Y los católicos, ¿dónde están el resto del tiempo?
Se nota estos días en las conversaciones con compañeros periodistas que, sí, algo han escuchado sobre la vuelta a la fe de los jóvenes, o del último disco de Rosalía, o de que Daddy Yankee se ha convertido, o que Dani Alves ha pasado parte de su condena predicando el Evangelio al resto de presos. Pero poco más
A muchos les ha sorprendido. Millón y medio en Cibeles; quinientos mil jóvenes guardando silencio en la plaza de Lima; hileras kilométricas de público aclamando a León XIV por las calles de Madrid, Barcelona y Las Palmas; los estadios del Bernabéu, Montjuic y Gran Canaria, a rebosar. Mañana, sin duda, veremos lo mismo en Tenerife. Y los católicos, ¿dónde están el resto del tiempo?
La pregunta tiene su miga, porque, a muchos de los que son ajenos a lo religioso, les ha chocado. Se nota estos días en las conversaciones con compañeros periodistas que, sí, algo han escuchado sobre la vuelta a la fe de los jóvenes, o del último disco de Rosalía, o de que Daddy Yankee se ha convertido, o que Dani Alves ha pasado parte de su condena predicando el Evangelio al resto de presos. Pero poco más. Y, de pronto, multitudes, ¿De dónde han salido?
Como no suelen estar muy puestos en eso del Espíritu Santo, tienden a escarbar entre las posibles razones sociológicas, psicológicas, económicas o hasta de comportamiento grupal, pero, si son honestos intelectualmente, llegan a la conclusión de que lo que han visto estos días no encaja en sus esquemas prefijados.
El católico no suele hacer ruido. No es un hincha de un equipo de fútbol, ni un activista que grita consignas, ni un agitador que va quemando contenedores, ni un fan del grupo de música del momento. Por eso, no se le «ve». De hecho, es frecuente entre los propios creyentes desarrollar un cierto sentimiento de soledad, de que «somos pocos», de ser una minoría. Dependiendo de la parroquia, la sensación puede acentuarse, al comprobar que sólo cuatro o cinco buenas señoras mayores ocupan los bancos de la iglesia.
Pero, en medio de ese silencio, de esa pobreza, de esa sencillez, el Espíritu Santo hace su labor. Eso es lo que a muchos se les escapa. Lo que hemos contemplado estos días es la prueba fehaciente de ello.