¿Hay motivos para preocuparse de la Educación?
Educar nunca fue fácil, porque es una lucha contra la inercia, contra la vida cómoda. Pero hoy es más difícil que en otras épocas porque confluyen, además de las dificultades intrínsecas a la naturaleza humana, las dificultades estructurales propias de una época de crisis profunda
Si alguien observa desde fuera a los españoles, podría llegar a la conclusión de que todos sabemos de fútbol, de política y de educación. Respecto de esta última, al menos estamos de acuerdo en tres cosas: que la educación no funciona, que todo se soluciona con la educación, y que la culpa del mal funcionamiento de la educación la tienen siempre otros. Lo que ya no parece tan claro es qué entendemos por educación ni cómo podemos solucionarla, aunque no será por falta de propuestas. A pesar de todo, estamos convencidos, y con razón, de la importancia de la educación para el desarrollo social y personal.
Con relativa frecuencia aparecen en los medios de comunicación datos que sitúan la educación en España en puestos que no se corresponde con su lugar en el mundo. Así lo corroboran los datos y cifras del propio Ministerio, del Informe PISA, etc. Entre otros indicadores están la tasa de abandono educativo temprano, la tasa de idoneidad escolar, etc.
En segundo lugar, también existe un fracaso formativo profesional. Por un lado, aunque se ha mejorado la situación, sigue existiendo una mala percepción social de los estudios de formación profesional, no está ajustada a las demandas laborales y el abandono es alto, mayor incluso que las del abandono escolar temprano del sistema, que ya de por sí es superior a la media europea.
En tercer lugar –y esto es lo más preocupante– nos encontramos ante una crisis educativa que viene a añadirse al fracaso escolar y formativo señalados anteriormente. Podría consolarnos si nuestros jóvenes salieran sin título académico ni profesional, pero con una ilusión, una capacidad de trabajo en común, una resistencia al fracaso, una creatividad, un espíritu emprendedor y la conciencia de participar en un proyecto común. Como cualquiera puede percibir, lamentablemente no es así. Si miramos la mochila de valores que llevan nuestros escolares, constataremos el gran vacío que existe en muchos de ellos.
A título de ejemplo, vemos cómo casi han desaparecido palabras tales como «perdón», «por favor» y «gracias». Tres palabras que expresan una actitud ante la vida: saber que no somos únicos, que necesitamos la ayuda de los demás, que podemos equivocarnos y, por tanto, que no somos creadores de las normas y valores morales.
Por el contrario, la educación actual, apoyada en la filosofía de «su majestad el niño», parece que ha inculcado en la sociedad la mentalidad de que el joven tiene todos los derechos y escasos deberes, de los cuales, en cualquier caso, nunca debe rendir cuentas. Una educación así, asentada exclusivamente en el principio del placer, está presagiando el fracaso de una vida personal y de cualquier proyecto de convivencia, ya sea en pareja, en grupo o en sociedad. La falsa felicidad que hoy creemos darle se convierte en garantía de sufrimientos personales y sociales en el futuro.
La crisis de la educación es tan vieja como la propia humanidad. Educar nunca fue fácil, porque es una lucha contra la inercia, contra la vida cómoda. Pero hoy es más difícil que en otras épocas porque confluyen, además de las dificultades intrínsecas a la naturaleza humana –tanto del educador como del educando–, las dificultades estructurales propias de una época de crisis profunda. Estamos en un recodo de la historia, creemos que el pasado no nos sirve y no sabemos muy bien qué nos espera. Crisis intelectual: no es fácil, por no decir imposible, educar en una sociedad líquida. Si no hay principios sólidos, ¿qué se puede o debe transmitir? Crisis antropológica: no sabemos qué es el hombre, qué le distingue de los animales ni qué lugar ocupa entre los seres vivos. ¿Cómo educar al niño de hoy, hombre de mañana, si no sabemos qué es el hombre?
La educación hoy es un problema. Como ocurre con otros grandes enigmas de la vida, se opta por no hablar de ellos. Pero precisamente por eso es urgente e importante pensar y dialogar sobre educación, recuperar el norte. Aun siendo un problema, la educación es la solución de otros muchos asuntos. No es solo cuestión de los políticos, ni de la escuela u otras instituciones porque educar, educamos todos, sobre todo con el ejemplo.
- Juan Antonio Gómez Trinidad es catedrático de Filosofía en Instituto y expresidente del Consejo Escolar del Estado