La verónicaAdolfo Ariza

Neologismos leonianos

Para el Papa es «urgente promover un uso de las tecnologías que refuerce la libertad interior», una verdadera «educación en la sobriedad digital»

La lectura de la encíclica Magnifica humanitas del Papa León XIV (15 de mayo de 2026) pone sobre el tapete – a mi modo de ver - una serie de neologismos de especial gancho significativo y pegada incisiva. Desconozco si el Papa estaría contento de esta sinopsis de su enseñanza a través de estos neologismos pero creo que la enumeración de los mismos puede ser una buena forma de «hacerse» con el mensaje de la encíclica. De ahí el breve elenco que sigue.

De entre estos neologismos cabe destacar en primer lugar el que es formulado como una «nueva asimetría epistémica, económica y política» que acontece a resultas de los «nuevos monopolios de la Inteligencia Artificial» – aquí iría el segundo de los neologismos -. En el siguiente, más que un neologismo, se podría hablar de una frase redonda: «No serviría de nada una IA más moral, si esta moral es decidida por unos pocos» (107). En esta misma onda es oportuno reseñar este otro: «las nuevas ‘tierras raras’ del poder» que se entiende fundamentalmente como «aquellas informaciones vitales que, una vez correlacionadas, pueden utilizarse para entrenar modelos predictivos, orientar estrategias de inversión, anticipar crisis y, sobre todo, seleccionar quién y qué importa» (178). También es muy oportuno reseñar «la arquitectura de la visibilidad» por la que «se amplifica o se vuelve invisible, lo que se recompensa o se penaliza» (171).

En otra sección, pero muy unida a la anterior, se podrían clasificar los siguientes. Por lo pronto – no sé si obvio o no – podríamos ser diagnosticados de «ceguera espiritual y cultural» (204). Esta no es está muy lejos de un presumible «nihilismo histórico» que llegaría incluso a creer «ilusoriamente que las atrocidades del siglo XX ya no pueden repetirse» (204). También suele suceder que el resultado pasa por «el conformismo» y «la autocensura» (171). Esta ceguera es fomentada por «unas narrativa de fondo» especialmente pensadas para «influir en el imaginario colectivo y presentar como deseable una determinada visión de la realidad» (136) y por un claro «desinterés por la verdad» que, como afirmaba la filosofa Hannah Arendt, estima que «los súbditos ideales no son tanto aquellos ideológicamente convencidos, sino ‘las personas para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción (es decir, la realidad de la experiencia) y la distinción entre lo verdadero y lo falso (es decir, las normas del pensamiento)’ (Los orígenes del totalitarismo, 634)» (134).

En otro apartado – calificable como de verdadera sabiduría espiritual - podrían situarse los siguientes neologismos. El primero de esta sección es toda una invitación: «saborear el gusto más dulce de nuestro ser humano» (120). León XIV aboga por una «nueva sabiduría» que se fragua en «tantos momentos en los que el limite se hace tangible en nuestra vida» y por los que palpamos «el afecto de las personas» y experimentamos «la presencia del Señor» (119). Como frase redonda conviene citar: «hacer que la técnica crezca sin que se repliegue el corazón» (126) y como interrogantes incisivos: a) «[…] si existe un auténtico ‘más que humano’, ¿dónde se encuentra?!» (126); b) «[…] la pregunta decisiva sigue siendo la indicada por san Juan Pablo II: la IA, ¿‘hace la vida del hombre sobre la tierra, en todos sus aspectos, ‘más humana’? ¿La hace más ‘digna del hombre’?’» (129). También tiene auténtica sabiduría espiritual la advertencia ante «una tentación sutil» como «pensar que los problemas son demasiado grandes y nosotros demasiado pequeños, y que, por tanto, nuestras decisiones no cambian nada». Lo cual es calificado como «una forma elegante de rendirse, a menudo disfrazada de realismo» (212).

En el último bloque, dirigido a «los artesanos de la educación» (238), se podría proponer como buque insignia «la higiene de la atención» (146). Conviene tener muy presente que ante tal sobreestimulación de sensaciones e imágenes propios de esta cultura de la inmediatez es más que necesario desarrollar «una verdadera higiene de la atención» con «ritmos que incluyan silencio, estudio reflexivo, lectura, análisis ponderado» (146). Para el Papa es «urgente promover un uso de las tecnologías que refuerce la libertad interior», una verdadera «educación en la sobriedad digital» (170).

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