La reconquista
Tiene que irrumpir algo. Si no, por mucho que queramos, deseemos y repitamos, no hay encuentro y todo empieza a ser un hecho del pasado. No se me ocurre cosa peor.
Nadie tiene el poder de generarlo -o de regenerarlo- y nadie tiene la voluntad de hacer que se produzca dónde y como quiera. Y aquí es donde llega el drama para todos: para del cura que no sabe qué decir en la homilía, para el padre que no sabe qué decir a su hijo triste, para el profe que no logra llegar al alma del alumno, para el compañero que no logra estabilizarse con los compañeros, para la pareja -que no logrando ser pareja- empieza a recorrer el viejo y archisabido camino de la distancia. El fracasado no logra superar su fracaso, ni el exitoso digerir su éxito. El yo no logra estar nunca alineado con su yo, siempre parece que hay otro lugar, sitio, maneras, educación, formas de estar, mejores.
Somos desproporción. Pura desproporción. Y por eso no hay fórmula, no hay grupo, ideas, pertenencia ni religión (muchísimo menos la cristiana) que cubra este gap del alma.
Hay que volver a gastar el cupo recibido, el know how alcanzado, las monedas ganadas con ahínco. Hay que volver a apostar, a arriesgar. Madre mía. Y así siempre. Es muy llamativa la parábola de aquel hombre rico que, -dice el evangelio- teniendo muchos frutos decidió construir unos graneros mayores para guardarlos todos y decirle a su alma: «Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate». Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?
'La reconquista'
La conquista. Cuántos padres y profes quieren transmitir su conquista para que los chavales ya no se encuentren con ese fatigoso y duro trabajo humano de sentir el vacío, el deseo, la pregunta, la necesidad de salir a mirar, a conquistar, a batallar. Y la herencia no les vale nada si no hay conquista personal. Igual que no nos vale nada todo lo ganado si no hay reconquista. De repente todo lo aprendido y conquistado empieza a sonar a hueco, a palabras vacías, espirituales, formas de hablar. Castilla ya no es la tierra de la reconquista a repoblar, el granero del Imperio, si no el paisaje aburrido, plano, amarillo, seco y vacío del alma.
¿Qué quiere decir esta dinámica de la vida? ¿Por qué este hastío de cosas sostenidas hace no mucho con verdadero entusiasmo y verdad? ¿Quiere decir que las cosas verdaderas de la vida son mentira? Más bien quieren decir que pueden ser verdad pero no humanas si no se conquistan, si no se reconquistan.
Para el que cae en la cuenta y se lanza de nuevo al camino de lo no sabido, saliendo de sí, con esa incertidumbre, el sabor del riesgo, con ojos de búsqueda, puede llegar a conquistar de nuevo la verdad que para nosotros es la forma de un encuentro nuevo que produce en el corazón una corriente de aire fresco que tal vez uno lleve demasiado tiempo ya sin percibir.
Una de las cosas más alucinantes para el cristianismo es que el terreno a repoblar es la propia cotidianidad. La gran gesta de vislumbrar el horizonte grande en la vida se produce en la cola del super. ¡En la cola del super! Y eso me vuelve loco de contento. Como dijo Proust en La Prisionera, «El único viaje verdadero [...] no sería ir hacia nuevos paisajes, sino tener otros ojos».