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EL BUSCADORÁlex Navajas

Sí, ayudemos económicamente a la iglesia… pero, por favor, gestionen bien

Es difícil resistirse a una monjita que te pone cara de pena y te pide una ayudita para el convento, así que sus bienhechores habituales aflojaban todo lo que podían, pese a lo cual, siempre iban ajustadísimas. No eran derrochonas o manirrotas; simplemente, gestionaban mal lo que tenían

Les prometo que la anécdota es verdadera y que la viví en primera persona. En una casa de espiritualidad, las monjas tenían dos freidoras industriales en la cocina. Casi cada fin de semana acudían allí grupos muy numerosos para hacer sus retiros y convivencias, así que el trajín en la cocina era frenético desde el viernes por la tarde.

Sin embargo, me sorprendió que sólo tenían una de las dos freidoras funcionando, que apenas daba abasto para tanta gente. «Y esta freidora, ¿por qué no la usan también?», le pregunté al cocinero cuando se calmó la cosa. «Llevo 13 años trabajando aquí, y cuando llegué, ya estaba estropeada», me respondió con cierta indiferencia. «A mí me da igual, porque ya se lo he dicho muchas veces a la monja encargada, pero me responde que el técnico le cobra 60 € sólo por venir, más las piezas, y que no está dispuesta a pagar ese dinero», prosiguió. «¿Sabe qué? Que, al final, les sale más caro a las hermanas, porque tengo que cambiar el aceite de la freidora con más frecuencia, así que llevan gastados cientos o miles de euros en aceite por no gastarse 60 €», zanjó, encogiéndose de hombros.

Quizás piensen que se trata de un caso aislado de una monja poco «práctica» o mala gestora. Pero, en realidad, es mucho más frecuente de lo que uno podría imaginar. Estas buenas monjas, a la vez que tiraban innecesariamente el dinero en aceite (y en muchas cosas más), pedían limosnas a sus familias conocidas «porque a duras penas llegaban a fin de mes». Y, lo peor, es que era cierto. Es difícil resistirse a una monjita que te pone cara de pena y te pide una ayudita para el convento, así que sus bienhechores habituales aflojaban todo lo que podían, pese a lo cual, siempre iban ajustadísimas. No eran derrochonas o manirrotas; simplemente, gestionaban mal lo que tenían.

La Iglesia celebra este domingo el Día de la Iglesia Diocesana. El 9 de noviembre, día de la dedicación de la basílica de Letrán, es la jornada establecida por el Papa Francisco para conmemorar a partir de este 2025 a los santos, beatos, venerables y siervos de Dios en las Iglesias particulares. Y, también, para que los católicos nos demos cuenta de que mantener a la Iglesia no es gratis, sino que exige de nuestra generosidad. Es una buena iniciativa, y que cada uno ayude a su parroquia como mejor pueda.

Pero, a la vez, uno se plantea si en la Iglesia no ocurre con frecuencia lo que le pasaba a ese marino novato, que iba como loco achicando con un cubo el agua que entraba en su barca en lugar de taponar los agujeros. Se pide y se pide, pero, simultáneamente, hay obras de la Iglesia carísimas y bastante irrelevantes para la evangelización que emplean a decenas de personas, muchas de ellas muy poco profesionales, trabajadoras y eficientes, de las que no se prescinde por lástima, por miedo al enfrentamiento o por una caridad mal entendida.

En otras ocasiones, se mantiene con respiración asistida –y mucho capital– proyectos porque hay que mantenerlos, o porque siempre se ha hecho así, o porque es un pufo que me dejó el anterior párroco u obispo. En estos casos, quizás sería bueno recordar aquellas palabras de Cristo de «dejar a los muertos enterrar a sus muertos» (Mt 8, 22). La casuística será de lo más variada, pero la solución no siempre pasará por pedir más a los feligreses, sino por gestionar mejor.

Por cierto que, retomando la anécdota del principio, hablé con la monja en cuestión, y le hice ver la conveniencia de arreglar la freidora... No fue fácil convencerla, pero finalmente accedió y vino el técnico, que abrió la maquinaria para descubrir que sólo se trataba de un cable que se había soltado... Eso era todo. Después de más de 13 años sin funcionar, ajustó unos tornillos, la encendió, cobró 60 € y se marchó... A día de hoy, creo que la segunda freidora sigue funcionando. Y, tal vez, la monja administradora habrá descubierto cómo le ha bajado la factura del aceite...

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