petri (antes Gades) su destino como dueño del mundo, hasta un Adolf Hitler iluminado y exultante de pangermanismo que originó la Segunda Guerra Mundial, la historia nos enseña el daño que la ambición desmesurada por el poder y el dogmatismo dictatorial de la clase dirigente pueden causar en una humanidad que termina indefensa ante la falta de controles de quienes se erigen en intérpretes exclusivos de la voluntad popular.

Existe el temor de que Trump haga del poder, como tantos dictadores, el instrumento de enriquecimiento y dominación de unos pocos a costa del interés general. Hasta ahora, y esa es la preocupación de los demócratas, se ha movido por parámetros que nada tienen que ver con los filtros y equilibrios que imperaban en el orden internacional a lo largo del siglo XX. Y corremos el riesgo de que China y Rusia sigan su ejemplo tutelando despóticamente los países que consideran el patio trasero de sus zonas de influencia, generalizando, a nivel mundial, la doctrina Monroe. Ello confirmaría que esas tres potencias no quieren rodearse de verdaderas democracias sino simplemente constituir protectorados en tales países.

Europa debe ser consciente de una situación que puede dejarla como único exponente del auténtico valor de una democracia basada en los principios de libertad, igualdad, justicia y solidaridad que constituyen la base de las tres ideologías que construyeron la Unión: el liberalismo, la socialdemocracia y el humanismo cristiano. Una vez más el faro de occidente debe mantener los principios inspiradores de la civilización greco romana, convencidos de que, de no ser así, ponemos en riesgo la convivencia cívica, prisioneros de la ley del más fuerte, según la cual el fin siempre justifica los medios. Y es por ello que la defensa de Ucrania y de Groenlandia debe reforzarse en los términos acordados por los líderes europeos, a la vista de la conducta imprevisible del presidente americano.

Se dice que Delcy Rodríguez y otros muchos del régimen chavista han pactado con Trump. Es una hipótesis no descartable, pues sabido es, como decía Pío Baroja, que engañar a una colectividad es más fácil que engañar a un solo hombre. Padecemos una clase de políticos que presumen de profetas de la paz mientras son testigos de su propio enriquecimiento, que es lo que, en el fondo, les inspira. Trump, en esto, ha sido sincero: se trata de arreglar las maltrechas infraestructuras dejadas por el chavismo, explotar la riqueza petrolífera venezolana gastando miles de millones de dólares para que el país recupere el pulso económico y para que todos los inversores que se ocupen de su reconstrucción, empiecen a ganar dinero. Y para ello cuenta por ahora con Delcy, la amiga de Zapatero, el «pacifista» de todas las salsas que también parece facturar en dólares.

De cómo evolucione la transición pretendida dependerán muchas cosas. Si Delcy no defrauda a Trump, Zapatero y Sánchez, que tanto monta, pueden dormir tranquilos y pueden bailar como Maduro cuando se creía intocable. Al fin y al cabo, su coherencia política no sería la primera vez que se rindiera al oportunismo. Pero si la situación se desparrama, Delcy sea incapaz de controlarla y Trump se canse de su ineficacia, puede ocurrir de todo. Incluso que podamos enterarnos del contenido de aquellas maletas y de los posibles negocios ocultos en las mismas, así de cómo y por qué se produjo en Barajas un trasiego tan voluminoso de maletas del que Koldo no quiere hablar ni muerto.

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