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Educar en la tormentaJuan Antonio Gómez Trinidad

La semana más importante de la historia

Para la mayoría de los jóvenes, Semana Santa es el nombre de unas vacaciones escolares y poco más: tal vez con el añadido exótico de algunas procesiones, sin que se reconozcan ni los personajes ni los acontecimientos

Educar es transmitir un legado cultural que nos ha permitido llegar a ser lo que somos. Si hoy defendemos la razón frente a lo irracional, el respeto a la ley como base de la democracia, o la dignidad personal, incluso cuando la conducta de esa persona sea condenable, es gracias a una tradición: somos griegos, romanos y cristianos, aunque no sepamos nada de ellos. Uno de los males de la educación actual es el olvido, cuando no el ataque, a esos pilares fundamentales.

Hoy, Jueves Santo, es uno de los días que «relucen más que el sol», según el dicho popular que sintetizaba en tres jueves los momentos claves de la fe católica. Aunque el nombre se mantiene, para la mayoría de la sociedad es simplemente un día de vacaciones. Sin embargo, algunos de los valores más excelsos de esta sociedad descristianizada, surgieron tal día como hoy, hace algo más de dos milenios.

Para la mayoría de los jóvenes, Semana Santa es el nombre de unas vacaciones escolares y poco más: tal vez con el añadido exótico de algunas procesiones sin que se reconozcan ni los personajes ni los acontecimientos. Algo similar ocurre con los adultos, si bien para muchos de ellos queda en la memoria algo de lo que asimilaron en su juventud; con todo, no deja de ser algo cultural, atractivo para algunos, indiferente para la mayoría y para otros, algo repulsivo y censurable.

A fuerza de costumbre, hemos perdido el sentido profundo de lo que aconteció en lo que fue la semana más importante de la historia. Para ello es necesario tomar conciencia de lo que significaba ser hombre y del concepto de Dios antes de la aparición del cristianismo.

En la antigüedad, la vida excelsa era aquella en la que se triunfaba mediante el poder, la fuerza, las riquezas, la fama, la astucia etc. Quien no lo conseguía era un pobre hombre o, lo que es peor, un esclavo. Quien lo conseguía en grado máximo eran los héroes. A su vez, los dioses eran la proyección de esos deseos y ambiciones humanas llevadas a su máxima expresión: tenían las mismas pasiones de poder, envidia, lujuria, riquezas etc. A ellos acudían los humanos para pedir su protección e imitar sus ambiciones.

No existía la igualdad, la fraternidad, la compasión, ni la misericordia, por eso era lícita la venganza sobre el enemigo traducida en cualquier tipo de despojo, tormento, esclavitud o muerte. La norma de conducta era «ojo por ojo».

La aparición de Jesús en la historia supuso la transmutación de esos valores: la pobreza frente a la riqueza, la humildad frente a la soberbia, la mansedumbre frente a la ira etc. Ya no es la voluntad de poder, sino la de servicio, incluso de entrega total de la propia vida. Una locura para la mente humana, por ello Nietzsche propuso que, tras la muerte del Dios cristiano, –más bien del asesinato– había que cambiar los valores y ser como dioses. El Superhombre debía ocupar su lugar y establecer qué es el bien y el mal.

Con la llegada de Jesucristo, todo lo que antes era desechable adquirió sentido: los pobres, los mansos, los que sufren, los perseguidos, los hambrientos, los injustamente tratados, los pacíficos, los humildes, son los que están viviendo una vida plena. Es la impresionante lección que nos legó, primero con su ejemplo y luego con su palabra. El «Sermón de la montaña», es una revolución de los valores.

A partir de entonces también cambia el concepto de Dios: «Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn. 14, 9). Lo que define a Dios no es el poder, sino el amor: por amor nos creó, se encarnó y nos redimió. El amor de Dios es gratuito, no depende del comportamiento de los hombres, sino que brota de la misma esencia de Dios. Así se explica que en el cristianismo se pueda merecer el cielo en el último momento, como ocurrió con el primer santo: el Buen Ladrón.

Lo nuclear de la Semana Santa es incomprensible para la mentalidad contemporánea. Nada nuevo si recordamos los orígenes, cuando los judíos pedían milagros y los griegos sabiduría, pero Pablo solo les predicaba «a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles» (I Co 1, 21).

La alternativa es claudicar, renegar de los valores cristianos y adorar a los nuevos dioses y sus valores entre los cuales no está la humildad, la compasión o la misericordia. Nos jugamos mucho en la Semana Santa. No se trata solo de rememorar un hecho religioso, sino la pervivencia de nuestra cultura.

  • Juan Antonio Gómez Trinidad es catedrático de Filosofía en Instituto y expresidente del Consejo Escolar del Estado

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