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MI TORRE DE MARFILIgnacio Crespí de Valldaura

¿Los retiros de Emaús caen en el sentimentalismo?

¿No será, quizá, que otros puedan pecar de frío de racionalismo, véase de aplicar la razón con una lógica glacial y extremadamente apeada de los sentimientos?

Algunas voces discrepantes sentencian que los retiros de Emaús inducen a sus participantes a caer en el sentimentalismo, es decir, en vivir la fe católica de una manera excesivamente emocional. He de reconocer que yo, también, proferí esta clase de críticas, hasta que me sumergí, durante un fin de semana, en uno de estos encuentros.

Después de vivir esta experiencia colosal, pude darme cuenta de que el hecho de cautivar a través de los sentimientos, de mimetizarse –con ternura, comprensión y compasión– con las miserias del prójimo, tiene un objetivo meridiano en este retiro: el curar las emociones y sanar las heridas para que terminemos razonando con mayor aplomo, es decir, con la finalidad de que nos reconciliemos con Cristo, meditemos su Palabra y nos empapemos de la doctrina católica; algo que poco tiene que ver con el ‘ismo’ del sentimentalismo, puesto que, en este caso, los sentimientos están subordinados a una fe y razón superiores.

¿No será, quizá, que otros puedan pecar de frío de racionalismo, véase de aplicar la razón con una lógica glacial y extremadamente apeada de los sentimientos? A ver, comprendo los miedos y los recelos de algunos (entre los que me incluyo), puesto que sí que prolifera cierto sentimentalismo entre determinados evangelizadores modernos (sacerdotes incluidos), que hace que «la sal se vuelva sosa», pero, por lo que he podido percibir, no es el caso de los retiros de Emaús.

El hecho de atraer a la conversión a través de solidarizarnos primero con los sentimientos del prójimo no significa que estemos situando las emociones por encima de la razón; puesto que el orden de los factores no implica que el factor en el que se incide a priori goce de hegemonía sobre en el que se recala a posteriori.

Por ejemplo, un fin al que tendemos suele ser más importante que el medio que utilizamos para alcanzarlo, pero acudimos al medio primero, para, así, trepar hasta el fin. Lo mismo sucede cuando emprendemos un viaje en coche: el instrumento –y, por ende, lo previo– es el automóvil, pero nuestra prioridad es arribar sobre el lugar de destino.

Hecha esta aclaración, quería abordar otro aspecto sobre el significado de los retiros de Emaús, cimentado o fundamentado en un pasaje del Evangelio (Lucas 24, 13-35); pasaje en el que está directamente inspirada esta singular experiencia.

En dicho fragmento del Nuevo Testamento (Lucas 24, 13-35), dos personas enfilaban el camino hacia una aldea que tenía por nombre Emaús. Cristo se unió a andar junto a ellos (quienes no eran capaces de reconocerle), y éstos, durante la conversación, le comunicaron su desolación, porque esperaban que Jesús, al que habían crucificado, «sería quien redimiera a Israel».

Ante semejante confusión, Jesucristo les tuvo que explicar en qué consistía verdaderamente el mensaje de la redención, y lo que había sido profetizado en torno a ésta (y comunicado a través de las Sagradas Escrituras). Este par de despistados, antes de que terminara de anochecer, le invitaron a quedarse con ellos en la morada en la que iban a alojarse.

Allí, Dios Hijo, cuando estaban los tres juntos en la mesa, «tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su presencia. Y se dijeron uno a otro: '¿No es verdad que ardía nuestro corazón dentro de nosotros, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?'».

Con esto, queda constatado que los corazones de los caminantes de Emaús no ardieron porque sí, sino debido a un encuentro directo con Jesús y a una serie de aclaraciones que Él –en persona– les había hecho sobre el auténtico significado de su redención. En otras palabras, esa explosión de sentimientos cautivadores estaba fundada en razones de un poder celestial, salvífico, eterno, y no en un sentimentalismo hueco y desnortado. Este es el pasaje del Evangelio en el que están inspirados los citados cursos de retiro, huelga repetir.

La racionalidad y los sentimientos son como un matrimonio: el hombre y la mujer que lo componen atesoran una identidad propia, individualizada, son diferenciables el uno del otro, pero, al mismo tiempo, conforman una unidad indivisible; pues, lo mismo sucede con la relación entre el intelecto y las emociones: son dos realidades diferenciables, pero, al mismo tiempo, de una interdependencia ineludible.

Esta inexorable relación de interdependencia permite que la razón y los sentimientos operen de forma conjunta, al mismo tiempo; a veces, de manera más racional y otras, más sentimental, pero siempre confluyendo ciertas dosis de ambas realidades (aunque en un platillo de la balanza pueda haber más peso, ello no implica que haya una ausencia total de peso en el otro). Por algo decía Don Miguel de Unamuno: «Piensa el sentimiento, siente el pensamiento»; ahora bien, él incurría en el error de situar los sentimientos por encima de la razón, justo lo contrario a lo que los escolásticos y yo planteamos.

En resumen, considero que la relación entre razón y sentimientos es bidireccional, además de conjunta, pero con el noble afán de colocar el entendimiento por encima de las emociones. En caso contrario, nos deshumanizaríamos, en aras de animalizarnos.

En consecuencia, estamos llamados a tejer fe, razón y sentimientos en una urdimbre uniforme (y por ese orden de jerarquía e importancia), para armonizar este tríptico en un marco que evoque la mayor coherencia posible. Parafraseando al archiconocido sacerdote Patxi Bronchalo, hemos de trabar una armonía inexpugnable entre lo que pensamos, lo que sentimos, lo que hacemos y lo que decimos. Por algo, San Pablo nos alentaba a crecer tanto en conocimiento como en sensibilidad, y no solamente en uno de ambos aspectos.

Del mismo modo que el huracán de sentimientos de amor que uno experimenta en los retiros de Emaús está orientado a formar una comunión inquebrantable con la fe y la razón, con la espiritualidad católica y con su doctrina, el éxtasis de belleza en el que uno se sumerge al contemplar la Sagrada Familia de Gaudí se rige por los mismos parámetros.

La razón nuclear que le espoleó a Antonio Gaudí a edificar su hermosísima iglesia no es otra que la de que las gentes alzasen su mirada hacia el amor de Dios; y lo hizo mediante la construcción de un coloso arquitectónico que estimulase los sentidos, las emociones, los sentimientos, y los catapultase para congraciarse con la fe y con la razón.

Como decía G.K. Chesterton, se puede «llegar a Dios a través de la belleza». Verbigracia, así se convirtió Oscar Wilde, al percatarse de que no había nada relatado con mayor hermosura que todo lo que rodea a la Pasión de Cristo; quien, en palabras del escritor irlandés, murió con «cuerpo de mendigo» y «alma de poeta»; además de haber sido coronado como un Rey doliente, con una corona de espinas ceñida sobre su cabeza ante del escarnio de otros y por la salvación de la humanidad entera; para erigirse, por mor de enhebrar la belleza con el dolor (dos realidades que él consideraba, antes de convertirse, antagónicas), en «ojos para los ciegos, oídos para los sordos» y en «un grito en los labios de quienes tenían la lengua atada».

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