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Educar en la tormentaJuan Antonio Gómez Trinidad

Educar en la verdad

Con este marco ideológico, y en lo que a la educación se refiere, es imposible un acuerdo intelectual y mucho menos político

La historia de la educación está plagada de periodos críticos, pero la crisis actual es de otra índole, como señala Bauman en Los retos de la educación en la modernidad líquida. En la sociedad que nos ha tocado vivir se cuestionan aquellos principios que eran el fundamento de la educación, tales como la autoridad, el esfuerzo, la responsabilidad etc. y tantos los vínculos humanos como las instituciones que se presenten como sólidas, son interpretadas como una amenaza.

Una sociedad en la que ya nada es sólido, incluso aquellas instituciones como la familia, la tradición, la patria, o la educación, se han vuelto líquidas. Es más, creo que incluso se ha transformado en una sociedad gaseosa: todo es vaporoso. Basta un rumor, una fake news para destrozar personas, instituciones o conocimientos firmes. Ya no sabemos qué somos, ni qué pensamos y nos preocupa pensar algo que no coincida con la opinión de la mayoría. Todo se ha tornado líquido, inestable, con la excepción de los nuevos dogmas ideológicos que han generado una nueva inquisición, como lo demuestra la cultura woke.

En consecuencia, la causa principal de la crisis educativa no es la falta de consenso político, la falta de medios, o la pluralidad de creencias y culturas que provoca la globalización y la inmigración. El fallo más profundo está en la falta de un consenso intelectual y social sobré qué es la educación, qué valores y contenidos culturales debemos transmitir. Como nos acaba de decir León XIV, en el encuentro 'Tejer redes…': «La cuestión decisiva sigue siendo la misma: ¿qué significa ser verdaderamente humano?»

La educación no tiene solo como fin la inserción en el mundo laboral, ni es un instrumento que asegure los modos de producción para garantizar un Estado de Bienestar cada vez más endeble. No sabemos hasta qué punto la IA, ayudará a esa producción y qué tipo de tareas humanas serán innecesarias. Pero sí podemos asegurar que no es la IA, sino la estupidez humana la que nos conduce al peligro de olvidar cuál es el valor del ser humano, la diferencia con otras especies y el modo alcanzar el bien común que no es lo mismo que el bienestar común como nos ha recordado también León XIV.

«En el ADN de la humanidad está radicado el deseo de bien, de belleza, de verdad» nos ha recordado el Papa. Hoy no solo se niega que exista la verdad, sino que se impide el derecho a buscarla tachando de fanáticos a los que lo pretenden. Por ello, insiste en que «la educación promueva la búsqueda de la verdad con espíritu crítico».

Renunciar a una convivencia regida por la búsqueda de la verdad en favor de la opinión mayoritaria, de la verdad oficial, cuya versión postmoderna es «lo políticamente correcto» es resignarse a vivir en una sociedad donde «nada vale, puesto que todo vale lo mismo». Ya no importa la realidad, sino el relato que acaba matando al dato.

En un mundo donde todo se percibe como espectáculo, representación, y búsqueda de éxito y rentabilidad económica inmediata, no predomina ni la belleza ni la calidad, sino el éxito de audiencia, en términos muchas veces de consumo o recuentos en manos de robots, de dudoso control.

Del mismo modo, el bien ha sido sustituido por el interés, ya sea el personal, partidista o ideológico. En consecuencia, la acción política se convierte en un ejercicio de ingeniería social a partir de las radiografías sociológicas permanentes.

Con este marco ideológico, y en lo que a la educación ser refiere, es imposible un acuerdo intelectual y mucho menos político. No hay posibilidad de un discurso racional: todo está trufado de intereses. No hay posibilidad de encuentros, sino de encontronazos. De nada sirven los diagnósticos internacionales, las fórmulas exitosas de otros países, o las medidas educativas basadas en evidencias.

Más grave aún: es imposible educar. Si no sabemos a qué atenernos o qué diferencia el bien del mal, lo único que podemos hacer es enseñar a vencer, no a convencer. Si no sabemos qué es verdadero o falso, si todo depende de la opinión, aunque sea mayoritaria, lo único que podemos enseñar es cómo estar del lado del vencedor o de lo políticamente correcto.

A pesar del relativismo imperante, a pesar de que en el mundo digital la última entrada en una enciclopedia online, o en un blog de gran audiencia, pretenda ser más definitiva que los juicios y datos acumulados por los expertos, a pesar de todo y de todos, es necesario decir, especialmente a los jóvenes que existen opiniones valiosas, fundadas y otras despreciables absolutamente.

La búsqueda de la verdad es la pasión más noble del ser humano. Además de un derecho y un deber personal y social, es el camino más seguro para salir de un mundo romo, mediocre, asfixiante y desazonador que conduce, en muchos casos por reacción, a la aceptación de dogmatismos y totalitarismos de todo tipo. Esa búsqueda ha sido la historia del pensamiento occidental, cuyas luces y sombras nunca invalidaron el propósito principal.

  • Juan Antonio Gómez Trinidad es catedrático de Filosofía en Instituto y expresidente del Consejo Escolar del Estado

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