También hay 'síndrome del hijo único' en los seminarios
La cuestión me la planteó hace unos días un buen amigo sacerdote tras el caso del último cura 'influencer' que acaba de colgar los hábitos. Hace unas décadas, cuando un joven entraba en la vida religiosa, lo hacía junto a decenas o cientos de jóvenes más. Eran, en cierto modo, una familia numerosa, con unos horarios, unas normas, un mismo trato para todos
Los amigos que tengo que provienen de familias numerosas suelen contar anécdotas divertidas que les ocurrían en casa cuando eran pequeños. Seis niños sentados a la mesa en torno al último trozo de comida, las peleas por el mando a distancia de la tele, las bromas que se hacían entre ellos... En fin, basta con volver a ver La gran familia de Fernando Palacios para hacerse a la idea.
Luego llegó el momento en el que nos empezaron a bombardear con la idea de que tener hijos arruina el planeta, de que uno se convierte en un potencial terrorista climático a partir del tercer vástago y que, si una mujer dice en el trabajo que está embarazada del cuarto, comienzan las miradas entremezcladas de desprecio y de lástima, y la oportuna pregunta que suele lanzar alguna compañera: ¿Sabes que existen los métodos anticonceptivos?
Pero ese problema ya ha desaparecido: en España tenemos una de las tasas más bajas de natalidad, cada vez son más los niños que se sientan solos a la mesa y que no tienen que compartir el mando de la tele con nadie –porque incluso tienen una para ellos en la habitación–. Se empezó a hablar entonces del «síndrome del hijo único»: del niño que era más egoísta, menos empático, más caprichoso y que recibía todas las atenciones y la sobreprotección de sus padres.
Me pregunto si ese mismo síndrome no se dará también en algunos seminarios y noviciados. La cuestión me la planteó hace unos días un buen amigo sacerdote tras el caso del último cura influencer que acaba de colgar los hábitos. Hace unas décadas, cuando un joven entraba en la vida religiosa, lo hacía junto a decenas o cientos de jóvenes más. Eran, en cierto modo, una familia numerosa, con unos horarios, unas normas, un mismo trato para todos.
Pero las vocaciones comenzaron a menguar; los jóvenes ya no llamaban a las puertas de los conventos como antaño y, a los pocos que entraban, se les cuidaba –y, tal vez, mimaba– con todo tipo de desvelos. ¿Qué formación han recibido muchos de esos religiosos o seminaristas? ¿Se ha caído en la sobreprotección con ellos, en hacerles la vida fácil, no sea que se vayan? ¿Se les ha tratado como niños bonitos, como hijos únicos a los que se consentía casi todo para no contrariarles?
No, no caigamos en la tentación de poner nombres y apellidos. No es algo que afecte sólo a uno o dos curas o monjas influencers. Estas preguntas, insisto, me las planteaba un buen amigo sacerdote. ¿Hasta qué punto estos religiosos han sido víctimas de una formación laxa, suave, relajada, consentida? ¿Qué responsabilidad tienen sus formadores? Esos jóvenes que entraron en el seminario o en el noviciado con ilusión, con deseos de entrega a Dios, ¿han estado bien orientados a lo largo de los años?
A juzgar por las declaraciones de algunos de ellos, cabe pensar que han tenido grandes lagunas, que su formación afectiva y emocional ha sido muy pobre, que sus superiores no supieron estar allí para advertirles de los peligros. De corregirles, cuando era necesario, para que no se dejaran arrastrar por los cantos de sirena de otras cosas que no fueran Dios. Y, quizás, secretamente, alimentaban a un pequeño ídolo que acabó creciendo tanto que desplazó al verdadero Dios al que se habían consagrado.
Posiblemente, gran parte de la culpa de este fracaso –porque, al final, un abandono sacerdotal siempre es un fracaso, como lo es un divorcio– sea este «síndrome del hijo único» que se da en muchos seminarios y congregaciones religiosas. Así me lo decía este buen amigo sacerdote. Y me parece que no andaba desencaminado.