¿Qué pinto yo en el aula? Una pregunta inquietante
No es nostalgia, es diagnóstico. No se trata de titulares llamativos, ni una crónica de sucesos, sino de un clima tóxico que ha colonizado el ánimo de los profesores
Las noticias sobre conflictividad en las aulas y el desánimo docente están siendo una constante en los medios de comunicación. Cuando la Generalitat se plantea infiltrar Mossos d´Esquadra de paisano, reconoce que la autoridad educativa ha muerto y solo queda el orden público. Con razón los directores han respondido que lo más importante es restaurar la autoridad, como ha recogido este mismo diario.
El problema, sin embargo, es mucho más profundo que una pelea de patio. Hace semanas también fue noticia un profesor que con tres décadas de servicio abandonaba la enseñanza, incapaz de procesar que alumnos de 18 años desconozcan las tablas de multiplicar
Recientemente, un amigo –docente brillante, de los que todavía creen en su oficio– me confesaba su próximo abandono de la docencia con una pregunta inquietante: «¿Qué pinto ya en el aula?». Su respuesta fue contundente: «Es imposible enseñar donde no hay respeto y donde, por decreto administrativo, se está obligado a aprobar al que no sabe».
No es nostalgia, es diagnóstico. No se trata de titulares llamativos, ni una crónica de sucesos, sino de un clima tóxico que ha colonizado el ánimo de los profesores como señalé en un artículo anterior. Esta situación no es nueva: hunde sus raíces en décadas de progresiva decadencia de la educación española. El análisis de sus causas debe hacerse sin complejos y gritando, si hiciera falta, que el rey está desnudo. Como decía Hanna Arendt: «Una crisis se convierte en un desastre cuando respondemos a ella con prejuicios.»
La primera causa de la situación actual es ambiental. La escuela es la caja de resonancia de la sociedad y de la cultura imperante. En ella se refleja y potencia la situación cultural, social, económica y moral de una sociedad. Nunca ha sido tan difícil educar como ahora, entre otras causas, porque existe una crisis antropológica: no sabemos muy bien qué es el ser humano y, por tanto, desconocemos el porqué y el para qué de la educación. Fruto de ello es la crisis de la autoridad sin la cual no es posible la convivencia, la democracia, ni por supuesto, la educación.
En segundo lugar, el relativismo imperante provoca una desorientación, no solo en los alumnos, sino en los mismos profesores. Si todas las opiniones valen lo mismo, nada vale nada. Si el único norte es lo políticamente correcto, se corre el riesgo de vivir en un fariseísmo y en una zozobra constante. Una cosa es aceptar la diversidad cultural, las opiniones y otra muy distinta es considerar que cualquiera de ellas es igualmente válida o aceptable. El relativismo ha devaluado, cuando no negado, el legado cultural cuya transmisión daba sentido a la educación. En consecuencia, el profesor queda relegado a un animador sociocultural: lo importante es entretener.
El tercer lugar el fracaso proviene de la denominada «Nueva pedagogía» cuyo origen remoto está en Rousseau, eclosionó en los pedagogos americanos de finales del s. XIX para adquirir una presencia omnímoda en la enseñanza europea del siglo XX. Llegó a España a partir del último cuarto del siglo pasado para instalarse de modo permanente e incuestionable.
No es que haya fracasado la pedagogía como ciencia, sino que se ha impuesto una determinada corriente que desconoce la realidad y la sustituye por la ideología. Una pedagogía que olvida la condición humana –«veo el bien y lo apruebo, pero hago el mal» que diría Ovidio– y con ello los valores tales como la libertad interior, la responsabilidad personal, el respeto a la autoridad, el esfuerzo y la rendición de cuentas, etc.
La cuarta causa es el correlato legislativo de estas teorías pedagógicas. La legislación educativa actual, cuyo ADN ha sido el mismo desde la Logse en adelante, ha generado una creciente despersonalización de la enseñanza en tanto que ha menguado la responsabilidad personal, ya sea del alumno o del profesor, y ha magnificado los condicionantes sociales, paralizando así, el esfuerzo personal y con ello el ascensor social.
La generación de profesionales que ahora se jubila ha recibido más formación pedagógica que cualquier otra: llevamos cuarenta años no ya de formación, sino de reformas permanentes que han minusvalorado la cualificación y creatividad del profesor –olvidan que es el profesor el que hace bueno al método y no al revés–. La sacralización de una metodología implantada con carácter de dogma ha generado una saturación legislativa y una burocratización insoportable.
Existen otras muchas causas que no es posible desarrollar ahora. Algunas trascienden la propia escuela como son la aceleración histórica, la aparición del mundo digital y las redes sociales, la globalización etc. Nuevas realidades que no se acaban de digerir.
A todo este coctel tóxico se suma un cierto coleguismo. Muchos profesores, empujados por las modas pedagógicas y un complejo de Peter Pan, han borrado la distancia necesaria con el alumno, dinamitando su propio prestigio en el altar de la falsa cercanía.
Antes de pasar a la propuesta de soluciones, hay que recordar que la autoridad y el prestigio docente cuesta conseguirlo, se pierde fácilmente y es muy difícil recuperarlo. Pero que sea difícil, como la educación actual, no significa que sea imposible y, por lo tanto, hay que intentarlo. Nos jugamos mucho en ello.
- Juan Antonio Gómez Trinidad es catedrático de Filosofía en Instituto y expresidente del Consejo Escolar del Estado