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Miguel Ángel aguirre

¿Qué lado de la historia?

Lanzar afirmaciones categóricas sobre estar o no estar en el lado correcto de la historia puede contribuir a acrecentar la polarización y la insularidad

Xi Jinping ha afirmado con una notable precisión cartográfica que China y España están en «el lado correcto de la historia». Ante una declaración tan asertiva, cabe preguntarse por ese lugar imaginario, por esa zona geográfica y política donde hoy habitan los que se consideran mejores o, simplemente, moralmente superiores. Aquellos que serán juzgados por la historia como los elegidos, los verdaderos, los predilectos.

Es posible que se tratara de un recurso retórico, de una de esas frases hechas (mano tendida, líneas rojas, tolerancia cero, confianza en las instituciones, etc.), de esos lugares comunes que son «tranvías del transporte intelectual», como los llamó Ortega y Gasset.

Lo cierto es que la existencia de un lado correcto lleva a plantear la posibilidad de que, en efecto, debe existir un lado incorrecto. Una cara oculta. Una zona peligrosa fuera de las fronteras de lo legítimo, de lo adecuado, donde habiten los equivocados, los moralmente inferiores, los hijos rebeldes de un sistema hegemónico -el mío, el nuestro- que no admite otras posiciones.

Este planteamiento correcto–incorrecto, bueno–malo, beneficioso–perjudicial, recuerda a la disyuntiva amigo–enemigo propia de las teorías políticas de Carl Schmitt, cuyas ideas han sido rescatadas y están viviendo una segunda juventud de la mano de los populismos.

Esta tendencia hacia posiciones monolíticas y cerradas en política ha quedado refrendada por diversos estudios, como el Trust Barometer 2026, de la consultora Edelman, que ha introducido con acierto el concepto de «insularidad».

Este fenómeno surge como consecuencia de la desconfianza imperante. La ecuación es sencilla: la falta de confianza (en los gobiernos, en las empresas, en las organizaciones no gubernamentales y en los medios) nos vuelve mentalmente más insulares.

El incumplimiento de las expectativas y, por tanto, la desconfianza provoca tres consecuencias, según este estudio: una mayor polarización (hay división en nuestro país y la división está enquistada), descontento (resentimiento hacia el sistema) y, por último, insularidad (reticencia a confiar en cualquiera que sea diferente).

Con una mentalidad insular, sociológicamente hablando, la confianza cobra una dimensión ideológica. Se tiende a rechazar a los que viven según unos valores distintos a los míos–nuestros; a censurar a aquellos que ven los hechos de manera diferente y confían en fuentes de información distintas a las mías–nuestras; a negar a los que quieren abordar los problemas sociales, políticos, económicos de forma distinta a la mía-nuestra; y a rehuir a los que tienen una cultura, un origen o un estilo de vida diferente al mío–nuestro.

Por todo ello, lanzar afirmaciones categóricas sobre estar o no estar en el lado correcto de la historia puede contribuir a acrecentar la polarización y la insularidad.

Además, no deja de resultar chocante cuando dichas declaraciones se realizan desde un país que ocupa una de las posiciones más bajas en el Índice de Democracia, de The Economist. Y que está políticamente muy alejado de los valores que defiende la Unión Europea, como la dignidad humana, la libertad, la democracia, la igualdad, el Estado de Derecho y el respeto de los derechos humanos.

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