¿Crisis de autoridad?
Para entender el laberinto actual, conviene regresar a la clarividencia del Imperio. Los romanos ya distinguían entre dos conceptos que hoy confundimos torpemente: la 'auctoritas' y la 'potestas'
Entre los pensadores más sólidos existe un cierto consenso en admitir que «no estamos en una época de crisis, sino en una crisis de época», al menos en Occidente. Dicho de otro modo, vivimos en un recodo de la historia. Sabemos que las estructuras y los principios sólidos sobre los que hemos asentado nuestra civilización se han vueltos inestables o se han diluido, dando lugar a lo que Bauman llama una «sociedad líquida».
Dentro de este naufragio estructural, la autoridad es uno de los pilares básicos que con mayor fuerza se está desmoronando tal y como la concebíamos hasta hace apenas unas décadas. Sin embargo, la historia y la propia naturaleza humana son tercas. Desde nuestros orígenes, el ser humano ha sido un ser jerárquico. Más allá de las ensoñaciones románticas y de los manuales utópicos, las aventuras anarquistas nunca han acabado bien. El ser humano es, por definición, un animal social que necesita vivir en comunidad y, precisamente por esa condición, demanda y requiere siempre de una autoridad que vertebre la convivencia. El verdadero problema no es la existencia de la autoridad, sino el vacío que deja cuando desaparece.
La gravedad de la situación actual es que la crítica sistemática y planificada a la autoridad legítima tradicional, basada en la excelencia y el servicio a la comunidad, ha horadado las instituciones más sagradas de nuestra sociedad: la familia, la escuela, la justicia, la política, la información y la propia democracia. Todas ellas están siendo adulteradas o sustituidas por nuevas entidades cargadas de un despotismo asfixiante que socavan nuestra convivencia y ponen en peligro nuestro legado cultural.
La desconfianza y crítica de la autoridad –en su sentido más amplio– siempre ha existido, muchas veces como consecuencia de los abusos y el desprestigio de la misma por malas prácticas: ausencia de excelencia, servicio y ejemplaridad. Hoy día a ese desgaste contribuyen unas ideologías y grupos que buscan intencionadamente el desprestigio de las autoridades legítimas para cambiar el modelo social y convertirse en la nueva y tiránica autoridad.
Para entender el laberinto actual, conviene regresar a la clarividencia del Imperio. Los romanos ya distinguían entre dos conceptos que hoy confundimos torpemente: la auctoritas y la potestas.
La auctoritas proviene del verbo latino augeo, que significa aumentar, hacer prosperar, ayudar a crecer. Está íntimamente ligada a la palabra auctor: el que da valor a algo, el garante. Por tanto, la auténtica autoridad no se impone por decreto; se basa en el prestigio, en la fuerza incontestable de la razón y en el reconocimiento social de una superioridad intelectual o moral. Es lo que ocurre cuando afirmamos que alguien es «una autoridad en la materia», y por ello nos produce un acatamiento interno y voluntario. Además, la autoridad es transparente: en ella se sabe perfectamente quién la ejerce y quién debe obedecer, partiendo de la aceptación mutua del principio jerárquico. Su ejercicio requiere sacrificio por ambas partes –mandar con justicia es una carga y acatar exige humildad–, pero es un ejercicio profundamente positivo y vertebrador para la sociedad. Aunque a veces sea necesario un respaldo externo institucional, la verdadera autoridad se gana en el día a día a través del prestigio.
Por el contrario, el poder, la potestas, se basa única y exclusivamente en la razón de la fuerza. Es un mecanismo puramente externo cuyos combustibles principales son el miedo, la coacción o la sanción. El poder no necesita ser amado ni admirado, sino temido, como bien dijo Maquiavelo. Puede ejercerse de forma burda y violenta o de manera sibilina a través de la manipulación psicológica y de la ingeniería social. No requiere consentimiento ni aceptación interior, pero exige sumisión.
En los tiempos actuales hay que añadir la celebritas, de la que son protagonistas los youtubers e influencers entre otros. Su fundamento no es la virtud ni la fuerza, sino la fama efímera, la popularidad digital y la capacidad algorítmica de influir en las conductas y pensamientos de las masas. Es una forma sumamente sibilina de potestas disfrazada de cercanía. Lo trágico de nuestra época es que millones de personas –especialmente los jóvenes– aceptan y confunden esta celebritas mediática con una verdadera auctoritas.
Ocurre siempre que por ser la autoridad una necesidad humana, cuando desaparece, su lugar es ocupado por el poder, unas veces visible y con apoyo legal, otro sibilino y disimulado a través de una eficiente manipulación, pero en todos los casos igualmente de efectivo para quienes lo ejercen.
La crisis de autoridad ha incidido profundamente en la escuela ya que es una caja de resonancia de la sociedad, reduplica comportamientos, pero también puede y debe generar actitudes y valores nuevos que incidan en la sociedad. Tarea ardua en estos tiempos de relativismo y liquidez intelectual. En la escuela, la ausencia de auctoritas ha hecho estragos. Urge ver los síntomas, las causas y algunas propuestas urgentes de solución tanto normativas como culturales.
- Juan Antonio Gómez Trinidad es catedrático de Filosofía en Instituto y expresidente del Consejo Escolar del Estado