La «línea Alejo»
Hace unos años un chaval de dieciocho me dio una de las mayores lecciones que haya aprendido jamás. Por más que he conocido tipos y tipos de gente, hordas de prototipos humanos, no he encontrado a ninguno que haya podido refutar la enseñanza de mi amigo: el efecto Alejo.
Alcanzarlo sería una notable ventaja competitiva sobre el resto de la humanidad y aunque solo el mismo Dios podría permitírselo, consciente o inconscientemente, muchísima gente lo intenta. A veces, somos tan tontunos y poco perspicaces que creemos haberlo conseguido por el hecho de haber obtenido ciertas cotas de bienestar material. Y sin embargo no deja de ser una impresión cándida y tremendamente ingenua. A veces, tal es nuestro deseo de realizarlo que queremos verlo en el sumo y amado líder.
En la religión tenemos un gran ejemplo en Salomón, la persona, dice la Biblia, que Dios más concedió el don de la inteligencia de toda la historia de la humanidad y, continua la Biblia diciendo que acabó sus días en la nada.
¿En qué consiste este efecto «Alejo»? Aquí va la historia. Hace 20 años un buen amigo me dijo que su hermano pequeño, llamado Alejo, andaba como distraído de la vida, sin saber a dónde ir ni qué hacer. Había vuelto de estudiar bachillerato un año en Canadá y andaba despistado. El chaval era listo la verdad, se ganaba ya su dinerete vendiendo espadas y demás fetiches de guerra a gentes obsesionadas con esos objetos. Que si la espada de no sé qué militar de la SS, que si la medalla al honor de no se cuantitos. Chatarra que vendía a precio de oro.
En fin, lo traje una semana a vivir conmigo a ver si cogía ritmo. Se tiraba todo el día con el móvil viendo series cuando en aquella época eso no era todavía muy común. En fin. Un chaval desconflautado como tantísimos.
Uno de los pequeños ratos libres que me concedía al día, hablamos y me contó lo que hizo en Canadá. Me dijo que uno de los primeros días de la escuela sonrió a una tipa de su clase que le pareció tenía un rostro marcado de tristeza. A la semana le llegó la chavala a contarle que gracias a su sonrisa no había ejecutado el plan que llevaba tiempo hacer: suicidarse. Una sencillísima muestra de afecto imprevista en una sociedad donde todo está calculado y medido racionalmente, y un efecto de conversión de la tristeza en alegría muy llamativo.
El caso es que, me seguía contando mi amigo Alejo, que empezó a hacerse una especie de consultor del colegio. No sabe bien por qué pero la gente empezó a acudir a él a hablar y contarle la vida, las tristezas y contradicciones de la vida que todos tenemos. Y, como tenía éxito con la gente, pues le seguía viniendo más gente. «Me hice sin quererlo un gurú, Chules, un coach de la vida de mis compis». Hasta aquí todo sorprendente la verdad, para estar hablando de alguien desorientado y sin ganas de hacer nada en la vida. Y entonces vino la gran lección: «Chules, uno en la vida puede ayudar a mucha gente, pero no puedes ayudarte a ti mismo» Madre mía, se me clavó ese juicio en el corazón a fuego hasta el día de hoy. ¡Veinte años después no puedo olvidarlo! Y veo esa línea roja pintada una y otra vez en todo tipo de gentes y en las circunstancias de la vida: propias y ajenas, públicas y privadas, familiares, laborales o sociales, analógicas y digitales, profit o non profít. ¡Y cuánta gente estos veinte años queriéndola saltar! Cuánto más líder es la persona, más tiene la tentación de intentar saltarla.
Cómo es Dios, la verdad, que suele mostrar la verdad de lo humano a gente pequeña, a la que uno jamás haría caso o daría crédito. Qué bondad de Dios y qué Dios tan «democrático» que no suele hablar a través de fuertes y poderosos y desde luego jamás habla a través de los que se creen haber superado esa línea roja y que son los que más suelen decir eso que he oído tantísimas veces «es que Dios piensa, es que Dios quiere, es que Dios dice»... ¡¡saben lo que piensa o dicen lo que quiere Dios!!.
L 'Línea Alejo'
Por eso un gran amigo decía eso de que para ser padre hace falta ser hijo primero. Por eso es tan tan importante no tragarse la tostada e ir por la vida abierto y sin prejuicios. Ojo sobre todo sin prejuicios sobre uno mismo y sobre todo con los que te hacen decir que tú ya sí sabes. Línea roja para todos, menos para Dios. Dejemos entonces a Dios ser Dios. ¿No?
Por eso decía Peguy:
No me gusta el hombre que no duerme
y que arde en su cama de preocupación y de fiebre.
No me gusta el que al acostarse
hace planes para el día siguiente,
¡el tonto!
¿Es que sabe acaso
cómo se presentará el día siguiente?
¿Sabe siquiera el color del tiempo que va a hacer?
Haría mejor en rezar.
Porque yo no he negado nunca el pan de cada día
al que se abandona en mis manos
como el bastón en la mano del caminante.
Me gusta el que se abandona en mis brazos
como el bebé que se ríe
y que no se ocupa de nada
y ve el mundo a través de los ojos de su madre.
Pero el que se pone a hacer cavilaciones
para el día de mañana,
ése trabaja como un mercenario,
trabaja terriblemente como un esclavo
que da vueltas a una rueda sin fin
y -eso entre nosotros- es un imbécil.
Y hasta me han dicho que hay hombres
que trabajan bien
y duermen mal,
que no duermen nada.
¡Qué falta de confianza en mí!
Eso es casi más grave que si trabajasen mal
y durmiesen bien,
porque la pereza
es un pecado más pequeño que la inquietud,
que la desesperación
y que la falta de confianza en mí.
Gobiernan muy bien durante el día
los asuntos del día y luego no se atreven
a confiármelos a mí durante la noche.
El que no duerme de preocupación
es infiel a la Esperanza,
y ésta es la peor infidelidad.
(P.d.) Por supuesto este artículo está dedicado a mi amigo Alejo, allí donde se encuentre ahora mismo.