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EL BUSCADORÁlex Navajas

«Obrad bien, que Dios es Dios»

Con su hermosura atrae a Wayne; con su ansia desmedida por las riquezas, lo ahuyenta. La esposa precisa de una auténtica catarsis para acabar arrojando, junto a su marido, el dinero de su dote a un horno ardiendo

Hacía tiempo que no iba al teatro. Es una de esas aficiones que muchas veces me he propuesto fomentar aunque, pasado un tiempo, se queda olvidada en el cajón de los buenos propósitos. Esta vez me llamó un amigo para invitarme a ver El teatro del mundo, de Calderón de la Barca, interpretada por la compañía For the Fun of It.

¡Qué poder, qué potencia conserva esta obra casi cuatro siglos después de su primera representación en Valencia! Es sobrecogedor contemplar, al final del conocido auto sacramental –perdonen si les hago spoiler–, al Rey, al Rico, al Labrador, a la Hermosura, a la Discreción y al Pobre, desprovistos de toda gala, aguardando el juicio de Dios. Dos de ellos pasan el examen con nota y entran directamente en la gloria; otros tres lo hacen tras permanecer una temporada en el purgatorio… Pero la Riqueza… ¡ay, la Riqueza! Aquel rico Epulón no alcanza la misericordia de Dios –porque tampoco él la practicó en vida– y se precipita sin remisión a la condenación eterna.

¿Por qué Calderón amnistió al Rey, al Labrador e incluso a la fatua Hermosura, pero no dudó en arrojar a la Riqueza a lo más profundo del Averno? De fondo, sonaba una bella cantinela que se repite a lo largo de toda la representación: Obrad bien, que Dios es Dios, que Dios es Dios

Me vino a la mente otra obra de arte –que, aunque de otro género y mucho posterior, aborda también magistralmente la cuestión de las riquezas–: El hombre tranquilo, la clásica película de John Ford sobre un boxeador medio irlandés, medio americano (John Wayne), que regresa a su lugar de origen en busca de paz y acaba encontrando a la que se convertirá en su mujer, la actriz Maureen O'Hara. Ella encarna dos de los personajes calderonianos: la Hermosura y la Riqueza. Con su hermosura atrae a Wayne; con su ansia desmedida por las riquezas, lo ahuyenta. La esposa precisa de una auténtica catarsis para acabar arrojando, junto a su marido, el dinero de su dote a un horno ardiendo. Ahí, por fin, ha entendido que, si realmente quiere conseguirlo, debe escoger entre él y las riquezas.

Quizá sea necesario arrojar nuestras riquezas al fuego para evitar que sean ellas las que nos terminen arrojando al fuego a nosotros. Evidentemente, no todos estamos obligados a «desposarnos con la Dama Pobreza» con la radicalidad del santo de Asís, pero sí a tomarnos en serio la advertencia de Jesús en el Evangelio de san Mateo: «¡Qué difícilmente entrará un rico en el Reino de los Cielos! Es más, os digo que es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios» (Mt 19, 23-30).

El camino que transita hacia el cielo es estrecho, y no es posible deambular por él con las alforjas demasiado llenas. Los santos, de hecho, lo recorren ligeros y despreocupados. Como escribió san Juan de la Cruz:

Buscando mis amores, iré por esos montes y riberas; ni cogeré las flores,ni temeré las fieras, y pasaré los fuertes y fronteras.

Afirmar esto en la era en la que el ser humano ha vivido con más comodidad y holgura de la historia –la nuestra–, se torna escandaloso, alocado y extraño. Decía alguien que un ciudadano medio de nuestro tiempo vive con muchísimo más acomodo que cualquier rey de hace apenas un siglo. Y es verdad. Por eso, no olvidar las palabras del Maestro y abrazar la pobreza voluntariamente –cada uno en sus circunstancias y de acuerdo con lo que Dios, y no su imaginación, le pidan– se convierte en una tarea urgente. Los otros, seguramente, mirarán horrorizados –con una mezcla de incredulidad y burla– a esos fracasados que rehúsan tomar parte en la competición por acumular bienes en esta vida.

Pero, ¡silencio! Afinen el oído. ¿Lo escuchan? Obrad bien, que Dios es Dios, que Dios es Dios...

Artículo publicado originalmente en 'La Antorcha', revista de la Asociación Católica de Propagandistas.

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